El precio de la verdad

1153 Palabras
Beltrán tragó saliva. El peso de la pregunta lo aplastaba como una roca en el pecho. El silencio se alargó entre ellos, pesado y cruel. La fogata chisporroteaba, como si también esperara una respuesta. —No lo sé —dijo por fin, con la voz ronca—. No lo sabía… hasta hace poco. Mila no se movió. Sus ojos, endurecidos por el dolor, no pestañeaban. Parecía una estatua tallada con rabia. —¿Qué significa eso? —espetó. —Significa… que Simón me mintió toda la vida. Que yo también fui parte de ese teatro —Beltrán se inclinó hacia atrás, apoyando las manos en la tierra—. No soy solo un empresario. Tampoco soy solo su hermano. —¿Entonces qué eres? —insistió, casi escupiendo las palabras. Beltrán la miró. En sus ojos ya no había arrogancia ni control. Solo cansancio. Solo una verdad que apenas comenzaba a descifrar. —Soy el heredero —dijo al fin—. El heredero supremo del legado de nuestro padre. El que estaba destinado a ser... lo que Simón fue. Lo que tú conociste. Mila se quedó inmóvil. Ni siquiera respiraba. Una parte de ella había imaginado algo así, pero escucharlo... lo volvía real. Dolorosamente real. —Él te protegía… porque eras el reemplazo —susurró. Beltrán asintió, y por un momento, pareció más niño que hombre. —No lo sabía, Mila. Nunca lo supe. Hasta que lo vi todo —apretó los puños—. Hasta que él me arrastró a esto… me entrenó sin que yo lo supiera. Cada inversión, cada movimiento, cada contacto... era parte de un tablero que yo no sabía que jugaba. Ella se levantó de golpe. Caminó unos pasos en círculos dentro de la cueva, las manos temblorosas, las lágrimas agolpándose sin permiso. —¿Y ahora qué? ¿Vas a tomar su lugar? ¿Vas a convertirte en lo que juraste destruir? Beltrán no respondió enseguida. La miró desde abajo, con los ojos clavados en ella como un ancla. Como si esperara que ella le dijera quién debía ser. —No quiero ser como él —respondió—. Pero ya no puedo volver atrás. Ni tú, ni yo. El Diablo me quiere muerto. La mafia cree que estoy a punto de tomar el poder. Y tú… La frase se quedó suspendida. Mila lo miró con el ceño fruncido. —¿Y yo qué? Beltrán se puso de pie, acercándose lentamente. No como un depredador, sino como un hombre sin mapa, buscando en ella un refugio que no se merecía. —Tú eras su lealtad más feroz. Y ahora estás aquí. Conmigo. Contra tu voluntad. Mila dio un paso atrás. Luego otro. Hasta que la espalda le rozó la pared fría de la cueva. —Yo no estoy contigo, Beltrán. Estoy atrapada en este infierno que tú y Simón crearon —su voz se quebró por fin—. Y ahora... ahora no tengo a nadie. Beltrán extendió una mano, pero no la tocó. Solo la dejó ahí, suspendida en el aire. —Tienes a mí. —No —respondió con dureza—. No tengo a nadie. Y tú tampoco sabes quién eres. ¿Cómo podría confiar en ti? La mano cayó lentamente. Beltrán retrocedió. —Tienes razón —dijo—. No deberías confiar en mí. Pero tampoco puedes quedarte sola. Si salimos ahí fuera… estamos muertos. Mila cerró los ojos, como si el mundo entero la atravesara de golpe. El silencio volvió a caer entre ellos, más gélido que nunca. Pasaron horas. El fuego se mantenía vivo, casi por instinto, alimentado por la vigilancia de Beltrán, que no se atrevía a dormir. Mila, encogida, no había dicho una sola palabra más. Se limitaba a mirar las llamas como si le hablaran en un idioma que solo ella entendía. Cuando al fin habló, su voz era apenas un susurro. —¿Por qué me salvaste? Beltrán no respondió enseguida. —Porque te vi —dijo al fin—. Te vi pelear. Te vi resistir. Te vi sufrir por él... y aun así querer seguir luchando. Me recordaste lo que yo era antes de todo esto. Mila negó con la cabeza. —Eso no es suficiente. —Lo sé —admitió—. Pero es lo que tengo. Se miraron por un instante. No había ternura en ese cruce de ojos, solo el reconocimiento de dos personas rotas por un mismo hombre. —¿Y ahora qué? —preguntó ella. —Ahora encontramos respuestas. No podemos quedarnos aquí. Tenemos que movernos antes del amanecer. —¿A dónde? Beltrán bajó la mirada. —Con alguien que sabe más de lo que Simón nos dijo. Alguien que trabaja con Julia. Ella sabía cosas... sobre ti. Sobre él. Sobre mí. —¿Y si es una trampa? —Ya estamos en una —respondió con frialdad—. Solo que aún no sabemos quién tiró la primera piedra. Mila se quedó en silencio. Luego, sin avisar, caminó hacia el borde de la cueva y miró hacia afuera. Aún era de noche. A lo lejos, las luces del incendio seguían reflejándose como un eco del infierno que habían dejado atrás. —Si todo esto es cierto… —dijo lentamente—. Si tú eres el heredero… entonces el Diablo no se va a detener. Va a venir por ti. Por nosotros. Beltrán se acercó hasta quedar junto a ella, sin tocarla. —Entonces tendremos que ser peores que él. Ella giró el rostro, clavando los ojos en los suyos. Por primera vez desde que huyeron, hubo algo más que odio en su mirada. —¿Y estás dispuesto a pagar el precio? Beltrán sostuvo la mirada. —No lo sé. Pero sé que ya lo estoy pagando. Una pausa. Y luego, algo extraño ocurrió: Mila asintió. No era aceptación. No era perdón. Era una tregua. Por ahora. Cuando amaneció, la cueva ya estaba vacía. Las huellas de ambos se perdían entre las piedras y la tierra húmeda. No hubo rastros de fuego, ni tela, ni palabras pendientes. Solo el eco de una conversación enterrada en la noche. A kilómetros de ahí, en un búnker oculto, Simón despertaba. Su cuerpo entumecido, lleno de heridas, conectado a máquinas que lo mantenían apenas consciente. A su lado, Julia lo observaba en silencio. El doctor revisaba las pantallas. —Volvió a estabilizarse —dijo el médico—. Pero necesita descanso. Ha perdido demasiada sangre. Julia no respondió. Observaba a Simón como si pudiera leerle el alma. —¿Y el mensaje que dejó? —preguntó. —Lo recibió —dijo el médico—. Lo vio antes de caer inconsciente. Lo leyó. Estoy seguro. Julia asintió lentamente. Y luego miró hacia una de las cámaras ocultas del refugio. —Entonces sabrá que esto no ha terminado —murmuró. Porque Beltrán estaba vivo. Y ahora, el juego acababa de comenzar.
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