El murmullo en el salón se volvió más fuerte con cada segundo que pasaba. Las miradas iban y venían entre Damon, Estefan y Freya, como si intentaran descifrar el origen de la repentina tensión. Los asistentes, ávidos de dramas ajenos, se regodeaban con la posibilidad de un enfrentamiento entre los dos primos Cross.
—¿Estefan regresó para desafiar a Damon? —murmuró alguien al fondo.
—¿Será por esa chica? No es difícil de entender, con lo hermosa que es. —agregó otra voz.
Nadie recordaba haber visto a Damon y Estefan enfrentarse nunca. Los Cross siempre habían sido un frente unido, conocidos por su control y discreción. Sin embargo, aquella noche, todo parecía indicar lo contrario. El regreso de Estefan y la aparición de Freya estaban causando olas, y la multitud, ansiosa por entretenimiento, no podía apartar la vista.
Entre los murmullos y las miradas indiscretas, Ivy King finalmente notó el tumulto. Era difícil que algo escapara a su radar, pero hasta ese momento había estado ocupada disfrutando de su propia popularidad. Ivy, conocida por ser la reina indiscutible de estos eventos sociales, era el tipo de mujer que nunca permitía que nadie robara su protagonismo.
Con una sonrisa afilada y una copa de champán en la mano, se acercó hacia donde estaban Damon, Estefan y Freya, sin apartar la vista de la joven desconocida que acaparaba toda la atención. La gente la observó avanzar, consciente de que donde estuviera Ivy, habría drama.
—Así que… la gran rivalidad de los Cross es por esta misteriosa belleza. —dijo Ivy, con una voz lo suficientemente alta como para que todos alrededor escucharan.
Freya sintió el peso de la mirada de Ivy caer sobre ella como un golpe inesperado. No conocía a la mujer, pero podía ver que su presencia significaba problemas. Ivy era alta, con el cabello rubio y brillante cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros, vestida con un elegante vestido n***o que destilaba autoridad. Todo en su porte y expresión decía que no estaba acostumbrada a ser ignorada.
—No sabía que tu hermano perdido había regresado. —dijo Ivy, dirigiéndose a Damon con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Y parece que trajo un regalo? —Su tono sarcástico era inconfundible mientras señalaba sutilmente a Freya.
Estefan se adelantó un paso, interponiéndose entre Ivy y Freya, como si disfrutara de la oportunidad de provocar aún más a su primo.
—Deja las formalidades, Ivy. —dijo con una sonrisa burlona—. Sabes que no soy fan de tus juegos. Freya es mi acompañante esta noche, y pensé que lo mínimo era presentarla como merece.
Los ojos de Ivy se entrecerraron, analizando cada movimiento. La sonrisa falsa seguía en su lugar, pero sus intenciones eran claras: nadie debía robar su protagonismo.
—Qué detalle, Estefan. Pero, dime… ¿es solo tu acompañante? —preguntó con fingida curiosidad, sus ojos relampagueando con malicia—. Porque me cuesta creer que esta encantadora criatura no esté causando algunos problemas entre ustedes.
Damon permanecía inmóvil, sus ojos oscuros clavados en Freya como si quisiera desentrañar cada uno de sus secretos. No le interesaban los juegos de Ivy, ni sus insinuaciones. Lo único que importaba en ese momento era lo que Freya estaba haciendo allí.
—No es asunto tuyo, Ivy. —dijo Damon con voz baja y cortante.
La tensión en el aire aumentó, y los murmullos entre los asistentes se intensificaron. Ivy arqueó una ceja, sorprendida por la brusquedad de Damon. Era la primera vez que él la rechazaba tan abiertamente en público.
Estefan sonrió con satisfacción.
—¿Ves? Damon siempre tan encantador. —dijo en tono burlón. Su intención de provocar era evidente, y la ira apenas contenida en la mirada de Damon confirmaba que lo estaba logrando.
Freya, atrapada entre los dos primos y la mirada inquisitiva de Ivy, se sintió como una marioneta en un espectáculo del que no quería formar parte. La situación escapaba rápidamente de su control, y sabía que no podía escapar tan fácilmente.
—Entonces, Freya… —Ivy la observó detenidamente, pronunciando su nombre como si saboreara cada sílaba—. ¿Por qué no nos cuentas tú misma qué haces aquí?
Freya abrió la boca para responder, pero Damon fue más rápido. Dio un paso hacia adelante, su postura tensa, como si quisiera protegerla de Ivy y Estefan al mismo tiempo.
—Ella está aquí porque yo lo permito. —dijo Damon, su tono helado y definitivo.
Estefan soltó una carcajada suave, disfrutando la escena.
—Vaya, primo. Qué posesivo te has vuelto de repente.
El enfrentamiento entre los tres se había vuelto evidente para todos. Los asistentes susurraban teorías sobre lo que estaba ocurriendo. ¿Freya era la causa de una disputa entre los primos Cross? Nadie lo habría creído posible, pero allí estaba, frente a sus ojos, desplegándose como un espectáculo fascinante.
Ivy, sin embargo, no estaba dispuesta a quedar fuera del juego. Apretó los labios y dejó escapar una risa suave.
—Esto será interesante. —susurró, disfrutando del caos que se estaba gestando.
Freya sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Estaba atrapada entre la rivalidad creciente de Damon y Estefan, y ahora Ivy se había sumado al escenario con intenciones desconocidas. El peligro no era solo social; había algo más profundo en juego, algo que aún no lograba comprender del todo.
Sin saber qué más hacer, Freya miró a Damon, buscando alguna señal de que todo esto no terminaría tan mal como lo sentía en su pecho. Pero en los ojos oscuros de Damon no encontró respuestas, solo la promesa de que nada volvería a ser igual.
El murmullo se había vuelto un zumbido constante, como una colmena de abejas agitada. Isabel Cross lo observaba todo desde la distancia, sintiendo cómo la ira subía por su pecho. La humillación que sentía al ver que la protagonista de toda aquella atención era Freya, la mucama coja, la consumía.
¿Cómo se había atrevido Estefan a llevarla? Isabel lo fulminó con la mirada, sintiendo traición e impotencia. Si la noticia de aquello llegaba a la prensa, el apellido Cross sería el centro de todas las habladurías al día siguiente. No se trataba solo del escándalo en sí, sino de lo que significaba: una grieta en la fachada perfecta de poder y elegancia que siempre habían mantenido.
Isabel apretó los labios con fuerza. Necesitaba un plan inmediato. Algo más fuerte que la supuesta rivalidad entre Estefan y Damon, algo que desviara la atención de todos.
Fue entonces cuando sus ojos se cruzaron con los de Roberth, el padre de Ivy, con quien había estado hablando de cosas muy importantes para ambas empresas. Él, como siempre, permanecía alerta en las sombras, con una copa en la mano y una expresión que insinuaba saber demasiado. Roberth le sostuvo la mirada con una leve inclinación de cabeza, como dándole permiso para tomar una decisión.
Y entonces Isabel lo supo. Solo había una forma de apagar ese incendio.
—Señoras y señores —anunció, elevando la voz con toda la autoridad que le confería su apellido—, les pido un momento de atención.
El zumbido de las conversaciones se detuvo casi de inmediato. El silencio se apoderó del salón, y todas las miradas se dirigieron hacia Isabel. Había pocas personas capaces de imponer tal respeto con su sola presencia, y ella era una de ellas.
Freya sintió cómo el aire a su alrededor cambiaba. La atención que antes recaía sobre ella y los primos Cross se desvaneció, suplantada por la expectativa que generaban las palabras de Isabel.
—Esta noche —continuó Isabel, con una sonrisa controlada pero calculada—, tenemos un anuncio importante que hacer.
Damon y Estefan intercambiaron una mirada de alerta, sintiendo que algo inusual estaba a punto de ocurrir.
—Es un honor para mí anunciar que mi nieto, Damon Cross, y la encantadora Ivy King se unirán en matrimonio.