Después de una caminata a través de algunas calles bordeadas de antiguos edificios que no habían perdido nada de su encanto, Francesco y Svetlana llegaron al famoso lugar. En cuanto al chofer, éste estaba a lado del vehículo. Podía esperar en el centro de la ciudad o quizás ir a matar el tiempo en una de las tabernas donde el alcohol fluía a chorros. La villa estaba decorada en los techos. Luego, el paseo continuó por el jardín. Francesco intentó varias veces de tocar a Svetlana. Ella no le permitía más que tomarle la mano. Ella no la soltaba, para evitar que él reprodujera el gesto que no le gustaba. Atravesando un corredor bordeado bocas de piedra de las que brotaba agua, Francesco gritó al mirarlas: “¡Esas bocas, esas bocas! ¡Me provocan, tantas bocas!” Svetlana sonrió. Luego, dijo q

