Capítulo 1

1017 Palabras
Jinny El hombre al otro lado de la sala de llegadas en Ibiza es brutalmente hermoso. Del tipo de atractivo que podría partirte en dos. Que es exactamente lo que me provoca verlo. Lleva un traje oscuro, ceñido a su cuerpo fuerte, y se mueve con una seguridad que ningún hombre debería poseer. Nadie puede ser tan perfecto. Y mucho menos él. Por un segundo mi cuerpo reacciona antes que mi cabeza: un calor traicionero me sube por la nuca y el estómago se me aprieta como si alguien hubiera encendido algo dentro de mí. Odio que un hombre al que apenas conozco siga teniendo ese poder. El desconocido se gira y llama a una mujer al otro lado del lugar. Entonces lo noto: no es él. Este tiene los ojos oscuros, no de un azul electrizante. Carece del acento británico impecable que huele a internados caros y privilegio. Y, sobre todo, no provoca ese vuelco en el pecho, como si el suelo vibrara bajo mis pies. —Lo siento, señorita Morales—. La voz animada de la empleada de equipaje me devuelve al mostrador. —Su maleta fue rastreada desde Nueva York hasta Heathrow, pero no ha vuelto a aparecer en el sistema desde entonces. Sus palabras se asientan y un nudo se forma en mi pecho. —Eso no es posible. Necesito esa maleta. —Si no podemos entregársela en veinticuatro horas, se le reembolsarán hasta quinientos euros. Me presiono los talones de las manos contra los ojos. Dormí apenas en el avión y luego me subí tambaleándome al siguiente, tras detenerme solo a cepillarme los dientes y comprar un Starbucks grande para sobrevivir a aduanas y la conexión. Todo me está pasando factura. Debí saber que era una mala idea poner todo lo que tenía en esa maleta. Incluidas mis pastillas. Alguien me choca por detrás y me giro para ver a una fila de cinco mujeres con minivestidos blancos idénticos. La del frente lleva corona y banda; todas gritan algo sobre “una última vez”. Soy la única aquí que no viene a buscar una fiesta. —Entiendo que esto es decepcionante. Una joven como usted seguro ya tenía elegido su vestuario de vacaciones—. La mujer examina mi camiseta negra sin mangas y mis jeans rotos como si fuera mejor empezar desde cero. —No estoy aquí de vacaciones—. Aparto un mechón de cabello oscuro de mi cara y busco mi bolso cruzado, con la computadora dentro. Gracias a Dios. Me pregunto qué diría si le contara la verdad: que estoy aquí porque incendié mi carrera al defender lo que creía correcto y que todos los locales que hace dos meses peleaban por contratarme ahora esquivan mis llamadas. Cuando salgo del área de equipaje, el dolor sordo en el estómago no cede. La empresa que me contrató dijo que enviaría un transporte. Y, efectivamente, junto a las puertas hay un hombre enorme con traje de lino y el cabello encanecido. Sostiene un cartel que dice “L. Queen”. —Esa soy yo—. Profesionalmente, al menos. —Puedes llamarme Jinny. —¿Sin equipaje? —Ojalá. ¿Cómo te llamas? —Toro, señorita. Camino a su lado mientras esquivamos turistas y salimos por las puertas dobles. —Parece que todos vienen a festejar—, comento. —¿Y usted? —pregunta Toro. —Yo estoy aquí para ayudarlos. El aire cálido me envuelve. Ayer era primavera en Nueva York; hoy es verano en España. Toro me conduce hasta una limusina Mercedes y abre la puerta trasera. —Yo iré adelante. Antes de que pueda discutir, abro la puerta del copiloto y levanto un libro del asiento: Comer, rezar, amar. —¿Tu lectura retro del club del libro de la semana?—. Lo dejo sobre el tablero y le lanzo una mirada ladeada. —No me malinterpretes, lo leí. Rubia de clase media alta busca sentido a su vida tras el divorcio. Tan identificable como seguramente te resultó a ti. —Entonces, ¿qué haces aquí? —pregunta mientras arranca. —Un sueño hecho realidad. Si mezclas en Ibiza, puedes trabajar en cualquier parte. Pero este trabajo no es solo mi gran oportunidad. Es mi última oportunidad. Tengo veinticuatro años y, si no arraso con esta residencia, quizá nunca vuelva a ganarme la vida haciendo lo único que me hace sentir viva. —Vino sola—, comenta Toro mientras salimos del aeropuerto. —Te sorprendería lo que una mujer puede hacer sin un hombre—, bromeo. Él sonríe con suavidad. —Tengo una hija adulta a la que no veo desde hace tiempo. Es independiente como usted. Por eso estoy leyendo el libro. Mi esposa dijo que a nuestra hija le gustó, y quiero entender qué le gusta. Se me aprieta el pecho. —Ella es afortunada de que te intereses. —Estoy seguro de que sus padres están muy orgullosos—, dice, y trago el nudo que se me forma en la garganta sin responder. Pasamos junto a un local del lado de la playa. El letrero enorme me arranca un escalofrío. —Ese es La Mer. La gente planea vacaciones enteras para asistir a una fiesta allí. —Algún día voy a tocar ahí—, digo. Toro se ríe. —Ninguna mujer lo ha hecho. La frase se me queda dando vueltas mientras el coche avanza. Ninguna mujer. Como si el mundo ya hubiera decidido de antemano qué lugares nos pertenecen y cuáles no. Miro por la ventana el reflejo del mar y, por un instante, vuelve a mí la imagen del hombre del aeropuerto. El equivocado… y, sin embargo, tan parecido al que no logro olvidar. Dos meses sin verlo. Dos meses repitiéndome que todo quedó atrás. Me ajusto las gafas de sol y respiro hondo. Vine a Ibiza para mezclar, para empezar de nuevo, para demostrar que sigo de pie. Nada más. Aunque algo me dice —con una certeza incómoda— que esta isla no cree en los comienzos limpios.
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