El mundo era un zumbido distante, un eco apagado tras un cristal grueso. Las voces a mi alrededor se entrecortaban, se superponían, formando un murmullo sin sentido que mi mente se negaba a procesar. Todos me hablaban, pero solo había un sonido que mi alma anhelaba escuchar: la voz grave de Stefan, sus palabras ásperas cargadas de esa posesión que tanto me enfurecía y me hacía sentir viva. Pero solo reinaba un silencio ensordecedor. No sentía. No quería sentir. No deseaba hablar. Mi enojo era una entidad viva que se retorcía en mis entrañas, una bestia negra y rugiente que ansiaba desatar sus garras. Deseaba, con una intensidad que me aterraba, poder desgarrar, destripar, aniquilar a cada ser que hubiera conspirando en esta traición. Que su sangre regara los escombros que ahora eran la tu

