Cinco años después
—Mónica, tienes que ser perfecta. No puedo soportar otro desplante como ese y menos frente a todas nuestras amistades —la voz de mi padre resonó con dureza en el gran vestíbulo apenas cruzamos la puerta de la mansión.
Su tono era tajante, severo, sin rastro de paciencia. Su mandíbula estaba tensa y su mirada afilada como una navaja.
Me sentía atrapada. Sofocada.
Todo había sido un accidente. Corrí tras el perro de mi mejor amiga y, en el proceso, tropecé. El resultado: el ponche terminó sobre mí y, lo peor de todo, sobre la esposa de un socio importante de mi padre.
Solo un descuido. Algo tan pequeño.
Pero para ellos, no era insignificante.
Para mis padres, la perfección no era una opción. Era una obligación.
—Estoy decepcionada —susurró mi madre con una frialdad que me congeló el pecho.
Levanté la vista. Sus ojos café, normalmente cálidos para los demás, eran ahora dos piedras opacas, vacías de compasión.
—Te he educado para esto… —añadió, con la misma calma con la que alguien daría un veredicto irrevocable.
Sus palabras cayeron sobre mí como un martillo, incrustándome aún más la sensación de insuficiencia.
Yo no era suficiente. Nunca lo era.
Quería decirles tantas cosas. Quería gritar.
Quería preguntarles por qué tenía que ser perfecta todo el tiempo. Por qué no podía simplemente ser yo. Por qué tenía que vivir con el peso de expectativas que no pedí.
Pero no lo hice.
Porque el miedo me tenía atrapada en una telaraña invisible, una de la que no podía escapar.
—Lo sé —murmuré en voz baja, sin atreverme a mirarlos.
Mis manos estaban temblorosas. Mis piernas, tensas. Sentía un nudo en la garganta que amenazaba con romperse en cualquier momento.
Todo en mi vida estaba planificado al milímetro. Desde los idiomas que hablaba —dieciocho en total, porque solo uno o dos no eran suficientes— hasta la forma en la que debía sentarme, sonreír, responder. Cada paso, cada respiro, cada parpadeo tenía que estar medido, calculado, ejecutado con precisión quirúrgica.
No podía cometer errores. No me lo permitían.
No me permitían ser humana.
—Vete a tu habitación, cámbiate y piensa en lo que hiciste —ordenó mi padre con frialdad.
No discutí. No tenía caso.
Corrí escaleras arriba, sintiendo la respiración entrecortada, como si el aire se negara a llenar mis pulmones.
Mi habitación era enorme, impecable, con paredes de un tono pastel suave y muebles de madera fina. Un enorme ventanal permitía la entrada de luz natural, pero en ese momento, todo se sentía sombrío.
Sobre la cama había decenas de peluches perfectamente ordenados, los únicos testigos silenciosos de mis frustraciones y deseos reprimidos. Eran lo más cercano a un refugio en mi vida.
Me dejé caer en el colchón, abrazando uno de ellos con fuerza.
El peso de las expectativas era como una soga invisible que apretaba mi cuello.
No podía respirar.
No podía ser yo.
No podía seguir así.
Tenía que salir de aquí. Tenía que escapar de esta prisión de lujo, de este mundo donde solo importaba la imagen y la perfección.
No sabía cómo.
Tomé un baño rápido para quitarme el pegajoso ponche de encima, sentía el agua caliente corriendo por mi piel, pero ni eso aliviaba el peso de la angustia que me estrujaba el pecho. Cada gota que caía sobre mi cuerpo era como un recordatorio de todo lo que había sido, de todo lo que me pedían que fuera. Nada más salir de la ducha, me miré al espejo y me sentí vacía. La figura reflejada no era la que yo quería ver, pero sí la que mis padres siempre habían querido que fuera.
"Una buena hija", "una joven responsable", "la heredera perfecta". Pero dentro de mí, todo eso ya no tenía sentido. Mis padres me querían como una marioneta, me llenaban la cabeza de sueños vacíos de perfección, cuando todo lo que yo realmente quería era escapar. ¿Por qué tenía que ser así? ¿Por qué mi vida tenía que estar escrita por otros?
Me vestí a mi manera, como si pudiera ser alguien más, como si al vestirme así pudiera empezar a ser yo misma. Una camisa ombliguera, unos jeans ajustados, y una chaqueta de mezclilla. Cada prenda elegida con cuidado, no porque me gustaran realmente, sino porque me permitían sentirme, aunque solo fuera por unos minutos, como alguien diferente. Me calé unos tenis negros, que eran cómodos para lo que planeaba hacer. Mi cabello aún goteaba, pero tomé una liga y lo recogí en un moño apresurado. Lo único que quería era huir.
Busqué dinero en mi alcancía, saqué lo que tenía. Era lo único que me quedaba de mis ahorros, la única forma de salir de esa casa donde no podía respirar sin sentir las cadenas invisibles de la expectativa familiar. Me puse una gorra para esconder parte de mi rostro, como si de alguna manera eso me hiciera menos visible, menos vulnerable. Cuando la puse, una sensación extraña me recorrió. Era como si me estuviera preparando para ser alguien más, o tal vez para perderme.