Desperté temprano esa mañana, sintiendo una extraña incomodidad que no lograba identificar del todo. Desde que había vuelto a la mansión Stravos, sentía como si cada uno de mis movimientos estuviera siendo observado, como si alguien estuviera pendiente de mí a cada instante. Traté de sacudirme esos pensamientos. “No tiene sentido”, me dije, centrándome en lo que realmente importaba: Dimitri. Cuando llegué al comedor, lo vi allí, sentado en la mesa con un par de piezas de un rompecabezas. Al verme, sus ojos se iluminaron como siempre. —¡Elena! —gritó con entusiasmo, corriendo hacia mí y abrazándome con fuerza. Sonreí y me agaché para estar a su altura. —¿Listo para un día lleno de aventuras, campeón? —le pregunté, usando una voz cálida. Dimitri asintió con una sonrisa gigante. Me enco

