CAPÍTULO IX Aquella tarde, Gardenia se encerró en su habitación, no se sentía capaz de enfrentarse al Barón. El recuerdo del beso que le dio parecía abrasarle los labios y a pesar de que se los frotó hasta que casi quedaron en carne viva, persistió el horror y la indignación que ello le produjo. — ¡Lo odio! —dijo llena de cólera dando vueltas de un lado a otro y de pronto supo, con un repentino sentimiento de desamparo, que no había nada que pudiera hacer. ¿Cómo podía acusarlo ante tía Lily? Y no había nadie más. Nunca en su vida se sintió tan sola Con lágrimas en los ojos se dijo que «esto sucede a casi todas las mujeres… estar a merced de los hombres». Tal vez las sufragistas, en su lucha por la igualdad de los sexos fueran el hazmerreír de la gente, pero tenían razón en muchas cosas.

