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4941 Palabras
enfriado.           La desagradable sensación ya me había pasado por completo en menos de una semana. Gracias a Dios que fue así, ya que las clases empezarían pronto y no quería que llegara ese momento tan esperado y que por estar enfermo, no lo pudiese disfrutar a plenitud. Pero desafortunadamente unos días antes de iniciar mí primer grado, volví a sentir aquel inmenso malestar general. Esa vez sentí unas inmensas ganas de vomitar todo cuanto tragaba con enorme esfuerzo, ya que mi inapetencia resultó ser muy acentuada. De esa manera regresó a mi mami, el enorme martirio de sentir que yo estaba enfermo. Era, aparte del temor de sentir que la salud óptima no terminaba de arraigarse en mí; el suplicio maldito de no contar con lo básico para poder batallar con los embates de las enfermedades. Y ese suplicio no era otro que el de andar caminos extensos de farmacia en farmacia, tratando de adquirir cualquier fármaco y no encontrarlo en ninguna parte; amén de difícil que era ganarse un dinero con el que se compraban menos cosas cada vez.            El desabastecimiento de medicinas, de comida, de todo; hacía que la vida de los pobladores del otrora país próspero, se hiciera sencillamente un martirio. Cuando por fin se lograba encontrar algún medicamento, este ostentaba un precio tan astronómico, que hacía más tétrico el asunto. Era prácticamente imposible para cualquier persona de clase baja, lo cual representaba la mayor parte de la población total, lograr acceder a algún fármaco por más sencillo que pareciere. En la ocasión del gran malestar con el que desperté aquella mañana aciaga, el médico que me atendió y que diagnosticó sin tocarme o realizarme siquiera algún examen físico, una virosis; me indicó un antipirético común. Pero en ese momento crucial del país, nada era común. Y pasaron mis abuelitos casi todo el día en búsqueda de esa medicina hasta que por fin, sin otra alternativa; lograron comprarla en el mercado n***o.           En aquel comercio tan paralelo como criminal, sí había de todo. En las calles, de manera sorprendente y a un precio exagerado, existía una gran variedad de medicamentos para todas las afecciones; cosa increíble ya que, en cualquier lugar del orbe, se necesita un permiso especial para expender medicamentos. Es bien sabido que el lugar apropiado para adquirir fármacos y otros productos propios del ramo, son las farmacias; pero en ese país nada sorprendía. Todo era realizado de manera inapropiada con los consiguientes resultados aterradores que socavaban la poca tranquilidad de sus pobladores. Hasta insulinas tenían a la venta, y no estaba guardada en ninguna nevera, sino expuestas a la intemperie. ¡Qué locura caray! Ya la población no sabía qué hacer para sentirse vivos y merecedores de lo necesario. Y la malvada gente que eso propiciaba, seguía enquistada al parecer, por los siglos de los siglos.           Mis abuelitos gastaron todo el presupuesto para poder comprar solo un frasco del medicamento recetado. Resultó un reto poder hacer esa compra, ya que ese dinero estaba destinado para la adquisición de algunos de nuestros alimentos, de por sí sumamente costosos. Pero la apremiante necesidad de contrarrestar el malestar y la fiebre provocada por aquella “virosis”, obligó a echar manos de todo el dinero para adquirir el antipirético. Cada vez que mi abuelita me iba a administrar la dosis requerida, miraba el resto que iba quedando en el frasco. No era mucha la cantidad que contenía. Cada vez que me suministraba el medicamento, rezaba para que no se terminara mientras persistieran aún aquellos malvados síntomas y tuviesen que adquirir un nuevo frasco; ya que no tenían dinero para más.           Durante algunos meses se repitieron aquellos episodios febriles. Me llevaban constantemente al hospital y, sin hacerme tan siquiera un examen de sangre sencillo, ya que no contaban con los materiales básicos requeridos para ello, únicamente decían que era una virosis. Los diagnósticos los hacían de acuerdo a los síntomas presentados al momento. Era más sencillo decir que se trataba de una virosis tal vez. Mejoraba por unos días solamente. Quería sentirme del todo bien para acudir a la escuela y jugar con los nuevos amiguitos, que de seguro iba a encontrar en ella. Quería y Dios sabe que era así, ser como cualquier niño; travieso y juguetón. Pero estaba como siempre, enfermo, tirado permanentemente en mi cama, donde ni ganas de mirar algún programa de televisión me daban; mucho menos jugar lo que fuere. Era común en mí, iniciar el día con un lamento a flor de piel. Ya era frecuente que estuviese llorando, sino de un gran dolor en todos los huesos, de un perverso malestar o de cualquier cosa. Nunca me sentía bien del todo. No entendía a mi corta edad, el por qué de aquel suplicio al que me enfrentaba la vida constantemente. ¿Qué mal había ocasionado para justificar tantos sufrimientos?           Cualquier niño, de mi edad o no; en lo único que piensa de manera permanente, es en jugar. Es el juego la actividad predilecta de cualquier niño, aunado también al hecho de querer atiborrase de golosinas como galletas, chocolates y helados. Los niños desean unirse a otros niños, platicar de las inocencias propias de esa etapa de la vida. Los niños no piensan en el mañana, solo en el día a día donde se entregan en cuerpo y alma a la diversión que proviene del hecho de jugar; de divertirse jugando, corriendo, saltando de un sitio a otro y sentarse a reír de todo lo llevado a cabo.           A los niños no le preocupan los problemas que puedan existir; para eso están los adultos, para encargarse de ello. Y eso era lo que yo quería, jugar, que amaneciera ligerito para jugar desde bien temprano. Comenzar la escolaridad para conocer nuevos amigos y jugar con ellos. En cambio en mi cruel realidad solo quería sentirme bien, que no me diera fiebre, que no me llevaran a aquel horrendo sitio para que me pincharan por todos lados. Yo no jugaba más que conmigo mismo, solamente veía transcurrir los pocos años que llevaba de vida, estando enfermo casi que a diario. ¿Por qué?           Estaba muy pequeño aún para exteriorizar esas interrogantes, y de haberlo hecho, no creo que hubiese podido alguien contestarlas. Solamente desde este sitio que actualmente ocupo, siento verdadera consternación al sentir que tuve que enfrentar tantas vicisitudes. No entiendo ni entenderé porque un ser tan frágil, inocente y puro como lo es un niño, tenga que padecer tan grandemente como lo hice yo. Y ese malestar testarudo que estaba comenzando a sentir, era apenas la punta del iceberg de lo que me tocaría sufrir. Apenas se estaba dando inicio a una estela de sufrimientos  no tanto para mí, sino para Mercedes quien deseó siempre que fuese ella y no yo, quien sufriera.           Así se presentaba mi vida. Constantemente era aquejado de algo. No pude, lastimosamente, dar inicio a mi escolaridad, ya que nunca me sentía bien y consideró mi mami que en esas condiciones, no era prudente que fuese yo a la escuela ni a ninguna otra parte. Me llevaban únicamente al hospital con la esperanza de que en él hicieran algo por mí y que de manera definitiva aquellos malestares desaparecieran; pero allí solo me decían lo de siempre, que se trataba de una virosis y que me dieran a tomar antipiréticos.           Ya en casa había una gran cantidad de frascos vacíos por doquier. Mi familia hacía el gran sacrificio de encontrar los recursos donde fuere, para comprar los antipiréticos a los “bachaqueros”; despreciables seres que pululaban por doquier y que se dedicaban a comercializar con lo más sagrado que el ser humano puede tener, la vida. Mejoraba momentáneamente, pero esa recuperación resultaba ser una especie de espejismo. Cierto fin de semana, cuando nos visitó amablemente el primo Mengue; el tío, como también le decía yo, este increpó a mi mamá.           Le reprochó el hecho de no haber acudido a otras instancias, a buscar una opinión especializada que despejara la gran incógnita que significaban aquellos constantes síntomas en mí. Ella, con lágrimas en los ojos y con la mirada clavada prácticamente en el piso, le contestó que sino habían ido a otras instancias como él mismo decía, era por los problemas financieros que estábamos enfrentando, ya que el dinero que ingresaba a nuestra familia, difícilmente alcanzaba para, como decían constantemente casi todos los habitantes de mi país; “medio comer”.            Tal como lo hiciera en otros tiempos, el tío Juan Bautista le ofreció apoyo a mi mami. Ella, muy avergonzada, decidió nuevamente aceptar su ayuda económica. Era muy necesario, tal como lo había dicho nuestro pariente, que se realizaran los estudios pertinentes. El siguiente lunes mi mami me llevó al consultorio de mi pediatra, la doctora Francelina. Ella se molestó con mi mami por no haber continuado asistiendo al control de niños sanos, tomando en cuenta que ella obviaba en mi caso, sus honorarios. Era muy frecuente que las madres, después de que sus hijos cumplían dos años, se olvidaban de continuar llevándolos al control de niños sanos. Ella fue quien hubo atendido mi nacimiento y también me atendió durante las veces que me enfermé de chiquitito. Ya me habían tomado mucho cariño ella, su esposo e hijo.           Habíamos acordado que mensualmente acudiríamos a la consulta para controlar mi crecimiento y desarrollo y ella no exigiría sus honorarios. Mi mami lo hizo los primeros años, pero como ocurre muchas veces, al verme crecer sanito, sencillamente como casi todas las madres; obvió el detalle de mis consultas. En ese momento, luego de ofrecerle las disculpas de rigor, le planteó los meses que llevaba yo sintiendo esos malestares: fiebres, vómitos y otras dolencias que achacaban a las virosis y que pasaban espontáneamente tiempo después, es decir, sin tratamiento alguno. Pero ya eran varias las semanas que mejoraba por unos días al cabo de los cuales, regresaban con más intensidad los síntomas desagradables aquellos. No daba pie con bolas como decían popularmente. Mi calidad de vida era muy delimitada. Todo el grupo familiar se veía afectado por esas constantes calenturas que se presentaban en mí y que ponían nuestra tranquilidad, al filo de la desesperación.           Mi doctora Francelina al verme, se sorprendió por lo grande que yo estaba y, según sus propias palabras; por lo lindo de mis facciones. Antes de proceder a examinarme, detalló mis signos vitales, me pesó y midió mi estatura. Me regaló un caramelo que guardé para luego; ni eso me provocaba en ese momento. Estando acostado en la camilla, procedió a realizar un riguroso examen físico. Lo primero que hizo fue palpar mi cuero cabelludo y muy suavemente, tiraba de mis cabellos para comprobar su normal implante. Me examinó los oídos, la boca, la garganta y luego ambos ojos. Y así fue palpando cada palmo de mi humanidad con mucha dedicación. En el tórax, ayudada por el estetoscopio, examinó mis pulmones y corazón. En ese sitio en particular, permaneció escuchando por varios minutos a la vez que, con el reloj en manos, hacía unas mediciones.            Cuando comenzó a palparme la barriga me dio mucha cosquilla. Tocaba con especial atención. Escuchaba de igual modo con su especial aparato y me hundía prácticamente las manos en busca no sabía de qué. Me dolió un poco debajo de las costillas del lado derecho. A ella le pareció extraño, pero continuó tocándome allí; mientras más me tocaba más me dolía. Concluida la consulta, no determinó diagnostico alguno, alegando que había que realizar una gran gama de estudios y exámenes para, de esa manera, dar un diagnóstico rotundo y por ende; indicar un tratamiento oportuno. Mi mami prometió regresar tan pronto tuviese todos los resultados a la mano.           El problema se suscitó al momento de la realización de aquellos exámenes. En el hospital no los estaban realizando, ya que, como era el pan nuestro de cada día, no había reactivos. En ninguno de los centros públicos asistenciales, no había los reactivos para hacer los más elementales análisis; no existía siquiera para realizar un análisis de orina o de heces que son los más básicos. Era tan grande la crisis, que hasta en los centros de salud privados, también faltaban los recursos necesarios para la atención de los enfermos.           No se estaban produciendo los medicamentos en el país. Las droguerías estaban desiertas. La enorme deuda que tenía el Estado con los grandes laboratorios trasnacionales, repercutía en aquel gran desabastecimiento de la materia prima requerida y por ende, nada existía en los anaqueles; por lo tanto, el consumidor final, el enfermo, estaba condenado a acudir al mercado n***o. Los empresarios del ramo tenían que hacer las importaciones de todo cuanto se requería, con divisas adquiridas en un mercado paralelo a un costo exagerado, puesto que el Estado no les asignaba las divisas preferenciales que era lo más lógico. Todo ello aumentaba considerablemente los costos. Era una verdadera maldición lo que habían hecho con nuestra patria.            Era verdaderamente una osadía enfermarse, al igual que resultaba inmensamente difícil alimentarse adecuadamente. Me sacaron la sangre en el mismo consultorio de mi querida pediatra. Una mujer ataviada de una indumentaria especial para esos casos, a quien solo se le podía mirar los ojos, sin decir palabra alguna; se acercó a la camilla donde yo permanecía tendido aún. Me descubrió el brazo y limpió mi piel con un pedazo de algodón empapado en algo demasiado frío. Me dio dos palmetazos y sin más ni más, incrustó una enorme aguja en mi piel. Aquello me dolió demasiado. Me hizo mucho daño aquella crueldad tan exagerada. Aún no entiendo por qué se le puede provocar tanto dolor a un niño. Mis alaridos debieron escucharse en toda la clínica. Mercedes trató de calmarme, pero no fue hasta pasado un buen rato cuando me fui tranquilizando poco a poco. No imaginaba siquiera en ese instante, que mis sufrimientos apenas empezaban. Que eso era una pequeña muestra de la crueldad que me esperaba por vivir.           Mi abuelito se llevó el frasco con mi sangre para procurar un establecimiento sanitario que me efectuara el análisis requerido. Vagó de sitio en sitio hasta que por fin, en un laboratorio especializado lo estaban efectuando, afortunadamente a un precio módico. Corrimos con suerte, ya que en casi todos los centros, bien fuesen públicos o privados; no existían los insumos necesarios para ello. Se estaban tratando a los pacientes, pudiese decirse, que con los ojos cerrados, ya que no se contaban con los más elementales métodos para diagnósticos. Una hora después estaba listo el resultado del análisis. Nosotros, sin tener otra alternativa, aguardamos en la sala de espera de al pequeño local  mientras mi viejito llegaba con el dichoso resultado. Mientras tanto, mi pediatra atendía a otros niños. Uno de ellos, de escasos meses de vida, lloraba de manera insistente. Le extrajeron sangre al igual que a mí y lo dejaron hospitalizado. Según pude escuchar después, se trató finalmente de una severa infección llamada meningitis o algo así.           Mi viejecito llegó todo azorado con el bendito análisis en sus manos. Se notaba desesperado, ya que la persona que se lo había entregado, le recomendó llevárselo cuanto antes al médico tratante. Eso cundió de pánico a mi abuelo, ya que por algo lo había dicho. Tan pronto como mi querida doctora Francelina se desocupó de aquella emergencia que estuvo tratando en ese momento, nos hizo pasar al consultorio y de inmediato miró aquel resultado que tanto le quitaba la quietud a aquel ser tan bien plantado y fuerte, como lo fue mi abuelo. Mientras escrutaba aquel papel, su rostro se tornó demasiado serio. Me miró y seguidamente miró también mi mami.           El resultado en cuestión reflejaba una severa alteración en mis valores sanguíneos, según le explicó momentos después la especialista a mi madre. Palabras más, palabras menos, le señaló en primer lugar, que la hemoglobina estaba muy baja. Mi bella pediatra le explicó detenidamente a Mercedes que la baja de hemoglobina propiciaba  la presencia de lo que se denomina anemia y esto ocasiona dificultad para respirar, cansancio excesivo y el tono pálido de la piel. Todo eso lo estaba presentando yo, lo que explicaba aquel letargo que había estado padeciendo desde hacía algunos meses.           Aparte de los glóbulos rojos, resultaba que los otros, es decir, los blancos; también estaban en cantidades ínfimas al igual que las plaquetas. Sabiendo que mi madre estaba a punto de recibirse como profesional de enfermería, la Dra. Francelina le explicaba cada uno de los hallazgos. Aquella explicación aterraba cada vez más a mi pobre madre, ya que la disminución en el número de leucocitos, que es como se le denomina científicamente a los glóbulos blancos, aumenta la susceptibilidad de la persona a sufrir infecciones con la consiguiente aparición de episodios febriles. El descenso de plaquetas puede dar lugar a problemas de coagulación, se pueden producir hemorragias que en algunas ocasiones son por las fosas nasales y en otras por las encías; o ambas al mismo tiempo. También se pueden presentar hematomas sin causa aparente, es decir, moretones en muchas partes del cuerpo.           A  mi pediatra no le gustó para nada aquel resultado desalentador. Se pueden presentar en muchas ocasiones alguna disminución de algún componente de la sangre; pero que se presenten descensos de todos los corpúsculos sanguíneos al mismo tiempo, era muy alarmante. Habría que realizar otras pruebas. De inmediato le dijo a mi mami, que era urgente realizar un análisis que nunca podré olvidar, dado el inmensurable sufrimiento que me causó. No fue solo una vez que me fue practicada esa tortura. Realmente perdí la cuenta de las veces que me torturaron de aquella manera tan cruenta.           Se trataba de un odioso estudio denominado aspirado de médula ósea que, aunque es muy necesario, dado que es con el mismo que se puede orientar hacia un diagnóstico definitivo; resultaba ser excesivamente doloroso. La bella doctora le explicó a mi mami a solas, que con el estudio de la médula ósea se podría identificar el tipo de glóbulos anómalos, en caso de existir. La muestra extraída es examinada al microscopio con el fin de poder diagnosticar si se está en presencia de una terrible enfermedad denominada leucemia y, en caso positivo, saber clasificar el subtipo.           Fueron palabras fuertes, pero definitivamente resultaba extremadamente necesario comunicarle a mi mami las sospechas que aquella acuciosa mente tenía. La sapiencia de mi pediatra le indicaba un camino a seguir y ella, aun a sabiendas de las dificultadas que íbamos a tener, ordenó la realización de un gran número de estudios clínicos que eran muy necesarios, para poder establecer lo que en realidad estaba pasando conmigo. No había que correr riesgos y ella no lo iba a hacer. Estaba en peligro mi vida, según sus sabias palabras. Habló por teléfono con alguien. Luego de la conversación que duró unos cuantos minutos, le comunicó a mi mami que una amiga suya, especialista en la materia, me iba a atender después que estuviesen listos aquel grueso números de estudios. Acordamos vernos lo más pronto posible.           Recuerdo hoy en día, cuando los recuerdos de mi pediatra son exaltados la gran benevolencia que la caracterizó y que la ubica entre una de las personas más influyentes en la corta vida que tuve, conjuntamente con su esposo e hijo; aquel grácil e inolvidable momento cuando, antes de que nos retiráramos se acercó delicadamente a mí. Yo aún lloraba, ella apartó con sutileza las lágrimas de mis ojos; acercó su rostro al mío y depositó un cálido beso en mi mejilla. Ella también lloraba. Aquella bella mirada que me hubo dirigido, me entregó un mundo de esperanzas, me otorgó una gran dosis de fuerza; de arrojo, de valentía. Sus brazos se aferraron a mí, y escuché su corazón desbocarse mientras me abrazaba.           Fue ese un sentimiento noble significó algo más de lo que puede llegar a ser una común relación del médico con su paciente. Sentí de esa valerosa dama, su amor a los niños, especialmente su amor hacia mí. No se imaginaba siquiera mi bella doctora Francelina, que aquel abrazo entregaba para mí, la hidalguía que necesité para enfrentar todo el reto que se avecinaba y que con estoicismo, a pesar de mis rabietas debido al dolor de los procederes, acepté ya que comprendí que era necesario que se llevaran a cabo, tanto por mi salud, como por la tranquilidad de mi querida madre y la del resto de mi familia.           Salimos de aquel sitio en medio de un silencio descomunal. Mis abuelitos esperaban que Mercedes exteriorizara todo lo que había entendido de aquel torrencial de palabras expresadas por la especialista. Ella no decía nada, solo miraba en la distancia, como una autómata. En su mano derecha llevaba aún el papel donde había apuntado mi pediatra, aquel gran número de estudios que deberían realizarme. Hoy en día estoy completamente seguro de que en ese momento tan crucial, ella estaba impactada en gran medida.           Por supuesto que en ese instante yo no podía darme cuenta de nada en mi calidad de niño que ostentaba. También me resulta innegable que su enorme fe en Dios le indicó el camino a seguir. De inmediato, rompió aquel silencio descomunal que ya nos hacía tanto daño a todos. Les explicó a sus padres, lo que en buena medida había dicho mi pediatra en cuanto al estudio de mi caso. Sabía, y en eso fue enfática mi doctora, que ella había pensando en ese tipo de enfermedad, ya que había probabilidades de que fuese de esa manera; aunque por otro lado, pudiese que no. Todo lo iban a determinar los análisis.           En aquel punto también pensaba mi mami, en una enfermedad como la leucemia. Le rogaba a Dios continuamente de que fuese descartada aquella terrible enfermedad. Se inició así, aquel periplo descomunal, los sinsabores de enfermarse en las condiciones nefastas en que se encontraba mi país. Mercedes le entregó la solicitud a mi abuelito, a insistencias de él. Quedó sorprendido de la cantidad de análisis, no imaginando el pobre que era apenas ese el inicio de un largo camino. Fueron esos los primeros de una gran lista de estudios, análisis y un sinfín de métodos diagnósticos que tendrían que hacerme para saber qué era lo que definitivamente tenía.           El primer estudio que tendría que realizarse se llamaba “frotis de sangre periférica” y el otro era de nombre “aspirado de médula ósea”. En el aspirado medular solicitaba la especialista, de manera detallada, cómo para que no quedara duda alguna; que había que ahondar en el análisis morfológico, molecular y citogenético de dicha muestra, le había explicado detenidamente a mi madre. Solicitaba de igual manera, una radiografía de tórax inicial. Mi abuelo guardó dicha solicitud en la faltriquera de su camisa y se encerró en su propio mutismo, mientras nos dirigíamos al carro. Mi abuelita me tomó entre sus brazos, ya que mi mami estaba sumamente cansada de cargarme.           Se dejaba sentir en el aire saturado de nuestra casa, aquella enorme impotencia que se sentía. Era bien sabido por todos ellos, y no había necesidad de cruzar palabras para determinarlo; que sería en extremo difícil poder realizar todos aquellos estudios. En primer lugar, los laboratorios clínicos estaban en una inmensa situación de desabastecimiento en cuanto a los insumos necesarios. En la gran mayoría de ellos, por no decir todos,  la totalidad de los materiales que adquirían eran importados por cuenta propia y la adquisición de las divisas para ello, era única y exclusivamente en el mercado n***o; lo que elevaba dramáticamente los costos que tendrían que pagar los pacientes o sus familiares, en mi caso. Y al ser muchos los estudios, aquellos costos se elevaban sustancialmente. Pero la otra dificultad, además de la económica que ya de por sí era sumamente preocupante, significaba que para lograr dar con el sitio en que realizarían los estudios, había que llevar a cabo una peregrinación sin parangón por diversos sitios en busca de algún laboratorio, lo que hacía más macabra la ya tenebrosa situación de aquella patria grande.           Era imposible contar con aquellos recursos económicos en ese momento. No quedó otra alternativa más que esperar hasta que las condiciones estuviesen dadas. Aún así, mi abuelo inició ese mismo día, una verdadera carrera contra todo y de sitio en sitio, preguntaba por la posibilidad de la realización de dichos análisis y en todos le decían lo mismo: “No hay reactivos”; al parecer no se sabían otro guión. Era urgente determinar mi situación, la verdadera causa del deterioro sorpresivo y creciente de mi calidad de vida; al estar de manera perseverante mi salud en franco desmedro. Después de tantos intentos, mi viejo comprobó muy a su pesar que en ninguna de los laboratorios de la localidad, estaban realizando los estudios especiales que se necesitaban con premura. El primo Mengue movió, en una de las grandes ciudades de la región central, una influencia que tenía y acordó con la misma la realización de dichos exámenes.           Cuando le dijo a mi abuelito el costo de solo uno de ellos, el más económico; mi pobre viejecito por poco se desmalló; a él le había pasado lo mismo en su oportunidad. No había otra alternativa más, que buscar afanosamente los recursos necesarios. Era impostergable llevar a cabo mi diagnostico definitivo. Sentí en ese entonces un duro revés, ya que uno de mis bastiones principales de mi vida, se iba a apartar de mi lado y nunca más le volvería a ver tal vez. Mi abuelito, en virtud de toda nuestra tragedia que se acrecentaba por la situación económica del país, tomo una decisión que a todos nos dejó perplejos; decidió mi viejo abandonar el país, como ya lo había hecho un grueso número de coterráneos. Era fuera de nuestras fronteras, el único sitio donde se abrían las posibilidades de superación. Solo lejos de nuestra patria, sentía un gran número de personas que encontrarían las oportunidades que se les eran negadas en suelo patrio. Sin dudarlo, hizo todos los trámites y se marchó presuroso, ya que su meta era trabajar y aportar lo que con suma urgencia se necesitaba para enfrentar aquella situación tan apremiante.           Cuando mi abuelito se despidió de nosotros, se sintió un enorme pesar en cada uno de nuestros corazones. Mi querida abuela lloró como nunca la vi llorar. Jamás ese matrimonio se había separado, salvo unos pocos días en los que él iba a visitar a una sobrina y eso no sucedía desde hacía ya bastante tiempo. Mi abuelita Mervin estaba devastada por la partida de su compañero de tantos años. Mi mami, por su parte, se sintió verdaderamente mal, dado que sentía una enorme impotencia al apreciar que era ella la responsable de la partida de su padre. Aunado a eso, ellos nunca se habían separado. No había sido la mejor de las relaciones de padre e hija; pero se adoraban con todo y sus defectos y eso era lo que contaba. Le tocaba otra dosis de sufrimiento a mi mami.           Por mi parte, desde este sitio resplandeciente en el que me encuentro, dejo para la posteridad un testimonio triste. Cuando supe que ya no iba a ver a diario y a cada instante a mi viejito adorado, a ese señor que me cuidaba en mis noches de miedo junto a mi mami, a ese noble caballero que me hacía soñar con un futuro grandioso; sentí que mi existencia era despojada de un gran baluarte. Sentí que ya perdía una gran parte de mi vida. Sentí que la muerte comenzaba a posarse sigilosamente, para roer mi existencia con su macabra manera de hacer sufrir. No entendía razones en ese momento debido a mi inocencia, pero sentía su enorme ausencia, incluso desde antes de que se hubiese marchado.           Era de imaginarse lo que estaba sintiendo mi adorado viejo, al tener que dejar su patria, su familia, su vida; para tratar de encontrar una oportunidad laboral para que nosotros no nos muriéramos de hambre. Mi mami se estaba preparando para el campo laboral, aun así, de estar ejerciendo algún trabajo; nunca iba a lograr sostener a una familia con un salario paupérrimo como el que usualmente se recibía. Ni con cinco veces el importe de un salario, se podía sostener una sola persona durante una semana. Era por eso que, a pesar del gran dolor que se producía en todos nosotros, no había otra alternativa que desmembrar a la otrora familia unida.                  Rememoro con suma nostalgia, aquel momento en que, siendo yo un travieso ángel celestial, mi creador supremo determinó que pudiese ser algo más. Decidió, a insistencias mías; permitirme ser el ángel de la guarda de Mercedes. Hice ese ruego, en virtud de que sentí honda pena en cuanto a su perpetua soledad. Desde el cielo percibía su pesar y quise acompañarla por lo menos en una dimensión que, aunque ella no me percibía; pudiera cuidarla con extrema atención. Estando más cerca de ese ser al que ya sentía querer, palpé también más de cerca su soledad; una soledad que le secuestraba todas sus sonrisas. Estaba su padre lejano aunque cerca. No había un amigo, siquiera uno imaginario. Por ello, tocado en mis más íntimas emociones, quise llegar aún más cerca de ese ser que parecía marchitarse de tristeza y mi señor me permitió crecer humanamente dentro de ella y así, nací para ser su más grande amor.           Nací para engrandecer una vida, la de mi madre bendita. Con ello, el resto de nuestra familia era colmada de felicidad. De manera recíproca, estaba allí mi madre y el resto de una familia bendita que me ofreció un mundo de ensoñación, donde yo era el centro de sus atenciones. 
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