Maye
—Eleanor es dura —me dice Toby—, pero es justa. Su franqueza casi siempre es lo mejor. Me facilita el trabajo.
Quentin estira la mano para tomar su cerveza.
—Deberías alegrarte de no haber estado aquí durante la toma de control de Almeida.
—¿Fue tan mala entonces?
—Todos estaban mal en esa época.
Niega con la cabeza, y sus ojos siguen el movimiento de mi mano alrededor del vaso de whisky frente a mí. A ambos les sorprendió que lo pidiera, como suele pasar con la mayoría de los hombres. Me encanta sorprenderlos. ¿Como si tuvieran el monopolio de las bebidas? Por favor.
—¿La toma de control fue tan dramática? —pregunto.
Toby arquea una ceja.
—Has conocido a Almeida. Imagínatelo frente a toda la empresa anunciando que tres departamentos serían eliminados antes de que terminara el mes.
Hago una mueca. No es difícil imaginar las líneas decididas del rostro de Salvador, el gesto amplio de su brazo mientras pronuncia las palabras sin emoción ni ambigüedad. Diciéndole a la gente, en masa, que tendría que buscar otro empleo.
—Pero hizo a la empresa más fuerte —admite Quentin, pasándose una mano por el cabello demasiado largo—. No se le puede reprochar eso al bastardo.
Asiento, apretando los dedos alrededor del vaso. Cuando sugerí ir a tomar algo después del trabajo con mis compañeros, no esperaba que Salvador Almeida se convirtiera en el tema central. Pero aquí estamos.
La sonrisa de Toby se ensancha.
—Sin mencionar el factor entretenimiento. Nunca hay un día aburrido cuando él está en el edificio. Empleados corriendo de un lado a otro.
—Quieres decir que tú corres —replica Quentin—. Yo jamás he corrido en mi vida.
—Te vi correr la semana pasada cuando Clive bajó a hablar con Eleanor.
Quentin cruza los brazos.
—Necesitas cambiarte las gafas.
—Me las compré el mes pasado, muchas gracias.
Toby se vuelve hacia mí y me guiña un ojo.
—De diseñador y a mitad de precio.
—Te quedan muy bien —le digo. Los marcos naranjas combinan con su traje azul marino y con los colores de su corbata—. Toby, ¿no dijiste que tenías una cita este fin de semana?
—Sí. Solo espero que este no sea tan horrible como el último con el que hice match.
—El del títere —murmura Quentin.
—¿El del títere? —pregunto.
Toby asiente con gravedad.
—El del títere de calcetín —confirma, poniendo tanta solemnidad en las palabras que levanto las manos en rendición.
—No digas más.
—No lo haré. Esos detalles te perseguirían.
Hago un gesto exagerado de escalofrío.
—¿A dónde irás con el nuevo?
—Vamos a caminar por la High Line. Nunca ha estado allí.
—¿Es nuevo en Nueva York? —pregunta Quentin.
Toby asiente.
—Acaba de mudarse desde otro estado. El pobre no conoce las líneas del metro.
Doy un sorbo a mi whisky.
—Oigan, yo también soy de fuera. ¿Qué es la High Line?
—Ay, no —dice Toby.
Quentin niega con la cabeza y vuelve a su cerveza, la manga demasiado larga dejando ver un reloj digital.
Levanto las manos en señal conciliadora.
—¿Es tan grave?
—Lo peor —dice Toby, apoyando una mano sobre la mía—. ¿Me dejarías enseñarte la ciudad? ¿Por favor?
—No digas que sí —advierte Quentin.
—Cállate —replica Toby—. Está molesto porque le ofrecí ir de compras con él y darle algunos consejos constructivos. Se negó.
—Mi ropa está perfectamente bien.
—Tienes razón —concede Toby demasiado rápido—. Lo está.
Sonrío, mirándolos a ambos.
—¿Saben que parecen un matrimonio viejo?
—No lo somos —protesta Quentin.
Toby niega con la cabeza, mirándome.
—Muy graciosa, pero no intentes desviar el tema. ¿Cuándo te mudaste a la ciudad?
—Hace un mes y medio.
—¿Y dónde vives?
—Upper West Side —respondo, pero al ver sus ojos muy abiertos me apresuro a explicar—. Es diminuto. Prácticamente alquilo una caja de zapatos en el último piso. Me la alquila una anciana que pensó que parecía confiable. Sé que tuve suerte de encontrarlo… aunque sea la caja de zapatos más cara que he pagado.
—Otra más en Manhattan —le dice Toby a Quentin—. ¿Ves? Por eso deberías abandonar Brooklyn y unirte a nosotros.
—No —dice Quentin.
—Imagínate lo mucho que se acortaría tu trayecto.
—Brooklyn tiene alma. Sin ofender —añade mirándome.
—No me ofende —respondo—. ¿Debería?
Pero ya han caído en una discusión, y yo sonrío observándolos. Saltan chispas. No sé si Quentin se inclina por ese lado, pero si lo hiciera… mmm.
Mi teléfono vibra en el bolsillo. Una vez. Dos veces. Lo saco: es un número de Nueva York que no reconozco. Podría ser del trabajo, aunque es poco probable.
—Denme un minuto, chicos —digo, saliendo del reservado.
Contesto.
—Habla Mayela Umaña.
—¿Maye?
—Sí, soy yo.
Esquivo a unos estudiantes que cantan con los brazos alrededor de los hombros de los demás y voy directo a la puerta.
—Hay mucho ruido de tu lado.
—Sí, disculpe. Dame un momento…
Abro la puerta y salgo al aire fresco de Nueva York.
—¿Quién habla?
—Salvador Almeida —responde la voz grave.
—¿Señor Almeida?
—El mismo —repite, seco—. ¿Interrumpo tu noche?
—No. Bueno, estoy tomando algo con algunos compañeros de trabajo. Acabo de salir.
—Bien —dice.
No se me ocurre absolutamente nada que responder. ¿Cómo consiguió mi número? ¿Por qué me llama? No hemos hablado desde la reunión en su despacho hace más de una semana.
—Llamo por trabajo —dice.
—¿Es por el Día Familiar de Acción de Gracias? Porque todo está encaminado para el fin de semana.
—No, no es por eso.
Un silencio breve.
—Quizá sea mejor hablar de esto cuando no estés rodeada de empleados de Montviva.
—No estoy rodeada. Salí afuera.
—Aun así, creo que es mejor que tengamos esta conversación cuando estés en un lugar donde nadie pueda oír. Llámame cuando llegues a casa.
—¿Llamarlo, señor Almeida?
—Sí. Esto es laboral, señorita Umaña, pero creo que es mejor no hablar de ello en el lugar de trabajo.
La curiosidad me roe por dentro.
—Lo llamaré en cuanto llegue. ¿Hasta qué hora es demasiado tarde?
—Estoy despierto —responde con sequedad—. Hablamos pronto, señorita Umaña.
Y cuelga.
Me quedo mirando el teléfono durante varios segundos. No puede estar llamando para despedirme, ¿verdad? No. Creí haberlo convencido de no trasladar mis prácticas a otra empresa.
Trabajo.
Pero mejor fuera de la oficina.
—¿Todo bien? —pregunta Toby cuando regreso adentro. Se ha quitado la chaqueta del traje y la ha dejado entre él y Quentin en el asiento.
—Perfecto —miento.
Cuando por fin llego a mi edificio, el cielo se ha vuelto de un n***o profundo. Saludo al portero con un gesto. Todavía me resulta surrealista vivir en un edificio con portero.
Nueva York es mi hogar ahora.
Corrección, pienso al abrir la puerta de mi diminuto estudio en el último piso. Esta caja de zapatos cara es mi hogar ahora. La única ventana da a los tejados del edificio de enfrente. A veces hay palomas. Es fascinante.
Me siento en la cama y saco el teléfono. Son apenas las once, pero dijo que estaría despierto.
Salvador contesta al primer timbrazo.
—Saliste hasta tarde.
Me crispa el tono claro de desaprobación.
—Aún no es medianoche, y aunque lo fuera, sería asunto mío.
—Podrías rendir por debajo de tu nivel habitual mañana en el trabajo —señala—. Eso sí sería asunto mío.
—Le aseguro que siempre rindo al máximo de mi capacidad.
—¿Como cuando confundes reenviar con responder en el correo electrónico?
Golpe bajo, señor Almeida. Me aparto el cabello del rostro y suelto el aire.
—Quizá fue un movimiento calculado —digo, con el whisky hablando por mí—. Tal vez quería causar impacto. Dejar huella. La mayoría de los becarios son olvidables, ¿sabe? Yo no quiero ser uno de ellos.
El silencio es breve y sorprendido. Luego ríe por lo bajo, y cierro los ojos mientras el sonido me recorre. Lo imagino a mi lado en el sofá del salon dorado, sus rasgos marcados por la sombra y el deseo.
—No eres olvidable, Maye —afirma—. Si ese era tu objetivo, considéralo logrado.
—No esperaba tener éxito tan pronto.
—Y sin embargo lo tuviste.
Otra pausa.
—¿Dónde estuviste esta noche?
—En un bar cerca del trabajo.
—¿Volviste en taxi?
—Caminando —respondo, clavando los dedos en el edredón grueso—. ¿Cómo es que estoy aquí, teniendo esta conversación con él?
—¿Caminando? ¿Vives cerca del bar?
—Sí, Upper West Side. Fuimos al bar al lado del trabajo.
—Caminar no siempre es seguro.
—Este barrio es de los más seguros de la ciudad. Además, había gente. ¿Usted camina solo a casa?
—Maye…
—Señor Almeida.
Hay diversión renuente en su voz.
—Espero que tus compañeros te resulten satisfactorios.
—Son personas encantadoras —digo—. ¿Dijo que esto era por trabajo, señor?
—Lo dije. Sabes, no es necesario que me llames señor.
—Sus otros empleados lo hacen.
Suspira.
—Tienes razón. Y, por cierto, por eso te llamé.
—¿Para discutir cómo debo llamarlo? Creo que ya tuvimos esa conversación.
Las palabras son arriesgadas; nos recuerdan a ambos la noche de la que no debemos hablar.
La voz de Salvador se oscurece.
—Así fue. Y tampoco creo que llegáramos a nada entonces.
—Es difícil de definir.
—Imposible —dice—. Nunca he dejado que nadie lo intente.
Respiro hondo.
—¿Por qué me llamó, señor?
—Aunque no lo creas, es por trabajo.
—Eso ya lo dijo, sí.
—También es delicado.
—¿Información confidencial?
—En cierto modo. Dime, Maye, ¿dónde te ves al final de estas prácticas?
—¿Mi ambición es la información confidencial?
—Graciosa —dice, y el tono grave de su voz suena a sonrisa—. No. ¿Te ves con un puesto permanente aquí?
—Tal vez —respondo—. No descarto la posibilidad, y si me lo ofrecieran, probablemente diría que sí.
—Es bueno saberlo.
—¿A dónde va esta conversación?
—Tengo una propuesta para ti —dice.
Mi cerebro se bloquea.
No puede estar diciendo lo que creo que está diciendo, ¿verdad? Me llevo una mano al pecho mientras las palabras salen atropelladas.
—Salvador, no puedo hacer eso. No puede pedirme algo así. Yo no soy del tipo que...
—Por Dios, Maye, no te estoy pidiendo eso. No.
Me dejo caer sobre la cama, el corazón desbocado.
—Está bien.
—Debería haberlo formulado de otro modo.
Un sonido frustrado; lo imagino pasándose una mano por el cabello espeso.
—No, no te pediría eso. Esto es sobre el Departamento de Estrategia.
—¿Lo es?
—Creo que tenemos un topo.
Frunzo el ceño.
—¿Alguien que filtra información?
—Sí. Nuestros competidores están enterándose de las estrategias empresariales que proponemos a los clientes, y no ha ocurrido solo una vez.
—¿Cómo lo sabe?
—Tengo mis fuentes.
—¿Y está seguro de que viene de Estrategia?
—He descartado las demás posibilidades. Estrategia y dirección son los únicos que manejan esa información, y sé que no es dirección.
Me giro de lado.
—¿Quiere que mantenga los ojos y oídos abiertos?
—Sí. Eres nueva, eres becaria. Muchos en tu departamento podrían pasarte por alto.
—Gracias.
Pero estoy sonriendo.
—Es su pérdida —dice—. Además, nadie sospechará que tienes línea directa con la dirección. Hasta donde saben, tú y yo nunca hemos hablado fuera de la reunión de Acción de Gracias.
Los rostros de mis compañeros pasan por mi mente. Toby. Quentin. Eleanor. Las tres mujeres de la oficina que nunca me han dedicado más que un saludo cortés.
—No se siente bien saber que alguien con quien trabajo no está en el mismo equipo.
La voz de Salvador se vuelve más grave.
—Lo sé. Estoy pagando a uno de ellos por el privilegio de traicionar a mi empresa.
—Lo haré. Por supuesto que lo haré.
—Bien —dice—. Creo que es mejor que esto quede completamente fuera de la empresa.
—De acuerdo. ¿Qué significa exactamente? ¿Que solo le informe por teléfono de lo que encuentre?
—Sí —responde de inmediato—. Nada de correos de la empresa, nada de hablarlo en el trabajo.
—Suena a un plan.
—Excelente —dice—. Quizá por fin atrapemos a ese bastardo.
No puedo evitar preguntar:
—¿Por qué yo?
—¿Por qué no tú? —replica.
—Quiero decir, ¿por qué confía en mí?
Hay un silencio que se estira entre nosotros. ¿Dónde estará en Nueva York? Tal vez vive a solo unas calles de aquí, sentado solo en su apartamento, igual que yo.
—Confío en tu ambición —dice por fin—, porque la reconozco.
El terreno bajo mis pies tiembla. Es un cumplido, pero es más que eso. Es reconocimiento. Se filtra en mi pecho y me calienta por dentro.
—¿Sigue en la oficina?
—No —dice—. Estoy en casa.
—¿Caminó solo hasta allí?
Su voz suena divertida.
—No. No doy consejos que no sigo.
—Eso es inusual.
—De hecho, estoy mirando el parque. Ya empezaron a montar la feria.
Su apartamento da a Central Park. No debería sorprenderme, pero lo hace. Lo imagino frente a ventanales de piso a techo, una mano en el bolsillo del pantalón y la otra sujetando el teléfono.
—¿Se ve bien?
—Se ve grande —responde—. Mañana te enviaré los nombres de algunas personas. No son empleados, pero quiero que tengan acceso al Día Familiar de Acción de Gracias.
—Por supuesto. ¿Asociados suyos?
Su voz es seca.
—Más bien alguien cobró un favor.
—Lo haré de inmediato.
—Bien.
Ninguno de los dos dice nada, pero su presencia es palpable al otro lado de la línea. No quiero colgar.
Y creo que él tampoco.
Cierro los ojos y dejo escapar la confesión.
—Dar-me cuenta de que le había enviado aquel primer correo fue mortificante.
Su voz se suaviza.
—Lo imaginé.
—Pero ¿sabe qué? No me arrepiento.
—Yo tampoco, Maye —murmura—. Yo tampoco.