Jinny
Alexander levanta su mirada azul y gélida hacia la mía, pero el triunfo que hay tras ella coincide con lo que yo siento. Sonrío mientras nos sirven dos bebidas. Chocamos los vasos, dejando nuestras discusiones a un lado por un momento mientras compartimos una victoria que ambos deseábamos por razones diferentes.
—¿Qué te parece la cafetera espresso? —pregunta.
—Es muy brillante.
Su boca se crispa—. Me refería a si estás satisfecha con cómo funciona. Es un modelo nuevo y el mejor disponible.
—No la he usado.
Alexander frunce el ceño y yo tomo un sorbo de mi bebida, sintiendo cómo su atención se demora en mí. Finalmente, digo:
—La de prensa francesa es suficiente. Además, no quiero encariñarme. No es como si pudiera llevármela conmigo.
—Claro que puedes. La compré para ti.
—No, quiero decir… gracias. —Procesar su confusión es difícil. Parece ofendido porque su regalo no haya conmovido mi mundo—. Pero siempre estoy de viaje, así que viajo ligera. Lo único que viene conmigo es mi computadora, mi equipo y mi ropa.
Se inclina hacia mí, como si de verdad se propusiera entenderlo—. ¿Tan difícil te resulta verte viviendo en algún sitio?
—Lo he intentado. No salió bien. La gente tiene la costumbre de decepcionarme.
—Tal vez simplemente esperabas demasiado.
Le doy vueltas a eso mientras miro por encima de su hombro para ver a sus socios hablando y riendo.
—¿Dónde estuviste toda la semana? —pregunto.
—Visitando locales en Los Ángeles y Miami. Implantando nuevas políticas para resolver algunos problemas pendientes. —Duda, y el arrepentimiento brilla tras sus ojos—. Al construir un imperio, es fácil dejarse seducir por la fachada y pasar por alto las grietas. El año pasado estuve distraído. Permití que las grietas se extendieran más de lo debido.
Parpadeo. No sé si se fue porque le llamé la atención después de la fiesta, pero estaba intentando arreglar los errores que cometió. Aquellos por los que le recriminé.
—Pensé que tu próximo paso era comprar La Mer.
—Puedo hacer ambas cosas. Te sorprendería lo que soy capaz de lograr cuando me lo propongo.
No es la primera vez que me mira como si yo tuviera lo que él desea. Pero es la primera vez que no puedo evitar devolverle la mirada de la misma forma. La sensación en lo más profundo de mi estómago, expandiéndose en mi pecho, no es solo atracción. No se trata solo de lo irresistible que está con su traje oscuro, de cómo su pelo rubio sucio y sus ojos azul eléctrico me arrullan haciéndome pensar que podría haber sido el chico de al lado… si el chico de al lado guardara una caja fuerte llena de secretos capaces de partirte en dos.
—Eres un imbécil —susurro, pero la calidez de mi voz me traiciona—. Y un c*****o. Y un mentiroso…
—Y me extrañaste. —El brillo de sus ojos es tan sexy que me trastorna el cerebro.
—No es cierto.
—¿Entonces por qué enviaste el mensaje?
—Fue un accidente. —Un rubor me sube por la cara y su sonrisa se ensancha.
—Ah. Pero estabas pensando en mí.
—Estoy pensando en cuánto dinero voy a ganar en mis últimas dos semanas aquí. Pero si sirve para alimentar tu ego, ellas están pensando en ti. —Señalo con la cabeza al club de fans al otro lado de la sala.
Las mujeres están frunciendo sus labios carnosos y ajustándose las faldas para mostrar unos muslos increíblemente tonificados. Por la forma en que miran, echan de menos su compañía.
—Mi atención está ocupada.
No puedo detener la descarga de adrenalina que me recorre ni la sonrisa sin aliento que asoma a mis labios. Pregunto algo que sé que no debería.
—¿Dónde… ya sabes?
—¿Qué?
—Te lías con gente. No lo haces en la casa. Te habría oído si fuera en tu habitación, y exploré cada rincón de la villa mientras no estabas. No hay ningún cuarto de sexo secreto ni nada de eso.
—Ah. ¿Como soy un adorador tan prolífico de las mujeres, debo de estar llevándomelas a la cama indiscriminadamente? ¿Incluso desde que llegaste?
El destello en sus ojos debería ser una advertencia.
—Básicamente. Quiero decir, eres el presidente del Club de Multimillonarios Británicos.
—¿Perdona?
—Es algo real —continúo, totalmente seria—. Tienen elecciones, reuniones y un código de vestimenta. Además de eventos a puerta cerrada donde sacan el dinero y miden cuánto miden las pilas de billetes.
Se inclina y me da un tironcito del pelo, con expresión solemne—. No se supone que debas saberlo.
Echo la cabeza hacia atrás y me río. Se siente tan malditamente bien, y cuando él también sonríe, me pregunto si será contagioso.
—Además —continúa él—, me mantengo ocupado con la DJ residente de «una de las joyas ocultas de Ibiza».
Me enseña su teléfono. Reviso la publicación en r************* de una influencer que resultó estar en uno de los espectáculos de la semana pasada. Su mano cubre la mía. El contacto hace que mi pulso lata con más fuerza mientras termino de leer la publicación entusiasta.
—Es jodidamente increíble —digo.
—Sería más jodidamente increíble si ella limpiara mi piscina con su tanga.
Hicimos ese trato hace semanas. Algo ha cambiado entre nosotros desde entonces, aunque yo nunca di permiso. Ahora, el alcohol, el subidón del espectáculo y la forma en que me mira me hacen sentir invencible. Puede que este lugar no sea mi hogar, pero no puedo negar la sensación que me recorre, la familiaridad con el personal, el montaje y la barra; la esperanza de que podría pertenecer aquí, no solo como Little Queen, sino también como Jinny.
Y el hombre que es el dueño, el que pasé meses odiando, es alguien de quien una vez habría huido pero ahora quiero acercarme. Cada vez que él me presiona, yo le devuelvo el empuje. No me rompo, solo me doblo. Esta nueva confianza me hace valiente. Me hace audaz.
—Vamos, Harry, no seas tímido. —Estoy tan cerca que puedo ver los diminutos puntos del estampado de su camisa. Su cuerpo bloquea la mayor parte de la sala, y solo alcanzo a ver a una de las mujeres envidiosas vigilándonos desde la esquina—. Puedes admitir que lo que más deseas tras volver de un largo y duro viaje de trabajo es un par de mis bragas para masturbarte.
Sus fosas nasales se ensanchan. El golpe de triunfo se entrelaza con la atracción que surge por mis venas, un cóctel más potente que el que estoy bebiendo. Tomo la cereza del fondo de mi copa y la chupo. Si no sabía ya que había subido la apuesta, es evidente en el pulso de su cuello. En la forma en que su mirada se oscurece con intención mientras se inclina, apoyando una mano ligeramente en mi cadera.
—Entonces dámelas.
Su susurro ronco en mi oído, sus labios firmes rozando mi piel, me hacen olvidar funciones básicas. Como masticar. La cereza se me queda atascada en la garganta y, un segundo después, me está dando golpes en la espalda. Escupo la cosa sobre la mujer que cruzaba la sala para interrumpirnos. Ella suelta un chillido, quitándose la fruta del vestido con un gesto brusco. Los demás ocupantes de la sala VIP se quedan en silencio mientras nos miran.
Vaya.
Alexander se gira para bloquearme del resto de la sala como si necesitara protección. Quizás la necesite.
—Joder, eres salvaje. —Pero su boca se crispa.
Eso es lo que gano por intentar ser más genial que este hombre. Atragantarse es lo menos sexy que puede hacer una mujer.
—Puedo saquear mi cajón cuando vuelva esta noche si todavía quieres un par de mis bragas —bromeo con voz ronca.
—No.
—Eso es lo que imagin…
—No saben a ti.
El deseo me golpea, el avance de la atracción superado por un tsunami de necesidad.
—Puedes coquetear conmigo, Jinny —dice con voz arrastrada—. Incluso lo disfrutaré. Pero si quieres que te trate como a mi igual, será mejor que estés lista para todo lo que eso conlleva.
Cada parte de mí vibra, desde las puntas de mis pechos hasta el entrepierna. Mis bragas están mojadas y, al apretar las piernas, su mandíbula se tensa como si supiera exactamente por qué lo hago. Alguien se aclara la garganta y Alexander se vuelve bruscamente para mirar a Leni por encima del hombro.
—Jefe. Tenemos que hablar.
Se levanta del taburete, pero juraría que lo hace a regañadientes. Antes de alejarse, me dice:
—Mañana por la noche vamos a salir.
—¿Pidiendo otro favor?
—No. Una repetición del primero. Y créeme, querrás estar allí.