El ambiente se suavizó apenas. Una mesa lateral comenzó a llenarse de copas bajas, botellas abiertas y pequeños platos con bocadillos que nadie parecía realmente interesado en comer. El alcohol era más un gesto social que una necesidad. Una excusa para quedarse, para observar, para medir. Valentina aceptó una copa cuando se la ofrecieron. No bebió de inmediato. Los hombres hablaban entre ellos: rutas, tiempos, porcentajes, nombres que ella no conocía pero que empezaban a repetirse. Escuchaba con atención, sin intervenir, entendiendo más de lo que cualquiera supondría. No porque fuera parte del negocio, sino porque estaba aprendiendo a leer a Gael en su propio idioma. Compartían un sillón amplio, de cuero oscuro. Gael estaba relajado, una pierna cruzada, el vaso apoyado en la mano libre

