Sofía seguía sollozando, sus lágrimas eran como dagas que me desgarraban por dentro. La sostenía con fuerza, intentando darle seguridad, aunque mi propia mente estaba llena de dudas y miedo. —Ese señor te gritó… —me decía Sofía, su pequeño rostro lleno de angustia. La miré a los ojos, tratando de mantener la calma, de ser fuerte para ella, aunque por dentro todo se desmoronaba. —Mírame, estoy bien… —le dije, acariciando su cabello con ternura. —No me hizo nada. Ella me miró, desconfiada, como si no terminara de creerse mis palabras, pero finalmente asentó, aunque las lágrimas seguían cayendo en silencio. Entonces, Sian se acercó a nosotras, con un gesto más suave del que me había mostrado antes. Sacó algo de su chaqueta y, de repente, vi la muñeca. Era enorme, más grande que las que S

