La biblioteca olía a polvo de siglos y engaños recién barnizados. Entre los retratos de antepasados cuyas sonrisas pintadas escondían adulterios y quiebras, mi padre alzó su copa de cristal tallado. El champagne Dom Pérignon 2008 —el mismo que Adán y yo bebimos en nuestra luna de miel falsa en Capri— centelleaba como lágrimas con burbujas.
"¡Por Ana y Adán! ¡Que su unión lleve los Hospitales Celiav Lux a una nueva era!"
Los aplausos rebotaron en los estantes de roble mientras yo fingía rubor. Adán Celiav. Mi prometido. Mi némesis disfrazado de príncipe azul. Su mano en mi cintura era una tenaza cubierta de terciopelo.
15 años atrás
El verano de mis 10 años olía a cloro y magnolias. Él flotaba boca arriba en la piscina de la mansión Ivanov, sus pecas doradas brillando bajo el sol.
— ¿Ves esa nube? — señaló con dedos mojados —. Parece un dragón... o un corazón roto.
Cuando emergió del agua, su torso adolescente goteaba sobre los azulejos venecianos. Sin mediar palabra, tomó mi muñeca y la puso sobre su pecho izquierdo. El golpe acelerado bajo sus costillas me hipnotizó.
— Tu latido... está loco — susurré.
Sus ojos miel — el mismo tono del whisky que su padre robaba de la bodega — capturaron los míos:
— Es por ti, Ana Montecarlo. Siempre será por ti.
Presente
En el salón de baile, entre el humo de los puros habanos y el perfume Fracas de Robert Piguet que mi madre adoraba, vi el primer fallo en el decorado.
Lessa Ivanova avanzaba con un vestido de encaje n***o idéntico al mío de Carolina Herrera, comprado en Milán durante nuestro "viaje de compromiso". Adán tensó los dedos sobre mi cadera.
— ¿Te gusta? — susurró Lessa al pasar rozándome —. Lo encontré en el armario secreto de tu suite en el Bauer... ¿O creíste que no sabía de tus lecciones de italiano con el profesor Bellini?
Había señales que mi corazón ahogó, El reloj Patek Philippe de Adán — regalo de mi padre por su graduación — brillaba con eslabones desaparecidos. Los encontré después bajo la alfombra de su Tesla, junto a un pendiente de perla negra de Lessa.
En su agenda de cuero verde (la que le regalé en París), las páginas del 15 al 22 de julio — cuando juró estar en Ginebra — estaban manchadas de salitre. Lessa poseía un yate en Saint-Tropez.
O aquella noche, mientras fingía dormir, oí su voz en el balcón: "No te preocupes... el cáncer de su padre acelera todo. Heredará antes de que cumpla 30".
— ¡Brindemos por el futuro de los Celiav-Montecarlo! — rugió papá, su rostro demacrado iluminado por la araña de cristal Swarovski.
El tintineo de las copas fue ahogado por un crujido. Rocco, nuestro golden retriever, mordisqueaba algo bajo la mesa Luis XV. Al recogerlo, reconocí el gemelo de zafiro que regalé a Adán por nuestro aniversario... sujetando un trozo de seda azul del chal de Lessa.
— Parece que a Rocco le gustan las mentiras — dijo una voz como hielo envuelto en seda.
Lessa sostenía un sobre manila grueso como un ladrillo pequeño. Su sonrisa mostraba el diente ligeramente chueco que su cirujano jamás corrigió — mi secreto guardado desde que lo descubrí a los 14 años.
— Para la novia — susurró depositándolo en mis manos sudorosas —. Ábrelo cuando descubras qué significa realmente "Éirene" en griego antiguo.
En la penumbra del tocador de abuela, donde generaciones de Valdés se quitaron las máscaras, rasgué el sobre. El contenido me detuvo el aliento:
La primera foto: Adán entrando a un penthouse en Calle Serrano 90 (dirección falsa que me dio para "reuniones de trabajo").
La Segunda foto: Lessa besándolo en un ascensor privado, vistiendo mi robe de seda de Florencia.
La tercera foto Papá firmando documentos con lágrimas en los ojos, con el logotipo de Celiav Holdings al fondo.
Pero también hay documentos legales:
Escritura notarial: el 51% de Clínica Éirene pertenecía a... Lux Medical Group (filial de los Ivanov).
Informe médico: el diagnóstico de cáncer de páncreas de papá era... falso. Firmado por el Dr. Adam Celiav.
También encontré mi pulsera Cartier perdida el mes anterior, con el broche torcido... y enganchado, un cabello rubio platino (el tono que Lessa teñía desde los 15 años).
Pero las sorpresas no paraban había una carta final — escrita en papel con membrete del Bauer Hotel— decía:
"Querida doctora Montecarlo:
¿Recuerdas nuestro juego infantil de 'Detectives'? Tú siempre elegías al héroe. Hoy aprendes: los villanos ganamos porque leemos el guión primero.
P.D.: El diamante azul de tu anillo es sintético... como tus sueños.
P.P.D.: Pregúntale a papá por qué realmente te 'casó' conmigo."
— L.I.
Fuera, la orquesta comenzó a tocar "Bésame Mucho". El compás sonaba a burla. Al levantar la vista al espejo veneciano, vi a Adán reflejado en la puerta, su sonrisa perfecta desmoronándose al notar el sobre abierto en mis manos.
En ese instante comprendí la verdadera herencia Montecarlo: no maldecíamos a nuestros amantes... los convertíamos en lo que merecían ser.