El conejo que estaba desorientado y solo en la carretera se tira las orejas con pánico gritándome que vuelva en razón, pero algo a su lado empieza a golpearlo con la bola de espejos en la cabeza haciéndolo callar. Y lo ha logrado porque ya no lo escucho, sólo escucho mi respiración agitada, junto a la chaqueta de David y sus zapatos golpear el piso. — Mi papá y mi tío están en el edificio… —me quejo falsamente entre jadeos, moviéndome bajo su cuerpo. — En el piso de arriba… —replica David, luchando con el cierre de mi vestido. Sólo logra bajarlo hasta la mitad, así que mi vestido apenas deja mis hombros al descubierto—, trata de no morderme otra vez. — Las paredes son delgadas… —peleo mientras mis manos abren su cinturón y tratan de bajar su ropa. — El piso no. Deja de quejarte y ahora

