Don Francisco llegó después de una hora, sonreí y fui corriendo hacia él, lo abracé. "¡Wow, qué recibimiento!", bromeó. Yo seguía abrazándolo con fuerza. "Te amo", murmuré, y él se quedó quieto. Pude ver cómo su sonrisa se desvanecía. "¿Qué dijiste?", preguntó con voz suave, acariciando mi rostro. Sonreí y repetí, "Que te amo", mientras una lágrima caía por mi mejilla. Me abrazó con muchísima fuerza. "No sabes cuánto tiempo estuve esperando que dijeras que me amabas", expresó. "Siempre te he amado, pero no podía decirlo. No sé por qué", comenté, aunque sí sabía por qué: sentía que ese amor no me correspondía, era como si fuera una farsa. Me habían pagado con un techo y comida para mi hija para estar con él, pero sí, me había enamorado perdidamente de Francisco. Él me besó y acari

