Epílogo

602 Palabras

19 de julio de 2003 La música resonaba con fuerza en el club. Los labios de Daimon acariciaron la suave piel de su cuello, produciéndole cosquillas. —¡Daimon, para! —carcajeó. Lo sintió sonreír sobre su piel, sin llegar a apartarse. —Estoy siendo seria sobre esto —insistió, sin llegar a alejarlo—. Van a acabar viéndonos. —Pueden mirar todo lo que quieran, mientras no toquen, muñeca. Es mi club, puedo echarlos, si quiero. —Tirano. Por fin se alejó, para mirarle a los ojos. Sus ojos verdes brillaban, divertidos. —Pero aun así te gusto. Ni siquiera pudo decir algo para refutarlo. Esa noche, Daimon había decidido ser especialmente pegajoso con ella. Casi como si se lo hubieran pegado con pegamento. Decidió desviar su atención hacia abajo, justo donde se encontraba la pista. —¿Cre

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