El sol de la tarde se colaba a través de las enormes ventanas de la mansión Stravos, proyectando su luz dorada sobre los muebles de madera oscura, las alfombras persas, el lujo palpable de cada rincón. Me encontraba caminando por los pasillos, los tacones resonando sobre el suelo de mármol. Cada paso me acercaba más a lo inevitable: un día más en esta casa, donde las reglas no las marcaban las personas, sino el poder. Y yo... yo apenas era una pieza más en este tablero.
Dimitri había sido más difícil de lo habitual esa mañana. Lo había encontrado solo, como siempre, con la mirada vacía y la actitud distante. Intenté acercarme, hacerle entender que, aunque su hermano mayor lo tratara como un adulto, él era solo un niño. Pero todo lo que hacía parecía en vano. Y lo peor de todo era que Aleksei siempre estaba observando, desde algún rincón oscuro de la mansión, como un depredador esperando su momento. Sus ojos fríos, tan azules como el hielo, siempre estaban allí, estudiando cada uno de mis movimientos.
Me dirigí hacia su despacho. Sabía que no iba a ser fácil. Cuando llegué, él estaba de espaldas a mí, mirando por la ventana. Su postura erguida, sus hombros marcados por la camisa blanca que llevaba, le daban un aire de arrogancia y superioridad. La puerta se cerró detrás de mí con un ruido suave, pero lo suficientemente fuerte como para llamar su atención. Se giró lentamente y, cuando sus ojos se posaron en los míos, pude sentir cómo el aire se volvía más denso.
—¿Qué quieres, Petrov? —su voz, siempre tan cortante, me hizo temblar por dentro. Pero no podía dejar que se notara.
—Vine a hablar sobre Dimitri. —Mi voz salió firme, a pesar del nudo en mi estómago.
Él me observó durante un largo momento, su mirada tan penetrante que me hizo sentir desnuda. Luego, dejó escapar una risa burlona.
—Dimitri no es el problema aquí. —Se acercó con pasos medidos, cada uno más amenazante que el anterior—. El problema eres tú. No sirves para este trabajo. Eres una niñera inútil, incapaz de controlar a un niño de siete años.
El golpe me dolió, aunque no en el cuerpo. Fue como una puñalada directa a mi orgullo. Pero no podía ceder. No podía mostrar debilidad frente a él.
—Estoy haciendo lo mejor que puedo. —Mi voz sonaba vacía, pero traté de mantenerme firme.
Aleksei no dijo nada. Solo siguió avanzando hasta que estuve a su altura. Su presencia me rodeaba, invadiendo todo el espacio, haciéndome sentir aún más pequeña. Y luego, sus palabras fueron como cuchillos.
—¿Lo mejor que puedes? No me hagas reír. Si de verdad quieres mejorar, tal vez puedas hacerlo de una manera más... entretenida.
Un escalofrío recorrió mi espalda cuando esas palabras salieron de su boca. Pero el peor golpe fue el siguiente, cuando me lanzó la propuesta que ni siquiera pude asimilar completamente de inmediato.
—Si realmente quieres unos cuantos pesos más, podría ser generoso. Puedes desnudarte para mí, ¿qué opinas? Estoy seguro de que podrías ser mucho más útil de esa manera.
La ira me invadió al instante, como un fuego que quemaba por dentro. No lo dudé. Avancé hacia él y, en un gesto impulsivo, le estampé una bofetada en la cara. El sonido resonó por toda la habitación, como un trueno que no dejaba espacio para la duda.
—¡No me toques! —grité, la rabia rebosando de mis palabras—. ¡No soy tu juguete!
Aleksei no reaccionó de inmediato. Permaneció allí, con la mano sobre su mejilla, como si ni siquiera le hubiera causado un rasguño. Su mirada se volvió aún más fría, y su ira creció de manera palpable.
—¡Te acabas de meter en un terreno peligroso, Petrov! —dijo, su voz baja y cargada de amenaza.
En un abrir y cerrar de ojos, dio un paso hacia mí, me empujó hacia atrás y me miró desde lo alto, como si fuera nada más que una niña a la que había que poner en su lugar.
—No vuelvas a hacer algo así. —Sus palabras caían sobre mí como bloques de hielo—. Estás despedida. Ya no tienes cabida aquí.
Mi corazón latió con fuerza, pero algo en mi interior se rebeló contra esa orden. Sabía que no podía dejarlo ganar. No iba a irme sin luchar, sin importar lo que costara. Miré al suelo, pero no pude evitar que las lágrimas se asomaran a mis ojos. Sin embargo, no iba a llorar frente a él. No le daría esa satisfacción.
—No puedo... —mi voz salió quebrada, pero no dejé que mi debilidad se mostrara completamente—. No puedo irme. Necesito este trabajo.
Aleksei me miró con una expresión de desdén, como si no fuera nada más que una molestia que había que quitar del camino.
—¿Y qué vas a hacer al respecto? —su tono era burlón, casi disfrutando de mi sufrimiento—. Yo soy Aleksei Stravos, y puedo hacer lo que se me antoje. Así que mejor te largas ahora mismo, antes de que cambie de opinión.
Esas palabras fueron como una sentencia de muerte. El miedo se apoderó de mí por un instante, pero algo dentro de mí se resistió a rendirse. No podía dejarlo ganar tan fácilmente.
Con la cabeza gacha, caminé hacia la puerta, el corazón golpeando en mi pecho como un tambor. La humillación me consumía, pero no podía dejar que me viera débil. No iba a ser tan fácil.
—Esto no ha terminado, Stravos. —susurré para mí misma, con una determinación que ni yo misma sabía de dónde venía.
Aunque había sido derrotada en ese momento, algo dentro de mí despertó. No iba a rendirme. No tan fácilmente.