Ha pasado una semana desde que tuvimos una conversación… civilizada, con mi hermano, Mike y yo. Fue algo laborioso, pero al menos ahora los dos se pueden mirar a la cara y empezar inmediatamente una disputa. Bueno... más o menos. El punto es que se pueden soportar la presencia del otro. —¡Rositaaa! — Escucho el grito de mi queridísima amiga entrando a mi habitación. —¿Ally? ¿Por qué me dices “Rosita”? — Pregunto enarcando una ceja y ella me da una sonrisa malvada mientras se tumba en mi cama. «Ay, acabo de terminar de acomodar todas las almohadas.» —Un pajarito me contó que alguien te llama “Rosita”, así que, como yo soy tu mejor amiga, tengo completo derecho a usar ese apodo también. —No. —Aaww, por favor. ¡Es divertido! —No. — Repito con una cara inexpresiva. Mil y un maldicione

