CAPÍTULO 06

1928 Palabras
━━━•ஐ[★]ஐ•━━━ Edward, durante la reunión con la ministra de asuntos gubernamentales de la isla en donde se encontraban, miró siete veces su teléfono móvil. Estaba realmente preocupado por haber dejado a su hija con su asistente. Quién debía estar ahí con él y no haciéndole de niñera, pero mientras solventaba los permisos de salida de la niña no podía hacer más nada. Tuvo que salir de emergencia a la isla Caykes, ya que estaba sobre el día límite para exponer su propuesta de negocios al gobierno de ese lugar. Todo se le había complicado, pues tener a Kate con él bajo el mismo techo después de tres años de disputa legal con los padres de su exesposa, era su prioridad. En ese momento no tenía dudas, si tenía que perder un negocio, pues así sería. Había presentado todos sus diseños, la proyección económica y se encontraba debatiendo el porcentaje de ganancia con el cual el gobierno de la isla de Caykes se quedaría. —Estudiaré su propuesta unos días más, señor McLean. La voz de Madam Anne Gibson, lo sacó de sus pensamientos. La mujer con la piel de color chocolate se le quedó mirando de manera fija, no había duda que era una buena negociadora. Tenía un punto de vista verdaderamente asertivo, y eso era algo que Edward tenía que tomar en cuenta. —Me parece perfecto, pero debo confesarle que mientras eso ocurre me gustaría que me diera la aprobación del estudio del suelo —le dio una sonrisa ladeada—. El equipo está en el área, y ya estamos abriendo puestos de trabajo. —¡Eso es muy osado de su parte! —Madam Anne exclamó y entrecerró los ojos hacia él cuando agregó: —¿Cómo está usted tan seguro de que aceptaré su oferta, señor McLean? —Solo estamos negociando el porcentaje de ganancia para el gobierno de Caykes —continuó sonriendo, pero esa vez con una sonrisa pícara—, lo demás sabemos que mi propuesta le traerá gran beneficio a la isla. En el instante que observó el rostro de la ministra sonreírle con superioridad, se relajó un poco. Sabía que solo era cuestión de esperar unos días, conocía esas tácticas de persuasión de primera mano. —Entonces, brindemos por anticipado —Madam Anne alzó su copa hacia él. —¡Brindemos! Chocaron sus copas y ambos bebieron un sorbo del champagne que había pedido Edward. —Es cierto, lo que dicen los mejores negocios se realizan sobre la mesa de un buen restaurante —comentó la ministra, mientras le daba un bocado a su comida—. En eso déjeme decirle, señor McLean que no se ha equivocado. —Esa era una estrategia de mi padre —manifestó él dándole un guiño. —¿Está usted en una relación sentimental? —le soltó de golpe. Edward se aclaró la garganta. —¡Vamos, hombre! —Madam Anne soltó una risita—. Solo lo comenté porque muy poca información hay sobre usted en las r************* . —Soy muy reservado. —Eso creo, porque la poca información que hay, aunque se le ve acompañado de distintas mujeres hermosas, no dice que esté relacionado con alguna en específico. Edward tomó otro trago de su bebida. —Soy viudo desde hace tres años. —¡Oh! —se disculpó la mujer—. Disculpe mi indiscreción, y lamento mucho su pérdida. Él aceptó su disculpa con asentimiento de cabeza, tampoco iba a explicarle que el día en que murió, dictó la sentencia de su divorcio en donde el juzgado les había otorgado la custodia compartida. —No se preocupe, usted no podía saberlo —puso la copa encima de la mesa—. Pero si existe una mujer en mi vida. —¡Vaya! —la mujer abrió mucho los ojos. —Mi hija… —miró su reloj de pulsera— Quién debe estar llegando en unos minutos a la isla. —Eso es genial, señor McLean. Espero que su estancia en Caykes sean de su completo agrado. —Gracias, espero que así sea. —Pero entonces no se quedará en un hotel. —La verdad que no —estaba siendo sincero—, no me pareció ético que me instalara en uno de los hoteles, cuando pienso construir el propio. —¿Cómo hará, entonces? —He alquilado una villa, creo que también es lo mejor para Kate. —Entiendo… —En unas semanas cumplirá siete años, y pienso que lo pasaremos aquí en la isla. —Entonces esperaré una invitación, para comer pastel de cumpleaños. —No se preocupe, así será… Quería agregar algo más a la conversación, pero en ese instante sonó el teléfono celular de Madam Anne. Tomó su llamada, y solo le escuchó decir que estaría en el sitio en unos minutos. —Lo siento; debo irme inmediatamente —dijo luego de finalizar la llamada. —No se preocupe, estoy agradecido de que haya tomado parte de su tiempo para almorzar conmigo. Madam Anne se levantó de su asiento, estiró la mano en modo de despedida. —Espere mi llamada, al final de la tarde —le guiñó un ojo, y en el instante que juntaron sus manos manifestó: —No se olvide que quiero comer de ese pastel de cumpleaños. Sonriendo como una niña traviesa, le dio la espalda y se marchó. Le caía bien la mujer, era astuta y perspicaz. Estaba seguro de que estaba al final de los cuarenta. Parecía confiable, y si no era así… Lamentablemente; no le quedaba de otra. Recibió un mensaje de Charlotte, con la cual tuvo una discusión temprano, ya que sin darle el visto bueno había contratado a una chica para que fuera la cuidadora de Kate. Como exmilitar, la seguridad de su hija era lo fundamental. Aunque su asistente le había repetido en varias oportunidades que su selección fue la correcta. Necesitaba los documentos de la tutora, para hacerle una breve investigación sobre ella. Pero Charlotte se había hecho la desentendida, hasta que le dijo que la recién contratada era de su entera confianza, y que estaba completamente capacitada para hacerse cargo de Kate. Solo esperaba que así fuera, por el bien de su asistente. Se escuchó el sonido de la notificación de un correo electrónico, en donde estaban algunos datos, la chica cuyo nombre era Alina Clark. Hizo un gesto con la boca, su mente viajó al pasado, porque el nombre le hizo pensar en alguien en particular. —No creas que voy a suplicarte que me des tu número de teléfono —le había dicho la pequeña mujer con el cabello oscuro y desordenado. —No esperaba menos de ti —fue lo que él respondió. —Tampoco que te pida para volvernos a ver —continuó diciendo mientras sacaba la ropa de la secadora y se la pasaba a él. —¿Por qué no? —inquirió Edward con curiosidad. Generalmente, era él quien decía esas cosas. La gatita salvaje le tenía sorprendido. Era un concentrado de seguridad, lo decía por su tamaño. —No tengo tiempo para perderlo contigo —Alina le respondió con un gesto con la mano, y luego se inclinó un poco para ponerse su tanga y luego su jeans. Edward soltó una risita de incredulidad. «¿De dónde diablos ha salido esta mujer?» —Nunca conocí a una mujer como tú —le dijo de manera sincera. —Lo sé, y nunca encontrarás a otra como yo —le guiñó un ojo—. Voy a ver como va tu comida, tienes todo listo. Al decir la última oración, la chica le dio la espalda y se fue. Regresó al presente, y así fue. Ninguna mujer después fue como un soplo de viento fresco como la pequeña gata salvaje. En varias oportunidades quiso volver Tellride, pero en cuanto llegó a casa. Se encontró con que su padre estaba más enfermo de lo que le había dicho, y tuvo que hacerse cargo del negocio familiar. Algo de lo que se había mantenido alejado, ya que la disputa entre sus abuelos maternos con su padre habían llevado a su madre a la tumba. Por escapar de casa se unió al ejército a la tierna edad de diecisiete años. Lo cual causó una gran conmoción en su familia, puesto que fue un proceso un poco turbio, por ser todavía menor de edad. Sin embargo; el tío Sam le ayudó y Edward le retribuyó dándole doce años de su vida. Por entrar con muy corta edad en el ejército, este le moldeó el carácter. Lo que Caroline Lewis creyó que podía cambiar en él. Al principio su belleza le deslumbró, al punto de lanzarse al agua y casarse con ella. Luego de tres años, conoció su parte oscura. Caroline era una niña mimada, en todos los sentidos. Sus padres eran dueños de un astillero, y estaba acostumbrada a que todo girara alrededor de ella. Era manipuladora, y cuando Edward no hacía lo que ella quería, se volvía temeraria para llamar su atención y más de una ocasión estuvo involucrada en situaciones peligrosas. Esas razones fueron los que le impulsaron a pedirle el divorcio, cosa que por su puesto no tomo de muy buena forma. A pocos meses de iniciar los trámites de divorcio, su padre Douglas McLean falleció a causa de un accidente cerebro vascular, y exactamente al año murió Caroline. De cierto modo, fueron dos episodios tristes en su vida. De cierta manera se estaba adaptando a llevar las riendas del negocio familiar, y luego llegó la disputa por la custodia de la niña. Porque los padres de Caroline, Margot y John Lewis le culpaban por su muerte. «¡Nos quitaste a nuestra hija, no sueñes que te quedaras con mi nieta!» Fueron las duras palabras de Margot Lewis en el funeral de su Caroline. Semanas después, la Kate comenzó a retraerse, hasta que dejó de hablar. La pareja mayor no permitía que Edward la viera, y si lo hacía era bajo supervisión. «Estoy a un paso detrás de ti, si me entero de que andas ensuciando la memoria de mi hija revolcándote con una de tus amiguitas. Usaré esa evidencia en tu contra, y nunca volverás a ver a Kate» Aquello se lo había dicho John Lewis, desde entonces Edward se dedicó a los negocios familiares, a la demanda por la custodia, y sobre todo a Kate. Era un hombre joven, todavía, tenía apenas treinta y tres años. Tenía necesidades, las cuales satisfacía con mujeres que entendían que una segunda oportunidad con él era imposible. Menos en ese momento, que se había aprovechado de la fatalidad de la familia Lewis. Para solicitar que le dejaran a la niña durante algunos meses, mientras por fin salía la sentencia final de la custodia. John Lewis había fallecido un mes atrás, de un infarto fulminante, y era obvio que Margot no estaba en el cien por ciento de sus sentidos. Apeló a la corte, y por esa razón le permitieron quedarse con Kate hasta que finalizara el proceso. Charlotte: El avión acaba de despegar. Edward: Perfecto. Charlotte: En noventa minutos, estaremos en la isla. Sintió alivio, estar separado de su hija por tanto tiempo le había creado ansiedad. Creía que no se lo merecía, a veces cuando estaba en alguna misión el saber que Kate le necesitaba le hacía querer llegar a casa rápido, y sobre todo sano y a salvo. Esa niña era su motor de arranque, daría su vida por la de ella.
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