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4939 Palabras
sol no llegaban de manera directa a pesar de la hora; se colaban por entre la vegetación tímidamente, para de esa manera, acariciar deliciosamente las pieles.    Disfrutamos plenamente de ese paraíso. De repente Pedrito, uno de los vecinos que se había unido al grupo y que se hubo colado junto a varios como polizontes, aferrados a la camioneta desde su exterior; se subió a unos de los árboles enormes y se ubicó en una de las ramas más altas, desde donde se precipitó hasta el centro del pozo que recibía al inmenso caudal. Aquella hazaña  temeraria resultó celebrada con vítores entusiastas; aunque Mercedes por poco se muere del susto. Eran cinco los muchachos que, cuales atletas olímpicos, se dejaban caer desde lo alto e impecablemente, se sumergían en el mero centro de aquel pozo helado. Era en extremo divertida toda esa gritería. Así pasamos una velada exquisita. Inteligentemente, el tío Mengue propuso la retirada a una hora más que prudente. Aún era demasiado temprano, pero si no se daban cuenta, podía caer la noche y sería arriesgado recorrer ese camino a oscuras. Llegamos poco antes de las cinco de la tarde.       A la hora de la cena, que siempre se hacía a las cinco, toda la familia ocupó el inmenso comedor. Los muchachos, curiosamente, eran sentados muy meticulosamente uno al lado del otro en el piso. Con las piernas extendidas cuan largas eran y muy separadas entre sí, les era colocado su plato allí mismo, en medio de sus extremidades. Y hasta que no se le hubiere servido al último de ellos, no comenzaban a comer. Nadie emitía un susurro siquiera. Los adultos se ubicaban en la mesa con igual disciplinas y luego que la tía Panchita rezara en voz muy baja, iniciaban sus comidas. El tío Mengue me miraba de una manera cómica, estando yo sentado en una de las piernas de mi mami sopeteándole su comida, puesto que ya me había engullido la mía hacía rato con crecido apetito. Esa forma de mirar me daba mucha risa. Reía tanto, que se me salía de la boca cuanto me llevara por pura grosería.           Después de la cena, fuimos en grupo, exceptuando la tía Pancha que se disculpó debido a que se sentía ya muy cansada, a dar un paseo por los alrededores. Quisieron mostrarme los becerros. Aquellos animalitos eran separados de sus madres para acrecentar la producción láctea. Así, privándolos de su manjar divino que para ellos producían sus madres, se arremolinaban entre sí emitiendo unos bramidos lastimeros en procura de ellas. A los muchachos los llantos les parecían muy divertidos. Bueno, en realidad a mí también me lo pareció; pero era más que todo, porque se veían bien bonitos aquellos animalitos con caritas regordetas y adorables, aunque asustados, porque lo más probables era que se sintieron desprotegidos. Eran más de veinte los becerros que ocupaban aquel sitio por demás pequeño.           Después de eso, fuimos al sitio donde descansaban cinco yeguas y tres caballos; mejor dicho, un caballo y dos potrillos. Eran unos ejemplares preciosos. Los caballos siempre me parecieron animales de lujo. Sus portes elegantes, sus pasos, sus trotes; aquellas crines que se bamboleaban con la brisa, sus relinches y sobre todo; sus tamaños. Era muy agradable mirar aquellos hermosos animales inmensos, a quienes admiro inclusive ahora. Que gran placer y bienestar me produjo cuando fui colocado, aunque solo por unos minutos, en el lomo de uno de ellos. Solo un ratito, ya que, tras  el escándalo que produje, el tío Mengue me bajó de inmediato. Mercedes corrió muy asustada desde donde estaba, para cerciorarse de lo que me sucedía, pero el tío Mengue la tranquilizó explicándole lo que en realidad había ocurrido.           Llegada nuevamente la calma, mi mami prosiguió en lo suyo y yo en lo mío. Me permitieron correr por unos pajonales que parecían eternos. El tío me seguía muy de cerca y al cerciorarse de que no había peligro alguno en aquel sitio, me permitió jugar a mis anchas a solas. Retozaba yo excesivamente contento tocando toda esa vegetación. Mis carreras se escuchaban crepitando sobre algunas hojarascas que se extendían cual alfombra, en casi todos los lugares. Mis risas se escuchaban en la distancias y todos quienes las percibían, se emocionaban de que me estuviera divirtiendo. Todos decían, “eso no se ve todos los días. Déjalo que juegue Mercedes, no le va a pasar nada malo; no hay ningún peligro”. Mi madre, evidentemente, confió en sus parientes como quien dice, con los ojos cerrados y continuó la amena conversación que tenían todos; sentados en varias sillas forradas con cuero de ganado, en las cercanías de la puerta de la casa. Se estaba haciendo de noche. Mis carcajadas juguetonas se dejaron de escuchar repentinamente. Mi mami pensó que ya había sido presa yo de la monotonía de algún juego, por ello, no le prestó mucha atención; además, el chisme estaba demasiado bueno al parecer.            Así se entretenían todos, cada cual en su tema. Las mujeres contando sus cosas y los hombres y muchachos, admirando la lujosa camioneta del tío Mengue. La noche se comenzó a asomar tímida y en las charcas cercanas comenzaban los eternos conciertos de los batracios que las habitaban. En ese momento yo, aterrado y aturdido, no sabía hacia donde dirigirme. Estaba un poco mareado. En unos minutos sentí que todo me daba vueltas. Entré en pánico y no hice otra cosa sino, emitir un llanto que ensordeció a todos, en el inicio de aquella noche que se anunciaba aciaga. En el grupo de familiares y amigos que departían alegremente, el silencio se hizo de inmediato. Mercedes cayó en cuenta de la realidad y sin mediar palabras, corrió pavorosa  hacia la dirección desde donde se escuchaba mi llanto, seguida de aquel tropel de personas también sobresaltadas por aquellos gritos impresionantes que yo emitía.            Mi llanto cesó por un rato debido a que ya no podía hacerlo. Eso empeoró la situación, además de que la noche ya se había posesionado de toda la comarca. Mi mami ya era un manojo de nervios. Alguien corrió y al rato se apersonó con una linterna enorme que alumbraba en todas direcciones. El tío Mengue se introdujo, linterna en mano, en la vegetación y me encontró tirado en el suelo, acurrucado en medio de una vegetación tupida. Al ver a mi tío, aún estaba consciente, por lo que le dirigí únicamente, una de mis miradas. Tenía mucha baba en mi boca, por eso no podía siquiera llorar.           Al darse cuenta de la gravedad del asunto, me tomó en sus brazos de inmediato. Imaginó lo que me había pasado y se horrorizó cuando miró a mi lado, unos recipientes de Malathión a los que yo les había quitado la tapa. Al resultarme llamativos los colores de aquellos recipientes, los destapé para ver de qué se trataba. Quise sentir su olor y no me pareció mal. Al querer probarlo, su sabor fue horrible, demasiado desagradable. Probé solo un poquitico de uno de aquellos frascos y de inmediato lo tiré, el resto del líquido mojó toda mi ropita. Al rato comenzó todo a mí alrededor a dar vueltas y más vueltas y, asustado, me puse a llorar para que Mercedes me salvara. Instantes después sentía que me ahogada y un desagradable dolor de cabeza comenzó a aturdirme. Un intenso escozor cubrió toda mi piel. Mi llanto se fue apagando lentamente, dada mi incapacidad para emitir sonido vocal alguno, lo que dificultó sobremanera mi búsqueda. Por fortuna, el tío Mengue, con mucha veteranía de campo logró dar conmigo a tiempo.   El caballero corrió conmigo hasta la casa. Mientras lo hacía, me iba despojando de la ropa, la cual permanecía mojada por el tóxico. Sus pasos eran veloces, tanto, que en un desperfecto del camino; trastabilló enormemente y estuvimos a punto de caer. Por fortuna se repuso muy acertadamente y siguió su carrera. Al llegar a la casa, se metió conmigo al baño. Ya en él, me mojó con agua muy fría, lanzándome el gélido líquido una y otra vez, a la vez que me aplicaba jabón. Mercedes no sabía lo que pasaba y gritaba pidiéndole al tío Mengue, que por piedad le dijese algo. Este no decía nada, solo me bañaba de esa manera tan brusca. Por fin llamó a mi mami y le ordenó de inmediato que recogiera todo que nos iríamos a la ciudad de inmediato. Yo me sentía demasiado mal ya, no podía mirar lo que estaba pasando a mí alrededor. Mi mirada no era precisa, era como si todo estaba borrando para mí. Me faltaba el aire y una fuerte tos comenzó a hacer estragos en mi atribulado cuerpo, tal como hubo ocurrido en la oportunidad de aquella grave afección respiratoria que me mantuvo al borde de la muerte. No recuerdo que más sucedió, puesto que perdí el conocimiento. Nuevamente llegan a mis sentidos aquellas expresiones pensadas en aquel momento aciago, dirigidas como siempre, a mi querida madre: “Mami, siento que otra vez la vida se está ensañando contra mí. Me siento mal. Me da vueltas todo. La boca se me traba y no puedo decirte las palabras bonitas que tanto te gustan. ¿Por qué mami?, ¿Por qué cada vez que somos felices, se presenta algún nubarrón gris en nuestro limpio cielo? ¿Será que nunca vamos a ser felices? Me duele todo el cuerpo mami. Es horrible esto que siento mami. Mamá por favor, no me dejes solo. No te vayas como la vez pasada mami. No me dejes solo mami, mami, mami…”           A los pocos minutos de haber sucedido aquella nueva situación apremiante para Mercedes y para mí, ya estábamos montados en la camioneta del tío Juan en compañía de los primos Zenón y Adrián, además de, obviamente, mis abuelitos. Acto seguido, tomamos rumbo por aquella carretera desastrosa hasta la ciudad, específicamente a la sala de emergencia del gran hospital que existía en ella. A esas alturas de la situación, presentaba yo unas fuertes convulsiones que prácticamente estremecían a mi mami, quien me llevaba en sus brazos. Estaba aterrada, su llanto era silencioso.           En unos minutos parecía yo una lámina de hojalata, debido a la rigidez que estaba presentando. Era dantesco lo que me estaba pasando, parecía que en ese entonces sí iba a morir. El tío Mengue le daba más velocidad que de ordinario a su vehículo, dado lo apremiante que era llegar al hospital para que me salvaran la vida, la cual ya sentía languidecer. Me encontraba en extremo mal. Dos horas más tarde, luego de un tormentoso viaje donde el tormento había calado en todos quienes me acompañaban, llegamos a la ciudad y en unos minutos estábamos ya en la sala de emergencia del nosocomio. En ella, muchas personas se abalanzaron sobre mí y me comenzaron a pinchar por todos lados. No sentía ni siquiera dolor. Me introdujeron una manguerita por la nariz que llegaba hasta mi estómago y procedieron a realizarme un lavado. A pesar de que ya no podía físicamente sentir nada de lo que me estaba sucediendo, todo a mí alrededor se instalaba en mi mente. Era una especie de memoria como la que usan los aparatos modernos, una memoria que eternizó todo mi calvario.           Luego de introducir y retirar un líquido por allí, el médico indicó que me inyectaran de todo. Me pinchaban en repetidas oportunidades, muchas de ellas eran fallidas. Luego supe que tenía las venas dificilísimas, según repetían constantemente las enfermeras. Fue solicitada la ayuda de una de las chicas de la Unidad de Cuidados Intensivos. Tras el imperioso llamado, se apersonó una dama hermosa. Su cara era poseedora de una belleza fresca. Sus intensos ojos flavos miraban detenidamente las posibles zonas, verificando en cuál de ellas podría colocar el catéter que necesitaba ser insertado con premura.           Se decidió Esther, que era como se llamaba la bella dama, por una de las grandes venas de mi cuello. Y en una de ellas, con milimétrica precisión y en el primer intento, colocó el catéter por el que de inmediato fue conectado, a través de un equipo de infusión; un recipiente que pendía desde lo alto. A través de esa aguja, se iniciaría la terapia medicamentosa, decían todos; contentos por el éxito de Esther a quien felicitaron por el logro. Ella desapareció seguidamente, ya que su presencia era esencial en el área de cuidados críticos. La bella Esther, lamentablemente falleció dos años después, en un accidente de transito, donde un loco del volante, completamente ebrio; acabó con la vida de un ser tan especial.            Mientras tanto, otras enfermeras colocaban aquel odioso aparato que dejaba escapar el sonido detestable que pensé que jamás volvería a escuchar. Dos médicos me examinaron y verificaron mis signos vitales. Se miraban horrorizados. Las enfermeras les decían a cada rato que tenía la tensión cada vez más baja. De inmediato hizo acto de presencia un médico de mayor edad. Me tocaba por todas partes y miraba mis ojos con una pequeña linterna. Hizo varias preguntas a mi mami. Seguidamente le comunicó la gravedad de mi estado y sin ningún tipo de ambages le expresó que se preparara para lo peo; pues era muy posible que muriese. Según él, era un caso de envenenamiento por un agente organofosforado. Fue eso lo que me sucedió, cuando inocentemente me puse a jugar con aquel recipiente del que incluso, llegué a probar el líquido que contenía. Que bromas con mis travesuras.           Mi pobre madre se quería morir, cuando aquel médico desconsiderado le dijo esas terribles palabras. Aún en este bello, lugar donde me encuentro, pienso que debió ser un poco más sutil al decirle aquella cruda realidad. Realmente era esa mi crítica situación, no habían pasado más de cinco minutos después de que el médico dijese sus duras palabras, cuando los aparatos comenzaron a sonar de una manera bestial. Todo el mundo comenzó a correr en todas direcciones. A mi mami la sacaron de la sala donde me encontraba, pues la crisis de nervió que presentó la hizo actuar como una verdadera demente, entorpeciendo la labor del personal que m atendía diligentemente.           Yo por mi parte, inconsciente como me encontraba, miraba una luz brillante en una distancia, la cual se hacía cada vez más próxima. Pude mirarme en algo así como un sueño. En ese sueño pude contemplar nuevamente, la radiante belleza de la gloria en la que tuve la dicha de permanecer durante mucho tiempo antes de convertirme en Jorge, pues fui un angelito juguetón a quien Dios le dio una bella oportunidad. Aquel angelito que luego se transformó en un ángel de la guarda. Precisamente el ángel de la guarda de Mercedes; aquella noble muchacha a quien siempre miré jugar solitaria y sufrir en silencio, por aquella perpetua soledad suya. Un ser humano excepcional quien a la postre, a petición mía y por obra eterna de Dios, se convirtió en mi madre. Mercedes, la mejor madre del mundo.            Fuera del hospital todo era una extensa algarabía. Mi madre se tiraba al piso llorando, se infringía golpes por doquier, culpándose por lo que me había pasado; gritaba mucha intensidad que se había descuidado conmigo. Mi madre no dejaba de llorar y de golpearse desesperadamente contra todo lo que tuviese a su alcance. Entre mi abuela y mi abuelo, trataron de calmarla, sin éxito. Lloraba de una manera desgarradora mi pobre madre; quien sufría en extremo temiendo mi muerte. Los demás parientes miraban aterrados desde una distancia prudente. El tío Mengue se creía culpable y sentía mucha pena por ello; pero en ese momento prefirió mantenerse junto a sus sobrinos, en la distancia; presto a tender sus manos para lo que fuese necesario. Pensaba en lo terrible que sería si llegase yo a fallecer.           Me trasladaron de inmediato a la Unidad de Cuidados Intensivos. Había presentado un paro cardíaco y respiratorio, del que afortunadamente sobreviví, gracias a la perfecta actuación de aquel equipo maravilloso sanitario. Para que pudiese respirar de manera efectiva, el experto intensivista pediatra que ya me había examinado y acertado con el diagnostico, introdujo por mi boca un delgado tubo que llegaba hasta mis pulmones y se conectaba por el otro extremo, con un aparato que producía unos gemidos muy extraños. Era un respirador artificial, solo así recibía el oxigeno necesario para poder continuar en esa vida que casi perdía; aunque aún faltaba batallar por ella.           Apenas estaba comenzando todo. En la unidad en cuestión, todos se dispusieron a tratar de salvarme la vida. Las personas que allí laboraban, lo hacían con una precisión artística. Era loable la entrega que ellos hacían en cada unas de sus actuaciones. Meticulosa y delicadamente, me colocaron en una cama que había sido arreglada de manera magistral. Comenzó un tropel de inyecciones con las que querían lograr el cometido esperado. Usaban muchas ampollas de un medicamento llamado atropina; las administraban muy frecuentemente. No había respuesta de mi parte, ni la hubo por varios días. Yo miraba todo eso desde el espacio que ocupaba y que era cubierto de una magnífica luz blanca. Espacio muy semejante a aquel, donde permanecí durante muchísimo tiempo como un ángel.             Mi bisabuela Nona me miraba sonriente en la distancia. Podía escuchar desde allí, las oraciones que mi mami y mi abuelita emitían sin cansancio. Era la única forma en que ellas podían ayudarme. Mi abuelito también lloraba callado, pidiendo también a Dios por mí. El aparato para respirar al que estaba yo conectado, sonaba acopladamente delatando con ello que, aunque de manera artificial, mi respiración era la adecuada. Una enfermera de baja estatura, rostro precioso y cuerpo hermoso, miraba los números que se dibujaban en el monitor y hacía las respectivas anotaciones. Detalló que la presión arterial estaba más baja de lo normal y por ende, manipuló la llave de la conexión que se unía con el catéter que había sido colocado tan pronto llegué a la unidad, haciendo ingresar un medicamento con el que pretendía normalizar mi tensión arterial. El catéter que había colocado Esther había sido provisorio. Afortunadamente el fármaco logró su cometido.           La bella enfermera lucía un uniforme color pastel, con muchos dibujos alegóricos a diversos personajes de las tiras cómicas. Eglines era el nombre de ella, siempre la recordaré ya que de alguna manera tanto ella como Esther fueron y serán por toda la eternidad; unas magníficas profesionales y damas íntegras. Dios, mí querido señor todopoderoso tendrá un sitial de honor a su lado para ellas cuando él asi lo requiera. Y asi sucedió, ya que Eglines también falleció lastimosamente poco tiempo después. Pasaban los días y mi estado de salud continuaba estancado. No empeoraba, pero tampoco mejoraba un poquito tan siquiera. Mi familia no se había movido del lugar, más que para lo estrictamente necesario. Mercedes por su parte, no comía, no dormía, no hablaba; era un mutismo inmenso lo que la envolvía. Su mente estaba en blanco, pero solo para el resto del mundo. Ella, en el más profundo de los silencios, rezaba de manera perpetua encomendándome a Dios y ofreciendo su vida a cambio de la mía. Las palabras con las cuales me dirigí a mi madre en esa oportunidad. Aún las siento en lo más profundo de mí. Fueron expresiones llenas de tristeza, pensadas por un pequeño ser que sufría en demasía: “Mami, escucho tus oraciones también. Sé que tienes mucho miedo al igual que yo. Recuerda que tú y yo somos uno solo. Cuando comencé a formarme dentro de ti, e inclusive, desde que era un angelito y te cuidaba desde el cielo, así lo sentí. Siempre supe que nos íbamos a amar eternamente mami. No temas mami, ten fe en Dios. Yo la tengo y estoy seguro de que vamos a salir de esto. No llores mi mami linda, ya no llores. Me ha ubicado nuestro padre celestial en un sitio glorioso, rodeado de una bella luz blanca y de muchas almas piadosas. Ellas me cuidan. Miro detalladamente a un gran grupo de ellas a las que no reconozco. La única que me resulta familiar es la bisabuela Nona, por haberla visto entre unas fotografías que tú contemplabas junto a la tía Panchita. Pero sé que me cuidan y me animan a seguir luchando. Contemplo desde este celestial sitio, cómo mi cuerpo inerte conectado a un gran número de “máquinas”, lucha por aferrarse a la vida y esas maravillosas personas, con un profesionalismo increíble, coadyuvan enormemente para que sea así. Mami, no llores por favor; no llores, te lo pido. Ya no llores que me parte el alma verte llorar. Tú sabes que daría mi vida por no sentir tu llanto mami. ¿Sabes? El alma de una bella dama se acercó tímidamente a mí y me miró con sobrada ternura. Sus ojos color miel son parecidos a los de Aníbal.           Me mira con mucha tristeza. Ella con una bella mirada me expresó que es parte de mi vida. Mami, ella es mi otra bisabuelita. Ella está también en este sitio hermoso, cuidándome como lo están haciendo todas estas almas que se encuentran acá conmigo.  No llores mami, ellas dos me cuidan como tú lo haces allá entre los mortales. Es mi bisabuela Isaira. Su mirada es preciosa mami, ella es preciosa. Es un ángel mami. Ella, de seguro, fue una persona maravillosa. Se denota en su infinita ternura, la cual percibo en sus miradas, que debió haber amado a sus hijos y otros familiares con un amor infinito.           Eso es lo que percibo en sus miradas mami. Es mi bella Isaira, la hermosa viejecita que ya se ganó mi corazón y con quien compartiré algún día, la gloria eterna de Dios para no separarnos jamás. Bendíceme viejita bella. Que brille para ti la luz perpetua mi adorado ángel. Te amaré por toda la eternidad. Siento que ella también me ama mami. Ya no llores Mercedes. Confía mucho en nuestro querido señor Jesucristo. Confía en él mi amor. Ya no llores”.             Una mañana ingresó a la unidad un pequeño grupo de jóvenes, ataviados todos de los ropajes especiales que se usan en ese sitio tan exigente de medidas higiénicas extremas. Eran estudiantes de medicina y el doctor José, a quien cariñosamente le decían “Cheo”, eminente especialista en cuidados intensivos pediátricos; los orientaba en sus enseñanzas. El eximio galeno era uno de los mejores, orgullo de muchos y por mucho tiempo; tanto así, que la unidad en cuestión actualmente lleva su nombre. Dios bendiga a ese médico de gran corazón, nobles sentimientos y extensos conocimientos, que tantas vidas salvó. Él les explicaba detenidamente la causa de mi padecimiento y lo que estaba sucediendo en mi organismo en ese momento. Les explicaba con mucha sapiencia, todo el proceso que implicaba el riguroso tratamiento que me era sabiamente aplicado.           Luego de interrogar de manera meticulosa a mi tío Juan, que fue quien me auxilió en un primer momento, pudieron hacer el diagnostico definitivo. Supe que si no fallecí antes de lograr llegar a las manos de la ciencia, fue precisamente por la acción del tío Mengue. Él, al mirar que se había derramado el contenido del potente y peligroso insecticida sobre mi humanidad, corrió velozmente conmigo a casa. En el trayecto iba despojándome de mi vestimenta, con ello lograba retirar gran parte del veneno que permanecía en ella. Al llegar a casa, me introdujo a la sala de baño de inmediato y me aplicó un baño corporal con mucha agua y jabón. Milagrosamente no morí al instante, gracias a la actuación inmediata de mi adorado tío Juan Bautista.           Desde el sitio que ocupaba yo, podía escuchar las explicaciones que el eminente pediatra les dirigía a sus alumnos. Eran unos enmarañados términos, por demás ininteligibles para quienes no conocen las complejas terminologías que usan los galenos: “Los organofosforados inhiben o fosforilan, la enzima acetilcolinesterasa en forma irreversible. Esta acción implica que la  acetilcolinesterasa es incapaz de hidrolizar a la acetilcolina, por lo que hay un incremento de este neurotransmisor para…”. Los jóvenes estudiantes le escuchaban atentos. No le entendían mucho, pero estaban maravillados por la excelente labia del médico y docente.           Les explicó de igual manera la sintomatología que frecuentemente se presenta, dependiendo del tipo de agente con el que se haya tenido contacto y por que vía, es decir, si fue tragado, vertido sobre el cuerpo o solamente tocado con las manos. Los insecticidas de ese tipo tienen variables concentraciones y por ende, depende de ello, su toxicidad. Supe, asimismo, que con el que yo jugué y dejé caer en mi ropa, aparte de haber probado un poquito; era el del grupo más tóxico y peligroso para la salud.           El monitor indicaba que yo estaba vivo, más, mis movimientos y reflejos estaban ausentes. Mis pupilas aún respondían de manera tosca a la luz aplicada. Una de ellas abría y la otra cerraba, estaban enloquecidas de alguna manera. Ya había pasado casi un mes y mi salud no regresaba. Yo miraba desde aquel bello sitio, cómo ya algunos perdían las esperanzas. Mi mami no, ella recibía mi mensaje esperanzador; lo necesitaba para no derrumbarse. Durante una hora en la mañana y otra por la tarde, Mercedes ingresaba a la unidad, previa colocación del debido vestuario, y ayudaba en mi aseo. Era necesario ese acercamiento, según los entendidos. Mi mami se sentaba a mi lado y era desgarrado su ser por completo, al verme en esas condiciones, por demás sumamente graves.           El solo mirar que respiraba a través de aquel aparato adentrado en mi pequeño organismo, le causaba mucha desesperanza. El sonar constante del monitor continuo, también le resultaba desesperante. Un catéter de látex fue insertado por mi órgano genital, con el fin de lograr mediante él, que expeliera mis orines; líquido que se depositaban en una bolsa transparente que pendía a un lado de mi cama. Mis excrementos salían sin control alguno constantemente. Las lindas damas que ejercían la noble carrera como lo es la enfermería, se encargaban de mantenerme limpiecito. Como terapia alternativa y sin duda alguna muy efectiva, me colocaban un aparatito electrónico desde donde se escuchaba una música hermosa, a un volumen muy suave, para no incomodar a los otros niños enfermos.           De manera inevitable, por tratarse de un área donde constantemente eran tratadas enfermedades infecciosas sumamente graves, contraje una infección severa en mis pulmones. Era frecuente, ya que los agentes productores de esos graves procesos infecciosos, son súper resistentes y permanecen en el sitio por más esfuerzo que se aplique con la intención de erradicarlos. Infecciones nosocomiales, le explicó un galeno a mi mami. Me fue instaurado un tratamiento excesivamente costoso, con la finalidad de revertir la malignidad de esas bacterias. Mi mami ya no tenía dinero y tampoco mis abuelitos, por lo que el tío Mengue se ofreció a correr con aquel enorme gasto. Lo hizo, porque definitivamente, siempre fue un gran hombre, altruista hasta los tuétanos; presto siempre a ayudar al prójimo. Lo hubiese hecho, aunque no se sintiera tan culpable de lo que me estaba sucediendo.           Los médicos y el resto del personal encargados de mi caso, estaban entonces perdiendo las esperanzas. Los exámenes de laboratorio eran desalentadores en extremo, denotaban unas alzas extremas en los glóbulos blancos, específicamente algo denominado serie segmentada. Había que aferrarse a la ciencia y a Dios, le decían todos a mi mami. Era ella la única de mi familia a quien le permitían el acceso, dada mi extrema gravedad. Me daba demasiada tristeza todo lo que estaba sucediendo. Y pensar que todo fue resultado de una de mis grandes e inocentes travesuras.            Ya Mercedes había agotado su gran caudal de lágrimas, estaba “seca” de tanto sufrir. Su peso había descendido dramáticamente. Le pedí perdón al creador. Acepté mi culpa. No se había tratado de un angelito, puesto que ya no lo era; sino simplemente de un niño de tres años, que recién se había iniciado en el proceso de socialización y no hizo más que jugar sin imaginar lo que sucedería. Seguro estaba que mi Dios eterno lo entendería. Por lo pronto, miraba desde mi especial ubicación todo lo que sucedía. Inclusive hasta yo mismo estaba perdiendo las esperanzas de recuperar mi salud y por ende, seguir en una vida que a su vez, iba a continuar colmando de amor, alegría y orgullo a la vida de mi familia; en especial a la de mi madre, que sin mí, de seguro no iba a resistir continuar en ella.            Los resultados denotaban algo más que una severa infección. Estaba presentando, nada más y nada menos, que una falla renal. El hecho de no producir la orina, significaba que los tóxicos que son eliminados a través de ella, se estaban quedando dentro de mí y eso era sumamente delicado. Salía muy poca cantidad de micción y mis piernas estaban monstruosamente hinchadas, eso sí que era alarmante. Por la tarde me instauraron sendas transfusiones de sangre y plasma. Eso ayudaría, según los especialistas, a combatir el proceso infeccioso, aunque el déficit de mi funcionalismo renal contrariamente, dificultaba la eficacia del tratamiento. Los médicos le explicaban a mi mami con un lenguaje sencillo, lo contraproducente que significaba que los riñones no estuviesen funcionando adecuadamente. En verdad que mi vida corría aún más peligro dada aquella penosa situación. Prometieron hacer lo humanamente posible. Yo tenía, al igual que mi mami y el resto de nuestros familiares, la esperanza de que sí pudieran lograrlo. Ya mi mami no sabía qué hacer. Lloraba a cada instante, había dejado todo en manos de Dios. No podía ni había nada más que hacer por mí, dado mi deteriorado estado de salud.   
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