Los cuerpos destrozados de los guerreros yacían en el suelo. Voltar soltó la cabeza de la Iluvar mujer que los había amenazado y dejó su cuerpo quemado caer en el pasto. Tanto él como Árides estaban cubiertos de heridas graves y profundas en todo su cuerpo. Estaban cansados y adoloridos, pero por lo menos habían sido capaces de proteger a sus hijos. La ventisca que antes los había protegido ya no estaba, puesto que Árides no tenía la fuerza para mantenerla. La nieve del suelo había empezado a derretirse, pero los muros de hielo que cubrían la casa no parecían darse por aludidos. —Ven, esposa mía, vamos a la casa a tratar tus heridas —dijo Voltar con cariño y ayudó a Árides a caminar. —Esta vez tuvimos suerte, Voltar, pero la próxima vez… Árides se calló de repente. Hasta ese momento,

