Era una noche particularmente fría. De camino a casa, con la mirada fija en la ventanilla del autobús, admiré cómo una gran cantidad de personas cubrían sus cuerpos con distintos tipos de prendas abrigadas. Yo, que salí por la mañana bajo un Sol radiante, tuve que esforzarme bastante para no temblar con cada paso que daba.
Había sido mala idea utilizar falda, pero tampoco me opuse demasiado cuando Josh me sugirió llevarla.
Me encontré a Emmerit a pocos pasos de la entrada de nuestro apartamento, en pijama, alternando la mirada entre el teléfono que sostenía y la puerta. Tenía el cabello desordenado, la camiseta mal colocada y la habitación olía tanto a canela que por un instante no logré ver su rostro con claridad.
—¿Por qué huele a…?
Atravesó la estancia deprisa, deteniéndose muy cerca de mí.
—¿Ya habías visto esto?
Ante mis ojos apareció la pantalla de su celular, con el brillo al tope. Después de parpadear continuamente hasta acostumbrarme a la cantidad de luz que me asediaba, una imagen se dejó ver con mayor detalle.
Era Jack junto a una chica del todo desconocida.
Él rodeaba sus hombros con un brazo, inclinaba la cabeza en su dirección un par de milímetros y sonreía con sutileza, como si no pudiera permitirse la idea de ampliar el gesto. Ella, por su parte, curvaba sus labios casi con exageración, rodeaba el torso del chico mediante un agarre ligeramente posesivo y permanecía apoyada contra su pecho. Ambos viéndose deslumbrantes frente a la fachada de la tienda de CD’s.
Había un pie de foto, que citaba “Desde hoy, mi nueva persona favorita”.
Negué con la cabeza, pero Emmerit mantuvo el teléfono suspendido en el aire otro par de segundos.
—No.
—¿“Mi nueva persona favorita”?
—Eso dice.
—¿Qué demonios significa eso?—increpó, dando un paso atrás. Su mirada viajó hasta la fotografía. De pronto fue como si la sonrisa de Jack le transmitiera un mensaje incomprensible, y me pregunté cuántas veces habría intentado absorber cada detalle.
—La frase es bastante explicita.
Solté mi bolso sobre la alfombra, esforzándome bastante para entender lo que pasaba.
—¿Y quién es Teddy?
Acercó el aparato electrónico a una distancia peligrosa e intimidante de mi nariz, desde la cual apenas pude distinguir el nombre de la persona que había publicado la foto en una red social, mencionando a Jack.
—Supongo que la chica de la foto… Emmerit, ¿qué es ese olor intoxicante a canela?
Me hice a un lado, deseosa por poder llegar al sofá más cercano.
La rubia se giró en seco, de manera que pudiéramos seguir encaradas.
—Estoy estresada, y ya sabes que el aroma de la canela generalmente me calma los nervios.
—¿Estresada por qué?
Me deshice de los zapatos, arrojándolos tres metros más allá. Los pies me dolían, fue inevitable no soltar un suspiro de alivio cuando por fin me dejé caer de espaldas contra el sofá.
Emmerit bajó los brazos de forma abrupta, bloqueando la pantalla del teléfono.
—Por nada.
Y entonces lo entendí.
Pese al cansancio y al hecho de que no me apetecía hacer nada, me levanté como si un resorte en la espalda me hubiera impulsado, atónita.
—¿Estás…?—negó con la cabeza, buscando silenciarme—. ¿Estás estresada por la foto de Jack?
—No.
—¿Por esa chica?
—He dicho que no.
—Creí que su relación era netamente física. Te escuché decírselo hace un tiempo—acusé. Su piel perdió color—. De hecho, me desperté porque discutían al respecto. Recuerdo que lo echaste, y le pediste que no volviera nunca, hasta que se encontraron por casualidad. Y entonces le hablaste de nuevo, pero recalcando que jamás habría nada que…
—Detente—alzó ambos brazos, mostrándome las palmas de sus manos como si pudiera frenar el avance de mis palabras—. Ya sé lo que dije y lo que no.
—Pero es que…
—Soy un cliché, ¿vale? La chica que pretende no darle más atención de la necesaria al chico, que se ofende cuando él actúa como si planeara sobrevalorar la relación que llevan y que luego pierde la cabeza por una estúpida foto en la que hay otra chica de por medio. Es una mierda.
—¿Tú…?
—No estoy enamorada, ni siquiera me gusta románticamente hablando. Pero me siento un poco celosa ¿sabes? Como si esa tal Teddy estuviera quitándome el único puesto que quiero ocupar en su vida.
Rodó los ojos. Pronto estuvo a mi lado. Ambas nos arrojamos al sofá.
—Bueno, en dado caso de que sólo se estén acostando, él es plenamente libre de hacerlo.
—Lo sé. No es eso. En realidad no puedo explicarlo. Sólo me molesta un poco reconocer que nosotros no tenemos fotos juntos, o nada que nos una cuando no estamos, ya sabes…
—¿Y no es lo que querías?, ¿Una relación sin conexiones?
—Sí, es casi perfecto. Sólo que hasta hoy no me había detenido a pensar en que de cierta forma soy para él como una vieja TV; algo que no exhibirías nunca, pero con lo que puedes entretenerte de vez en cuando.
—Supongo que entiendo tu punto de vista, ¿pero acaso él no es lo mismo para ti? Ninguno de tus amigos lo conoce, o ha oído de su existencia, aparte de mí. Y yo te lo presenté.
Torció los labios.
—No me hagas caso. Ni yo me entiendo.
Me puse de pie, palmeando su pierna.
—Tomaré una ducha. Si necesitas seguir hablando sobre esto ya sabes en dónde encontrarme.
Ella se limitó a sacudir una mano en el aire, desdibujando la cuestión.
Con el tiempo he aprendido a involucrarme sólo lo justo en los problemas ajenos.
—Deberíamos ir—la escuché gritar entonces, a través de la puerta ya cerrada del baño. Cuando finalmente logré sacarme la ropa la entreabrí un poco para asomar la cabeza al pasillo.
—¿A dónde?
—A la tienda. No fuimos ayer.
—No lo sé…
—¿No te da curiosidad saber quién es Teddy?
—No.
Sí, de hecho sí. Especialmente porque Jack lucía cómodo con ella al lado. Y en medio de lo que suele llamar “contacto físico innecesario”. Pero no estaba segura de que fuera buena idea seguirle la corriente a la rubia.
—De todas formas, ¿qué harás?
No contestó. Ambas éramos conscientes de las fallas en su plan. Y lo poco conveniente que es para ella exponerse de esa manera, sin haber aclarado primero lo que de verdad siente.
Pese a eso, media hora después estábamos a las afueras del edificio, esperando a que el tráfico disminuyera lo suficiente para cruzar la calle sin correr el riesgo de no llegar a la otra acera.
De alguna forma Emmerit había logrado convencerme. Quizás fue porque prometió no encender la estéreo a las tres de la madrugada cuando tuviera insomnio durante lo que resta del mes.
Desde que accedí a acompañarla se esforzó por aparentar desinterés, más allá de la pequeña sonrisa victoriosa que me dirigió, pero sus nervios son evidentes. Se mantiene aferrada a mi brazo casi como si creyera que yo puedo protegerla de algo, respirando sonoramente muy cerca de mi oído.
Justo en la entrada, desde donde podíamos ver a Jack apoyado contra el mostrador, me soltó. La observé pasarse los dedos por el cabello, desenredando algunos mechones con afán. Mientras se alisaba las arrugas inexistentes de su pijama me pregunté si estaría mal que tirara de ella hacia el interior, pero entonces ambas descubrimos que ahora Jack nos observaba.
Emmerit se irguió de golpe, enderezando la espalda más de la cuenta. En un parpadeo ya estaba dentro, moviéndose de tal manera que sus articulaciones parecían hechas de madera.
—¡Hola!
Jack miró por encima de su hombro, alzando una ceja en mi dirección. En ocasiones soy la única vía que le queda para entender a la chica. Usualmente alega que no sabe cómo comprenderla.
—Hola.
—Qué entusiasmo.
—Son las diez de la noche, ¿qué esperabas?
Emmerit se subió de un salto al mostrador ubicado cerca de la pared opuesta, enfrentando a un muy desconcertado Jack.
—Pues llevamos varias noches sin vernos. No es posible que no me hayas extrañado ni un poco.
Por mi parte, me detuve a pocos pasos de él, cruzándome de brazos en lo que me formaba un esquema mental de lo que podría ocurrir al final de la noche. Seguía pensando que entrometernos, y más aún darle tanta relevancia a una simple fotografía, era mala idea.
—Supongo que no esperas que de verdad responda a eso, ¿no?
La expresión risueña desapareció del rostro de Emmerit. Noté que empezó a jugar con un hilo suelto de su camiseta sólo para no tener que ver a Jack por un instante.
Hubo una pausa prolongada. Creo que ninguno supo qué decir, lo que en realidad nunca nos ocurre. Puede que la tensión acumulada por Emmerit se hubiera esparcido en la atmósfera.
Yo cambié el peso de mi cuerpo de un pie a otro hasta que, finalmente, oí que alguien se aclaraba la garganta.
—¿Quién es Teddy?
Comencé a toser. Jack me golpeó la espalda durante unos sesenta segundos, aproximadamente, y sólo se detuvo en cuanto mi cara dejó de verse como si estuviera por estallar. Emmerit me miró con el ceño fruncido.
A veces, cuando algo me toma por sorpresa, me ahogo estúpidamente con mi propia saliva.
—¿Cómo?
—¿Quién es Teddy?
—¿Cómo sabes de Teddy?
Emmerit se encogió de hombros, alardeando de una indiferencia envidiable. Jack parecía, en cierto modo, consternado.
—Vi una foto de ambos. Juntos.
—¿Y me preguntas sobre ella porque…?
—Curiosidad.
—Sí, bueno, no es tu asunto.
—¿Ah, no?
—Literalmente, no.
Otra pausa. Yo empezaba a sentir que me alteraba, allí de pie, sin la más mínima idea de cómo eliminar la tensión, cuando Jack soltó un suspiro, probablemente sintiéndose culpable por la forma en la que estaba contestando.
—Sólo es una conocida.
—¿Eres “la persona favorita” de todas tus conocidas o de unas cuantas nada más?—replicó la rubia casi al instante, cruzándose de brazos. Un segundo más tarde mostró arrepentimiento, pero ya estaba hecho.
Jack chasqueó la lengua. Intuí que empezaba a perder la paciencia.
—¿Le haces un interrogatorio a todos los tipos con los que follas, o sólo a mí?
Emmerit entreabrió los labios, ligeramente ofendida, sin llegar a pronunciar nada. Lo cierto es que no había una respuesta aceptable que no resultara, de paso, muy reveladora.
—¿Qué tal si vemos una película?—dije, esforzándome por lucir entusiasta.
—No, ya tengo planes.
—¿Cuáles?
Abrí los ojos de manera exagerada hacia Emmerit, queriendo frenarla telepáticamente. Ella me juró que sería sutil. No sé por qué cometí el error de creerle.
—Iré a un concierto.
—¿En dónde?
—En el… ¿Por qué actúas como si te importara?
Emmerit rodó los ojos, bajándose de un salto. Jack se irguió a medida que ella acortaba la distancia entre ambos.
—¿Podemos acompañarte?
—No lo creo.
—¿Por qué no?
—Porque no es el tipo de música que ustedes escucharían.
—¿Y tú qué sabes?
—No es el tipo de música que alguien escucharía.
—Si es tan horrible, ¿por qué vas tú?—intervine. Jack se encogió de hombros.
—Dollan, mi vecino, es el bajista. Le prometí que iría; es la primera vez que les permiten tocar en un espacio público.
—Oh, ¡adoro a Dollan! Con más razón debemos ir, ¿cierto, Heaven?
Le fruncí el ceño. Conocí a Dollan en una fiesta. Es un chico simpático, pero no hay ningún motivo por el que yo tomaría la decisión se presentarme a uno de sus conciertos. Intenté alegar, pero la réplica murió en mis labios gracias al vistazo enfático que la rubia me lanzó. Es como si ella quisiera aferrarse a cualquier posibilidad de pasar más tiempo con Jack.
—Por supuesto.
Jack me observó fijamente. No es que yo fuera la persona más racional en su lista de conocidos, pero solía decir que le agradaba porque, la mayor parte del tiempo, era “una chica centrada”. Enarcó una ceja, como si esperara alguna justificación extensa sobre nuestro comportamiento, pero me limité a sostenerle la mirada hasta que acabó suspirando.
—Espérenme en la acera, cerraré la tienda.
Emmerit soltó un chillido cargado de emoción antes de sujetarme el brazo, tirando de mí hacia el exterior.
—Oye, ¿qué te…?—alcé el dedo índice para apuntarle al rostro, dispuesta a reprocharle su actitud, frenándome a mí misma en cuanto advertí la sonrisa que le teñía el rostro—. ¿Se puede saber cuál es tu plan?
—No tengo ningún plan.
—¿Y se supone que iremos en pijama al concierto de un desconocido a las once de la noche sólo por diversión?
—Dollan no es exactamente un desconocido.
—Aun así, esto no deja de ser innecesario.
Se acercó tanto a mi rostro, de repente, que cuando habló sentí su aliento estrellarse contra mis mejillas.
—No me preguntes por qué, pero creo que quiero hacer esto con Jack.
—¿”Esto”?
—Sí… salir con él, crear algún recuerdo que podamos discutir en público después…
—¿Por qué…?
Apoyó un dedo sobre mis labios, silenciándome.
—Te dije que no preguntaras.
Y se alejó un paso en cuanto oímos que sonaba la campanilla de la tienda. Jack se inclinó para encargarse de los seguros exteriores, encaminándose luego a nuestro puesto con las manos dentro de sus bolsillos.
—Síganme, supongo.
Hizo el amago de girar sobre sus talones, un segundo antes de que Emmerit le atrapara un brazo.
—¿Podrías, no lo sé, tomarnos de la mano?
Jack parpadeó en silencio. Creo que yo estuve a punto de volver a toser. Pero la rubia actuó indiferente a nuestras reacciones, jugando nerviosamente con sus dedos como si le preocupara escuchar una respuesta negativa.
—¿Por qué haría algo como eso?
—Así habrá menos posibilidades de que Heaven y yo nos extraviemos.
—Si están detrás de mí no van a…
—Sólo hazlo—interrumpí, casi como si le suplicara.
Por experiencia sé cuánto puede extenderse una conversación con la rubia si se le lleva la contraria, y no daba la impresión de que planeara ceder.
—Es que es ridículo—protestó Jack—. Ustedes no tienen cinco años. Pueden caminar por su cuenta, sin que haya nadie llevándolas.
Emmerit entreabrió los labios, y de alguna mística forma intuí que estaba a punto de mencionar a Teddy.
—Sólo es una manera de caminar. No le des tantas vueltas—alargué el brazo y entrelacé una de sus manos con la mía en un agarre firme, intentando hacerle ver que no era necesario convertir el asunto en algo relevante—. Los mejores amigos hacen estas cosas todo el tiempo.
Antes de que yo irrumpiera en su vida, increíblemente solitaria y desesperada por encontrar a alguien cuyos problemas pudieran distraerme de los míos, Jack no solía relacionarse demasiado con nadie. De cierta forma me adherí a su existencia como si fuera un salvavidas, apareciéndome por la tienda cada noche para poner un interés vidrioso y notablemente forzado en los estantes de CD´s, hasta que él acabó resignándose al hecho de que no desaparecería de pronto y empezó a responder con algo distinto a monosílabos cuando le buscaba conversación. Siempre que pone esa expresión de irritación mal contenida le suelto el mismo argumento de que los amigos acceden a hacer ciertas cosas por el otro, y raras veces replica ante eso.
Una noche confesó que, pese a todo, le resultaba agradable poder hablar conmigo sobre el tipo de cosas que no discutía con nadie. Así que al final la amistad terminó siendo mutua. Pero no es que él sepa mucho sobre el tema, de modo que, a decir verdad, soy su referente.
Por otro lado, Emmerit parecía seriamente ansiosa por arrojarse sobre Jack. Antes de que acabara haciéndolo, porque es perfectamente capaz, decidí ayudarla con su patético plan de acercamiento.
—No sé quién es más imbécil, si tú, por utilizar una técnica de manipulación tan estúpida, o yo por sucumbir ante ella.
De mala gana extendió el otro brazo hacia la rubia, que se apresuró a sujetarlo con una amplia sonrisa aflorando a sus labios.
No contesté, pero me fue inevitable no sonreír, también, en lo que comenzábamos a caminar.
Durante un segundo creí que sería incomodo caminar así, sin embargo, me sentí extrañamente unida a ellos, a un nivel que antes no había experimentado, como si ese pequeño gesto significara algo más. Como si tuviera la certeza de que, en donde sea que estuviese, podría contar con ellos de la misma manera que lo hacía con Ansel y Xanthia.
Jack se detuvo abruptamente en la entrada de uno de los dos parques que he visitado en la ciudad. En consecuencia, Emmerit y yo le imitamos.
—¿Listas para una de las peores noches de sus vidas?
—¿Por qué habría de ser tan mala?
—Ya les dije; Dollan ni siquiera sabía lo que era un bajo hasta hace seis meses.
Torcí los labios en una mueca. La rubia, desde su lugar, lucía pletórica.
—Mientras estemos juntos nada será especialmente horrible.
—Wow… eso fue muy cursi, incluso para mis estándares.
Jack se inclinó hacia mi oído.
—Dime la verdad, ¿le diste drogas?
—No, pero quizás las consiguió por su cuenta. Ahora que lo mencionas… ese aroma a canela que había en el departamento podría ser sospechoso.
Emmerit nos escuchó, desde luego. En condiciones normales se habría molestado por la sencilla razón de que no la tomáramos en serio; esta vez se limitó a tirar de nosotros hacia el interior, tan entusiasmada que un par de chicos ubicados a las afueras la observaron con curiosidad.
Dejé que me guiara, no tenía ningún motivo para impedirle hacerlo, y sólo sacudí el brazo para liberarme cuando pasamos por el único sector que se me antojó despejado.
—¡Este sitio es perfecto!
Todavía no habían empezado a entonar la primera canción, pero los cuatro chicos sobre la tarima hacían una prueba de sonido con sus instrumentos sorprendentemente ensordecedora, por no mencionar el bullicio proveniente del público. Jack vaciló, pero al advertir que Emmerit ya se había parado junto al árbol que señalé, no le quedó más remedio que imitarnos.
Abrí la boca, iba a comentar algo sobre el abrigo de una chica que pasó cerca, hasta que la rubia se me adelantó.
—¡¿Ese no es tu profesor de Estadística?!
Los tres desviamos la mirada hacia el punto al que ella apuntada. Seis metros a la izquierda, aproximadamente, había un hombre alto y fornido con una camiseta negra que se inclinaba sobre sí mismo para poder conversar con el niño de enfrente. Para tener aspecto de aburrirse con facilidad, asentía ante todo lo que el pequeño le decía como si fuera muy sensato.
Jack torció los labios.
—Ugh, sí… Ese tipo es una pesadilla.
Sólo yo pude oírle.
—¡Parece amable!—y él me miró como si hubiera perdido la cabeza—. ¡Espera… ¿Por qué Emmerit conoce a tu profesor de Estadística?!
—¡Le acompañé a su última exposición, se había puesto nervioso e intenté darle apoyo moral!
Por algún motivo, esto me asombró más de lo que cabría esperar.
Jack va en el segundo año de la carrera de Psicología, y Emmerit en el primero de Idiomas. Ambos estudian en la misma universidad, pero no se conocían antes de que yo me hiciera amiga del chico. En ocasiones olvido el hecho de que ellos tienen otras cosas en común, lugares o situaciones en las que yo no influyo de ninguna manera, porque, desde que nos convertimos en un grupo de tres, raras veces hacemos algo sin estar completos.
A continuación, Emmerit comentó algún acontecimiento de ese día que continua causándole gracia, pero yo dejé de poner atención. Reacio al inicio, con el pasar de los segundos Jack fue relajándose, al punto en el que empezó a participar en la conversación. Los observé con una pequeña sonrisa; lucían espontáneamente felices.
Y de pronto ocurrió algo que en realidad no me había pasado en todo el tiempo que llevo viviendo en la ciudad, ni siquiera en los primeros días, cuando no conocía a nadie y permanecía recluida en mi pequeño departamento de alquiler; me sentí fuera de lugar. Desubicada, como si no encajara o no terminara de entender qué hacía, realmente, allí.
Más allá de que no me veían, de que parecían haber olvidado mi presencia, todo se redujo a la sensación nostálgica que me embargó, en lo que el vocalista del grupo daba la bienvenida a los presentes.
Pensé en las cosas que había dejado atrás quizás de una forma muy impulsiva, porque necesitaba orientarme y darle un cambio a mi vida, en las personas con las que alguna vez también tuve actividades u opiniones en común, en todo eso que conformaba mi día a día… Y me pregunté si es que, no tan en el fondo, extrañaba parte de lo que fui o, al menos, de lo que tenía.
Lo cierto es que nunca me había detenido a pensar en ello, porque en serio me gustaba lo que hacía. Amo compartir piso con Emmerit, que siempre consigue estresarme y entretenerme por igual. Amo mi trabajo, en el que me valoran por las cosas que he hecho y no tanto por mis años académicos o experiencia acumulada. Amo la ciudad. Amo la sensación de independencia, el saber que ahora sí puedo valerme por mí misma. Amo a mi novio, que es, a decir verdad, todo lo que yo podría necesitar. Amo a mis amigos. Amo los cambios que he hecho, la manera en la que ahora logro ver las circunstancia desde una perspectiva más objetiva… Entonces… ¿Por qué de pronto nada de eso pareció suficiente?
Emmerit alargó un brazo en mi dirección, tomándome de la mano para llamar mi atención. Parpadeé, aclarándome la vista en lo que volvía al presente. Jack estaba viéndome con fijeza,
—¡¿Estás bien?! ¡No creí que sonara tan horrible como para que pusieras esa cara!
Recién entonces noté que el show había empezado, y que tanto el baterista como el bajista iban a su propio tiempo, pasando deliberadamente por encima del vocalista y del volumen que se supone deberían tener para escuchar, al menos, lo que sea que dijera la canción.
De cierta forma, Jack y Emmertit parecían seriamente interesados en mi respuesta. Y se me olvidó qué era lo que estaba pensando antes de que me interrumpieran.
—Mejor que nunca.