Llegamos al bar, estacionamos el auto y nos incorporamos a la fiesta.
– ¡Qué buena música!– le digo de un grito, ya que el volumen era muy elevado.
– Bailemos– me responde.
Pasamos horas bailando hasta que los pies nos empezaron a doler.
– Allí, allí– digo señalando un juego de living en la parte exterior del bar.
Me toma de la mano y nos sentamos.
En ese momentos todos mis sentidos se encendieron nuevamente y yo sigo sin recordar su nombre.
Pedimos unos tragos y mi legua de a poco se va soltando.
– Mejor vamos a otro lado donde estemos más tranquilo. – me propone.
– Bueno – asiento con mi cabeza.
Nos retiramos de la fiesta, que por cierto la estábamos pasando de maravilla.
Condujo hasta un parque y nos apoyamos los dos parados en el capó del auto.
– ¿Quieres oír sobre el peor día de mi vida?
Asiente con la cabeza, sonríe y se prepara para escuchar, ya lo venía haciendo atentamente con las anécdotas que le estaba contando.
En cuanto recepté la afirmación a mi pregunta. Comencé un monologo.
>
Él interrumpe mi relato y me dice, estabas tan linda ese día.
Me tapo la boca con las manos sorprendida.
– Maite y yo éramos mejores amigos desde la primaria hasta que ella se fue y perdimos contacto. – me explicó.
– Me parecía que te habías olvidado de mí – dijo.
– No. – respondí rápidamente.
– Es que esa noche, te desapareciste de repente. Al otro día Maite viajó y también perdí contacto con ella. – agregue apenada
– Te busqué en las r************* y desde entonces te sigo. Incluso te escribí una vez y como no respondiste pensé que no tenías interés en mí. – confesó con un poco de vergüenza.
El sol empezaba asomarse entre las hojas y ramas de los árboles, ya estaba amaneciendo. Miro mi reloj y confirmo que esa noche había tenido menos horas que cualquier otra noche.
Como él me vio que mire el reloj me dijo: – Es hora de irnos, te llevo hasta tu casa.
Asentí, y me subí al auto. No puedo creer aún la confesión que me acaba de hacer, necesito tiempo para procesarlo.