Vittoria
Su mano seguía aprisionando mi muñeca como un grillete de acero. Había sido testigo de toda mi pesadilla desplegada ante sus ojos, y ahora repetía con voz gutural, cargada de un odio que helaba la sangre:
—Juro por la tumba de mi madre que los mataré a todos. A cada uno. Incluido ese maldito medio hermano.
Sentí el fuego de su piel fundirse con la mía, una marca que deseaba fuera permanente. En ese instante perverso, anhelaba que nunca soltara su presa. Pero entonces sus dedos se abrieron. El frío de la habitación invadió el espacio vacío donde su contacto había estado, un abismo repentino que me hizo estremecer.
—Quiero ayudarlo —balbuceé, buscando sus ojos oscuros—, pero antes debo cerrar mis propias heridas. La muerte de Paolo solo me libró de la primera batalla. Hay otra guerra pendiente en mi alma, y debo terminarla... de una vez por todas.
Salí de la habitación como un autómata. Mi mente, un torbellino de imágenes sangrantes, intentaba procesar el descubrimiento: Él y yo... somos espejos rotos del mismo cristal. En la penumbra del pasillo, Dante emergió como una sombra fiel. Su hocico frío rozó mi mano temblorosa, y al percibir el caos interno, exigió caricias con un gemido suave.
—Hola, amigo —susurré al hundir los dedos en su pelaje —. Perdón... debes tener hambre.
Nos desplomamos juntos sobre las baldosas frías de la cocina. La lluvia golpeaba los cristales en un ritmo hipnótico, único sonido en aquel silencio cargado. Esos minutos robados al mundo, con el calor del gran danés recostado sobre mis piernas, fueron un bálsamo efímero. Necesito distraerme o enloquezco. Me levanté con esfuerzo.
Al abrir la alacena, el aroma del harina me transportó a otra lluvia, años atrás...
El salón de los Visconti resplandecía con candelabros de Murano. Yo, atrapada en un vestido rosa pálido de Gucci —regalo de Nonna—, era el blanco perfecto. Paolo se acercó, champán en mano, y su susurro cortó como navaja:
—Con ese trapo pareces una puta callejera de Nápoles.
Miré el tul bordado con perlas, un sueño convertido en burla. Las lágrimas ardían, pero fue su risa —eco de todos los hombres de la sala— la que desgarró mi orgullo. Maldito bastardo, pensé, clavando las uñas en las palmas hasta sangrar.
En el funeral simulado de mi dignidad, pocas mujeres se acercaron. Las que lo hicieron, perfumadas a falsa compasión, soltaban la misma sentencia:
—Hija mía, debiste huir cuando tuviste oportunidad, ahora estás aquí atrapada.
Tenían razón. El plan de fuga con Cassandra estaba listo: pasaportes falsos, dinero en Zúrich. Pero la noche previa, al ver a los picciotti de Paolo vigilando mi calle, el miedo paralizó mis huesos. La cobardía fue mi verdugo. Esa noche juré: sobreviviría lo justo para planear una muerte que pareciera accidente.
La "Capilla de los Suspiros" amaneció empapelada de terciopelo rojo. Paolo sonreía ante el altar, sabiéndose dueño del 40% de los Bonnano. Pero mi tío Enzo, frío como el mármol de Carrara, deslizó un anexo al contrato nupcial:
—La herencia se transfiere... tras el nacimiento de un heredo legítimo.
La sonrisa de Paolo se desvaneció. Leyó el documento dos veces antes de estrujarlo:
—¡Ni loco engendro un crío con esa imbécil!
Enzo encendió su Cohíba con calma, el humo formando una nube de desprecio:
—Entonces no hay trato. Haz con ella lo que te plazca. Recogió su maletín de piel y salió sin mirarme.
Esa misma noche intenté saltar por la ventana del castelletto. Paolo me atrapó del cabello.
—Veamos, principessa... —su aliento a grappa quemaba mi nuca— si tu conchita es tan virginal como dice tu tío.
Le golpeé el rostro con mi hebilla de plata. Él solo rió, desgarró el vestido en dos tirones y me arrojó sobre las sábanas de seda. Cuando sus dedos ásperos comprobaron que estaba "intacta", su sonrisa fue de triunfo perverso. Lo que vino después borró mi humanidad: fui solo una muñeca de trapo que él movía al ritmo de sus gruñidos. Conté las grietas en el techo barroco mientras mis gritos se apagaban. Al amanecer, miré su cuerpo sudoroso y desnudo, robé una bata de seda china, y escapé descalza por los viñedos.
Estuve seis meses escondida en Le Marais, trabajando como lavaplatos en Le Chien Bleu. Aprendí a hacer soufflés perfectos entre golpes del chef. Creé una identidad: Victoire Dubois, estudiante de repostería. Pero mí tío me encontró. Sus hombres me arrastraron de vuelta a Sicilia.
—Tu lugar está junto a tu esposo —escupió, firmando un cheque para Paolo—. Cumple tu función.
Regresé. Pero algo había muerto en París: la Vittoria sumisa. En las noches, usando una laptop con VPN, construí "Dolce Vizio" —un servicio de catering clandestino para mafiosos. Mi cannoli de ricotta financiaban mi venganza. Paolo jamás sospechó que la mujer que golpeaba tras el brandy era dueña de medio Bitcoin en Andorra... ni que su "estúpida" cocinaba con cianuro en la alacena.
Un gemido de Dante me trajo al ahora. La lluvia seguía azotando los cristales. Mis manos amasaban mecánicamente la biga madre para el pan, pero el movimiento se detuvo. Algo caliente y salado resbaló por mi nariz. No eran sudor. Lágrimas. Tres gotas cayeron en la masa fermentada.
—Perdón, amigo —murmuré al perro, que lamió mi tobillo—. Hoy no es día de pan... —apreté la masa con furia repentina—. Es día de recordar por qué Paolo murió a manos de él... y cuántos faltan por pagar.
Dante alzó el hocico, olfateando el aire. Algo en mi voz —un tono que ni yo reconocía— había activado sus instintos. La masa bajo mis puños ya no era comida. Era arcilla para moldear destinos. Y yo, Vittoria Bonnano, había aprendido a cocinar venenos... y planes perfectos.