—¡Pisa el acelerador! —Ya voy demasiado rápido. —¡Aún puedes ir más rápido! Vamos a llegar tarde por tu culpa. David se detiene en un atasco que hay en la avenida y se voltea a mirarme, molesto. —Tranquilízate, llegaremos a tiempo. —No, no lo haremos —me quejo—. Y no estaré con mi sobrina en sus primeros minutos de vida. David se limita a mirarme con el ceño fruncido y en silencio desde su lugar, pero entonces parece recordar algo que lo hace relajarse y mostrar preocupación. —No creas que lo olvidé. —¿Olvidar qué? —me hago la desentendida, apartando mi vista de la suya y llevándola hacia la ventana del copiloto. —De lo que pasó antes de la llamada. Me limito a poner mis ojos en blanco y a ignorarlo. Eso parece molestarle, porque en cuanto los demás autos se mueven un p

