Mila corrió tan rápido como sus piernas se lo permitieron, los pasos retumbaban en el largo pasillo mientras la adrenalina le nublaba el juicio. Cada respiración era un cuchillo en los pulmones, pero no podía detenerse. Tenía que encontrar refugio antes de que la rastrearan. El eco de los gritos y disparos resonaba a lo lejos, como un coro caótico que anunciaba el infierno que se había desatado en el complejo.
Por suerte, las puertas no tenían seguro; el ataque había sido tan sorpresivo que nadie había tenido tiempo de resguardar nada. Empujó la tercera puerta a su derecha, que se abrió con un chirrido agudo que le hizo apretar los dientes. Entró de golpe, cerrándola sin hacer ruido, y contuvo la respiración por unos segundos, escuchando si alguien la había seguido. Silencio. Solo su corazón, martillando dentro del pecho.
La habitación estaba vacía, salvo por un armario metálico contra la pared del fondo. Lo abrió con torpeza y sonrió con alivio al ver un par de pistolas negras, aún con sus cargadores completos. Las tomó sin pensarlo dos veces, sintiendo el frío del metal en las palmas temblorosas. No eran las mejores armas, pero servirían.
Tenía que detener el sangrado. Su costado ardía y sentía cómo la camisa se pegaba a la piel empapada de sangre. No tenía vendas, ni tiempo para buscar un botiquín. Solo había una opción. Salió de la habitación agachada, moviéndose con cautela, esquivando escombros, cadáveres y restos del caos. Se dirigió a una de las bodegas del nivel inferior en el siguiente edificio. Claramente era una locura, sin embargo, debía de hacerlo. Recordaba que allí escondían alcohol, no medicinal, pero alcohol, al fin y al cabo. Sorteó con dificultad a varios soldados mientras los ataques comenzaban en una lluvia intensa de balas a fuego abierto. Se dirigió abriéndose paso entre disparos acertados. Ningún fallo a su disposición, pese a la crisis era lo suficientemente buena para ser un peligroso obstáculo.
La puerta de la bodega estaba entreabierta. En ese momento Mila, quien no era creyente en absoluto pensó en agradecer a quien fuera que se encontrara en los cielos. Entró con sigilo y lo primero que notó fue el fuerte olor a licor añejo. Las botellas estaban apiladas en cajas de madera rotas. Whisky de contrabando, suspiró aliviada por encontrar semejante tesoro. “Perfecto” murmuró para si misma con una ligera sonrisa en su rostro. Tomó una de las botellas, la abrió con un movimiento torpe y vertió el líquido sobre su herida sin pensarlo demasiado.
El ardor fue indescriptible — ¡mald…! — calló apretando fuertemente su mandíbula para no dejar escapar sonido alguno.
Sus piernas flaquearon, sus ojos se llenaron de lágrimas, y el grito que quiso escapar se transformó en un gemido ahogado, una bestia atrapada en su garganta. Se mordió el labio con fuerza, sabiendo que un solo sonido, un lamento por pequeño que fuera, bastaría para condenarla. Los subordinados del Diablo estaban cerca. Y si la oían… la encontrarían.
Él siempre encontraba a sus presas. Se trataba de Zack a quien Mila temía, no porque fuera mejor que ella, sino porque en este momento no tenía la capacidad para lidiar con aquel psicópata. Su olfato era como el de un perro hambriento, afilado, entrenado para detectar miedo, sangre y rabia. Sus ojos oscuros como el abenuz y filosos como un águila eran perfectos a la hora de detectar a su próxima víctima. Y Mila había osado provocarlo, no lo sabía con exactitud, pero intuía que ese hombre podría ser su nuevo perseguidor. Su trampa infantil, aunque efectiva con aquellos soldados, los había enfurecido. Ahora la cacería había comenzado.
Pero ella no iba a morir todavía. Con esfuerzo, consiguió soportar el amargo sabor que le había dejado aquella herida. Dejó caer su cuerpo por un momento, arrinconándose en una esquina y apoyando la cabeza contra la pared. Estaba exhausta.
Las horas habían transcurrido sin pena ni gloria desde que se separó de Simón. Ya habían pasado más de cinco. ¿Quizá era medianoche? ¿Quizá las dos de la mañana? Se lo preguntó mientras intentaba adivinar la hora por las señales del exterior. El cielo estaba completamente oscuro, los disparos se habían vuelto escasos, casi nulos. Tal vez el cansancio había alcanzado también a sus enemigos. Tal vez estaban dormidos.
El aire frío, tan característico de la madrugada, se colaba por los rincones, y una neblina espesa comenzaba a apoderarse del lugar como un dueño que regresa a reclamar lo suyo.
Sus ojos comenzaban a cerrarse. Los párpados le pesaban como nunca. “Solo una pequeña siesta”, rogó en su inconsciente. Miró alrededor, buscando algo que comer, lo que fuera que le ayudara a recuperar fuerzas. Nada. Solo el licor.
Abrió otra botella y bebió, dejando que el sabor amargo impregnara sus labios hasta saciar su sed. Durante un instante pensó en revisar su teléfono para confirmar la hora, pero su cabeza se sacudió, como si una parte de ella se negara tajantemente a ceder ante esa tentación. Sabía que el brillo de la pantalla podría delatarla.
Entonces, un sonido la puso en alerta.
Pasos pesados pero ligeros, se escuchaban como botas de militar. Voz baja pero gruesa y un tanto ronca, quizá por gritar. El movimiento leve de metal chocando con los cuerpos en marcha. Eran los hombres del Diablo. Lo supo con certeza tras escuchar detenidamente, el cansancio no le iba a impedir concentrarse si su vida era la que estaba en juego.
Contuvo la respiración, y con manos firmes preparó su arma en silencio. Si entraban, no dudaría. Era su momento de atacar, sin misericordia. Se deslizó con cuidado tras unos barriles de licor, su escondite improvisado, y aguardó.
La presa, esta vez, era de ella.
La puerta se abrió lentamente, y una pistola estilo Thompson asomó por el marco como el hocico de una bestia, anunciando su amenaza. Esta vez no eran los mismos hombres torpes de antes. Eran entrenados. Tres en total.
Mila lo supo en cuanto los vio moverse.
No sería fácil para una mujer herida en el costado, escondida tras unos barriles y con apenas unos tragos de licor como medicina improvisada. Tenía que pensar con cuidado. Aquella arma era poderosa, y cualquier paso en falso podría significar su fin.
A través de las rendijas de madera observó cómo se acercaban con pasos lentos, metódicos, inspeccionando cada rincón con una paciencia casi inhumana. No hablaban, no hacían ruido innecesario. El único sonido era el crujido de sus botas sobre el suelo de concreto y el leve tintinear de las balas en sus cinturones.
Cuando uno de ellos revisó el contenido de un barril y comprobó que era licor, hizo una seña. De inmediato, guardaron las armas.
—Sabia decisión —murmuró Mila en su mente, con una ligera sonrisa.
Reconocía el profesionalismo cuando lo veía. Aquellos hombres no eran simples matones. Y aun así, esa decisión —no mezclar fuego con alcohol altamente inflamable—, aunque prudente, le daba una pequeña ventaja. Estaban confiados. Bajaban la guardia, aunque fuera solo por un segundo.
Ella aprovechó ese respiro para moverse, deslizándose con el cuidado de una sombra entre los barriles, conteniendo el dolor, conteniendo todo. Sabía que no tendría otra oportunidad como esa. Necesitaba atacar rápido, silenciosamente, y preferiblemente desde atrás.
El licor los ha engañado, que bueno. Pensó.
Mila se preparó para moverse y escapar del lugar. Los tres hombres ya habían guardado sus armas, confiados en la seguridad aparente del lugar. Ella, todavía escondida entre los barriles, apretó la empuñadura de su pistola. Cada movimiento debía ser medido. Un error, y sería el último.
Aguardó el momento justo en que los soldados se separaron ligeramente. Uno de ellos comenzó a revisar una caja al fondo, el otro se quedó junto a la puerta, y el tercero —el de la Thompson— se inclinó para examinar el suelo. Mila tensó los músculos. Solo unos pasos más y estaría lo suficientemente cerca para atacar.
Pero justo cuando se deslizó ya detrás del guardián de la puerta, una figura bloqueó su camino.
¿Un cuarto soldado? Ella no lo había escuchado llegar.
El hombre la sujetó con fuerza, inmovilizándola en un movimiento seco. En presencia de los otros tres el cañón de un arma tocó su sien. Mila contuvo el aliento.
— Quédate quieta —susurró el supuesto soldado con voz grave.
Mierda— maldijo mientras el movimiento tosco del hombre la obligaba a moverse frente a los soldados— La atraparon. Su cuerpo herido no resistiría un enfrentamiento cuerpo a cuerpo. Apretó los dientes, dispuesta a intentar algo desesperado, incluso si eso significaba morir luchando.