Una tarde apacible percibí unas voces que algunas veces había oído. Se escuchaban lejanas, pero aún así las podía escuchar. Esas voces se habían quedado en la lontananza de mis recuerdos intrauterinos; pero al oírlas a medida que se acercaban las rememoré, aunque vagamente. Estando ya más cerca de mí logré identificarlas. Eran Amaloa, Isabel, Erika y Ana; las compañeras de trabajo de mi mami quienes nos regalaban una muy sorpresiva y encantadora visita. Ellas, locuaces, protagonistas de alocadas ocurrencias y portadoras de muchos obsequios, esa tarde habían decidido visitarnos brindando con ello; una oportuna compañía. Creo que de no haber sido así, mi madre hubiese sido presa de alguna depresión postparto o algo parecido. Dicen que eso ocurre con mucha frecuencia y la soledad en una situación de tal magnitud, es el principal detonante para que ocurra ese horrible padecimiento.
Pasaron toda una tarde con nosotros. Era muy entretenido escuchar a mi mami desternillarse de la risa tras cada chascarrillo; sobre todo los que Amaloa contaba. Llevaron para mí, muchos regalos. Había entre ellos, unas ropitas bellas de los más variados colores y otros bártulos que en ese instante no identifiqué, ya que fueron guardados de inmediato; tal vez serían para ser usados más adelante. Enseguida me trajearon con una de esas maravillas y por lo que pude escuchar, quedé precioso. Mercedes aún no dominaba el proceso de alimentarme de sus senos. La leche no se terminaba de producir, además me resultaba sumamente difícil succionar el pezón. Eran intensamente grandes y por más que lo hacía, no surgía nada y al no poder aplacar el hambre desesperante, rompía el silencio con un enorme chillido.
Al notar mi desespero congénito, mi mami procedía a alimentarme con fórmula para recién nacidos. La tragaba porque no me quedaba otra alternativa. Amaloa, quien de todas las damas era la de mayor edad y ya tenía descendencia; le hacía muchas sugerencias en cuanto a la correcta manera de colocar los pezones en mi boca. La manera de ubicarme sobre sí para facilitar mi alimentación y también como situarme para que expulsara mis eructos. Amaloa le enseñaba a mi mami a ser una madre. Era toda una ciencia, según nuestra amiga refería. Las otras chicas escuchaban atentas. En un futuro tal vez esas enseñanzas les harían falta. Poco a poco mi mami aprendía y ponía en práctica esas buenas exhortaciones de Amaloa. Y bienvenidas que fueron, sé porque lo digo.
Departieron de lo bueno. Hasta una botella de buen vino descorcharon para la realización de un brindis en mi honor. Decidieron las amigas de mi mami, tomar mis “miados” como siempre se le ha denominado a esa bonita costumbre de hacer un brindis para celebrar un nacimiento. Por supuesto que mi mami no tomó de esa bebida; ella celebró con una merengada de fresa que Ana le preparó. Entre risas todas comentaron: “Mejor, asi rinde más”. Celebraron la ocurrencia con unas sonoras carcajadas que me despertaron y me hicieron rabiar en extremo. De inmediato Mercedes, con unas suaves palmaditas sobre mis pompis, me regresó a mi anterior estado somnoliento.
Brindaron por mí, por mi salud, por el futuro y por la valentía que tuvo mi mami, para enfrentar todo sin mi padre y sin mis abuelitos. La visita agradable se prolongó hasta bien entrada la noche. Se divirtieron muchísimo. A mi mami le hacía mucha falta esa terapia de entretenimiento y vaya que resultó muy solazada. Se prometieron hacer esas visitas con frecuencia. Las amigas de mi mami consideraron que mi atención requería una dedicación exclusiva lo que resultaba estresante hacerlo sin algún.
Por otra parte, sentía que escuchaba más claramente las palabras que Mercedes decía para mí. También llegaban a mis sentidos otros ruidos que aún no concretaba. Me sentía más espabilado y ágil que cuando apenas era un recién nacido. Me aferraba del dedo de mi mami apretando con mis pocas energías. Si tocaban cerca de mi boca, de inmediato comenzaba a succionar el aire. Aparte de mi llanto, en ocasiones incesante, había aprendido a comunicarme con mi mami con unos extraños sonidos guturales que por si solos no decían nada; pero que gracias a nuestra relación colmada de amor lo decían todo.
De esa manera nuestra vida en común como madre e hijo, conjuntamente con todo aquello que nos rodeaba, tal como nuestra familia y las amistades; se iniciaba grandemente. Verdaderamente que fue un gran inicio la interrelación que esas lindas damas mantuvieron con nosotros; sobre todo conmigo que fui prácticamente el epicentro de aquel terremoto de emociones que se suscitó en nuestra residencia aquella noche bendita. Todo fue tan hermoso, tanto, que aquella linda visita se convirtió en el primer recuerdo sentido en este maravilloso sitio que ahora ocupo. Un agradable recuerdo que resultará eterno. Estará en mí por toda la eternidad, la bella escena de mi mami con sus amigas.
“Mami, en este momento te hablo desde la morada de mi padre; te expreso mi admiración y todo mi amor desde el paraíso. Aquellos días que compartimos solitos tú y yo fueron perfectos. Fue decisión de mi señor que me entregaras tu amor de manera incondicional y que recibieras el mío que fue único, que aún sigue siéndolo. Desde la gloria de Dios, como el angelito que nuevamente he llegado a ser, no puedo dejar de sentir orgullo por ti, por la gran mujer que siempre has sido. Nunca me cansaré de dar gracias a Dios por haber nacido de tu bendito vientre.
Fue un verdadero milagro, la obra eterna de nuestro creador, el hecho de haber sido carne de tu carne. En este momento bendito te miro en la distancia y te envío con la brisa; un beso contentivo de mi amor eterno. Gracias mami por existir. No estas dibujada en un retrato madre, no estoy yo vertido en una fotografía. Solo somos tú y yo mamá, somos este gran amor; el amor que sentiremos por toda la eternidad mutuamente. Gracias Dios bendito por haber creado a ese ser tan especial. A una mujer bella por donde quiera que se le mire. Gracias por hacer de mí este ser único, nacido de un amor verdadero como lo fue el de Mercedes, vertido a la vida como una realidad necesitada”.
Ese día en la mañana, mi mami me llevó a la casa de mis abuelitos por primera vez. No habíamos traspasado el umbral de la vivienda cuando mi abuelita, quien salió de una habitación cuya puerta daba a la sala; tras divisarnos, de inmediato gritó nuestros nombres. Aquella alharaca se escuchó por toda la casa y fuera de ella. Mi abuelito corría a nuestro encuentro desviviéndose por ser el primero en tomarme entre sus brazos. En efecto, me tomó cálidamente entre sus brazos y conmigo a cuesta, se sentó en aquel mecedor de suave tejido, donde de inmediato comenzó a jugar conmigo. Resultaba muy gracioso como hablaba conmigo usando unos sonidos guturales que yo no entendía.
Mis abuelitos, muy emocionados, no hallaban que hacer conmigo. Casi se formaba una trifulca, puesto que mi abuelita quería tenerme en sus brazos y mi abuelito también. Decidieron, por la paz mundial, turnarse unos minutos cada uno. Mercedes de inmediato se trasladó a su antigua recamara, la misma aún estaba casi tal cual como la había dejado; exceptuando la cama que había trasladado a su nueva residencia. Ya en ella, se dispuso a aprovechar de dormir un rato en una camita que mi abuela había colocado con esa finalidad precisamente. Sabiéndome en brazos de mis abuelos, quienes también me amaban de manera desmedida, sintió la pobre que podía recuperar el sueño que mis largos berrinches le habían robado.
En ocasión de mi primera visita a esa bella casa, fui vestido con mi mejor gala. Para ello, Mercedes utilizó un vestido que me asentaba muy cómodo. El obsequio en cuestión fue realizado por sus compañeras de trabajo, bajo la coordinación de Amaloa. Días antes de aquel memorable día, mis abuelos habían trasladado a la residencia donde vivíamos y entre llantos y alegrías; la sensatez y la tranquilidad se impusieron ante todo. Fue mi abuelita quien ofreció sus disculpas y admitió que se había equivocado. Se propuso mi mami olvidarlo todo en nombre de la unión familiar. Ellos la secundaron en esa sabia decisión y no se habló más de aquel asunto tan penoso para todos.
Tuvimos que esperar un largo mes para poder salir más allá de las cuatro paredes de nuestra residencia. Mi madre siguió unos pasos heredados desde tiempos antaños. Se trataba de un hecho consuetudinario heredado de generación en generación. A mi abuela se lo había inculcado la bisabuela Nona, a ella su mamá y así. E asunto era que antes del mes de nacido, había que evitar exponer a un niño recién nacido al “sereno”, es decir, a la intemperie; sobre todo en las horas nocturnas. “El niño no debe ser sacado y menos de noche”, era la creencia arraigada desde hacía muchísimo tiempo.
También exigían que quien llegara de visita, no se acercara al muchachito sin antes aguardar que el “sereno” se le saliera del cuerpo. Por ese sagrado motivo, al que todos decían amén quisieran o no, quien fuese que llegara de visita tendría que quedarse veinte minutos aproximadamente en la sala o donde fuere en el interior de la casa, antes de pasar a la recamara para poder acceder a donde yo me encontraba. Ese sería el tiempo suficiente para ser despojado del sereno que estaría supuestamente adherido a su cuerpo y podría ser dañino para mí.
Se trataba de una casa estupenda, destacaba su preciosa manera de colocar cada cosa en su lugar. Había una calma sobrada. El jardín era colosal y poseía muchos arbustos de hermosas flores que despedían unas fragancias delicadas. En el salón resaltaba un juego de muebles de tres piezas; uno de gran tamaño y los otros dos más chicos. Muchos cojines les agregaban a todos ellos un aire de buen gusto. Las cortinas eran fascinantes, de un agradable color pastel. El techo de madera pulida le hacía dar aún más delicadeza a esa casa que, aunque chica; era verdaderamente hermosa.
Inicialmente, la intención había sido pernoctar solamente el fin de semana en la casita de los abuelos. De inmediato, mi presencia se encargó de verter felicidad a aquella casa que se había sentido apesadumbrada y sola, después de haberse marchado Mercedes. Tan pronto hubo realizado los saludos pertinentes, mi mami se retiró a dormir. En verdad desde mi nacimiento, por no haber contado con la ayuda de nadie, mi mami no había podido dormir hasta ese momento; más de dos horas seguidas.
Su vida había cambiado por completo, nunca llegó a pensar lo tan frágil que un bebé podría ser. Al principio, me tomaba entre sus manos con mucha delicadeza y temor; como si yo fuese una delicada pieza de cristal que pudiese romperse al menor movimiento. Tomaba una ducha cortita, no miraba televisión, no leía nada; solo eran sus atenciones para mí y ya estaba a punto del colapso. Afortunadamente la visita a mis abuelos abrió la posibilidad de volver a ser la familia unida que habían sido con anterioridad. Una familia desde ese momento, de cuatro integrantes.
Fueron dos días durante los cuales, mis abuelos disfrutaron mucho de sus años dorados como siempre lo habían soñado. Él, jubilado de la industria petrolera y ella, también jubilada de su cargo de educadora. Ambos transcurrían todos los santos días enclaustrados en su recámara haciendo nada. Ya ni la televisión los entretenía. Era una existencia gris. Poco se hablaban entre ellos y ya la rutina del día a día era tal, que parecían robots en lugar de seres humanos. Les hacía mucha falta Mercedes, su adorada hija, habían sido demasiado estrictos con ella.
Como hija única, hubo resultado arropada inapropiadamente por una sobreprotección bárbara. Tal vez había sido esa la causa de lo tajante que llegó a ser mi abuela, en cuanto a su relación con mi padre. Bueno, en ese momento lo importante era que estábamos juntitos como la verdadera familia que éramos y eso me hacía completamente feliz. Los días junto a mi mami continuaron siendo muy apacibles. Mercedes constantemente me demostraba su gran amor en cada uno de sus actos. Aunque ella nunca se percató en ese momento, yo se lo demostraba también a mi manera muy particular.
Existió algo que le preocupó mucho a mi mami. A los dos meses y medio de haber nacido, aproximadamente a los pocos minutos luego de tomar mi alimento; regresaba parte del mismo. Era como una “buchada”, decía mi mami. Resultaba demasiado desagradable eso. Lo que salía de mí era muy ácido y me molestaba en extremo; no podía evitarlo. Luego de que pasara aquella tan desagradable especie de arcada, no hacía más que llorar con insistencia. Mi abuelita le decía a mi mami que era porque no expelía adecuadamente los gases. Pero hicieran lo que fuere, seguía ese trastorno martirizándome. Fue entonces, luego de tres días de estar presentando aquella pesadilla, cuando fui llevado al consultorio de la doctora Francelina; quien a petición de Mercedes, se encargaba de vigilar mi desarrollo y crecimiento. Ella, luego de un riguroso examen a mi cuerpecito, determinó que lo que yo estaba padeciendo no era más que un pequeño reflujo que desaparecería con una medicina que se dispuso a recetar en ese momento. Y así fue, santo remedio. Mi bella doctora Francelina, cuanto la amé.
Los días siguientes, dado a que mi mami aún disfrutaba del fuero materno reglamentario, transcurrieron plácidamente entre nuestra residencia y la casa de mis abuelitos. Atrás habían quedado los plañideros momentos del ayer. El presente era halagador, lo saboreábamos estupendo, debido a lo colmado que era del principal ingrediente; el amor. Siempre se decía y se seguirá diciendo, que el amor lo puede todo y no es una falsedad; lo certifico categóricamente. En ese entonces contaba con algo más de dos meses de nacido.
Estaba pesando un poco más de cinco kilos y medía cincuenta y tres centímetros. Dios mío, que grande estaba. Mi mami me alimentaba muy bien y me sentía sano y fuerte. Cuando me despertaba, levantaba sin dificultad mi cabeza y miraba en todas direcciones buscándola. Si no lograba divisarla, desataba una gran alharaca hasta que ella aparecía y me tomaba entre sus brazos; solo así lograba calmarme. Dependía absolutamente de aquella bella dama. La necesitaba para todo, pero por sobre todas las cosas, para alimentarme y para comenzar a descubrir el mundo que me rodeaba.
“Mami, aquella mañana desperté muy confundido. Estaba todo a oscuras. Sentí mucho frío, porque la manta que cubría mi cuerpo, de tanto moverme tal vez; se hizo a un lado. Levanté mi cabeza tratando de mirar en derredor y no había más que oscuridad. Me dio mucho miedo. Quise tranquilizarme, pero ni tu aroma, ni tu calidez y mucho menos tu presencia, llegaban a mis sentidos. Me quedó el mundo demasiado grande y no supe otra cosa que hacer; más que llamarte a gritos. Sabía que lo único que se escuchaba era un enorme berrinche, pero ¿que otra cosa se podría escuchar? Afortunadamente llegaste muy pronto. Regresó la calma de inmediato, porque me sentí tan seguro sintiéndote presente en cada instante de mi vida. Mami, cuando me colocabas en tu corpiño, cuando me arrullabas tiernamente y me amamantabas; escuchaba el bello latido de tu corazón, sentía la armonía de tus movimientos al respirar e inhalaba la exquisita fragancia que manaba de tu cuerpo. Fue todo lo sagrado que percibí de ti, lo que me hizo sentir muy seguro”.
Descubrí, cuando ya tenía tres meses, que podía mover mis manos. Las abría y las miraba tratando de descubrir lo que podría hacer con ellas. Descubrí que podía aferrarme a algo que estuviese enteramente a mi alcance. Podía agarrar objetos de manera burda y soltarlos a mi entero antojo. Incluso, podía llevar a mi boca ese algo que agarrara. Era por eso que Mercedes siempre estaba alerta, pendiente de que eso no sucediera; de lo contrario, pudo haber ocurrido algún grave y lamentable accidente. Descubrí que ya no solo contaba con mi llanto para llamar la atención por todo, podía emitir unos sonidos guturales y unos gorjeos extraños que sólo mi mami, nadie se explicaba el por qué y cómo; entendía.
Podía sonreír, se sentía muy bonito hacerlo, lo hacía cuando alguien me acariciaba; sobre todo si ese alguien era mi mami. También sonreía cuando recibía algún estímulo que llegara tácito a mi vista; asimismo, sonreía cuando escuchaba algo que era agradable. La bella pediatra, mi doctora Francelina, le explicaba a Mercedes que según los entendidos en la materia, tal como lo era ella; a eso se denominaba respuesta facial social. Igualmente podía fijar mi mirada, seguía rápidamente a alguien que pasara o se moviera cerca de mí; a algún objeto que se moviera junto a mí. También lo hacía, para descubrir el origen de algún sonido, fuese agradable o no. Lo miraba todo con una atención que hasta a mí me extrañaba.
Era muy importante que mi familia estuviese pendiente de mi desarrollo. Mi doctora Francelina, muy acertadamente, llevaba el control de dicho desarrollo en el control de niño sano al que mi mami me llevaba paulatinamente, según la fecha que fijara. Era muy importante, ya que se podría detectar si algo estaba mal. En las innumerables lecturas que Mercedes había llevado a cabo, además de la educación impartida por mi doctora, comprendió la existencia de muchos factores que pudieron haber repercutido en mi normal desarrollo.
Por parte de mi padre, poco o nada se supo de sus antecedentes familiares. Si hubo el elemento genético de alguna enfermedad hereditaria o no, nunca se supo; ningún estudio de llevó a cabo para determinar ese punto que bien pudo ser determinante en lo que ocurrió conmigo. Por parte de de la familia materna, todos eran sanos. Los otros factores fueron el ambiente donde me desarrollé. Constantemente mi madre procuró una rigurosa limpieza, eso era indiscutible decían mi mami y mi abuelita. Esta última se enojaba mucho cuando mi abuelito arrojaba basura donde más le provocaba, o no se lavaba las manos para agarrarme; peleaban a cada momento por ese motivo. Mercedes les decía que no era prudente pelear en mi presencia; en este momento pienso que no debieron haberlo hecho nunca. Como todos estaban felices y contentos, yo también lo estaba; de esa forma sentía que crecía sanito, como hasta entonces lo hacía.
Resulta lógico pensar que si todo lo que me rodeó fue agradable, si fue un sitio limpio, si las personas a mí alrededor se comportaron de manera cónsona, apropiada; no hubo ningún tipo de problema para desarrollarme adecuadamente. Me alimentaron convenientemente, todo lo que necesité lo recibí de manera constante; fue por ello que en un principio fui un niño sano. Todo niño debe ser tratado de idéntica forma. Si de algo estoy orgulloso, fue de la manera como fui consentido por mi bella familia. Lo que me ocurrió después fue, por desgracias, una macabra jugarreta de la vida.
Cierta noche, teniendo seis meses de edad, me despertó un exagerado malestar. Estaba demasiado caliente y un intenso frío me arropaba. Caramba, en estos sagrados predios donde me encuentro, revivo aquel trágico momento y me embarga una profunda nostalgia; al recordar lo tensa y nerviosa que se puso mi mami, cuando se percató de lo que me estaba pasando. Me despertó, ahora lo recuerdo más nítidamente, una tos suprema; sentí que me estaba asfixiando. El aire me faltaba, era una sensación excesivamente desagradable. Tenía que esforzarme muchísimo para poder inspirar el aire. Me desesperaba por lograrlo. Fue horrible aquella sensación que se iba acentuando a medida que pasaba el tiempo. La tos era demasiado persistente; sus ataques resultaban muy seguidos. Entre cada ataque, mi respiración se volvía cada vez mas dificultosa.
Jamás olvidaré aquel horrible momento. Mi mami me tomaba entre sus brazos y de inmediato, presa de los nervios, me colocaba sobre la cama de nuevamente. La pobre de tan nerviosa que resultó no podía actuar debidamente, con calma; contrario a eso, caminaba en todas direcciones como una autómata; como quien actúa sin razonar, atrapado en los brazos de una confusión sin parangón. En un asomo de raciocinio, decidió llamar a mis abuelos, lo hizo; pero el teléfono repicó insistentemente y no obtuvo respuesta alguna. Recordó que, desafortunadamente, el cableado del servicio telefónico había sido sustraído por los delincuentes. Situación que se presentaba en nuestro país en aquel entonces en muchos Estados, por no decir en todos; según vociferaban en los noticieros que mi abuelito escuchaba a diario. Llamó a su vecino y tampoco fue atendida la llamada. Su temor se acrecentaba a medida que transcurría el tiempo y más aún, cuando se presentaba aquella tos perseverante.
La situación se había tornado alarmante, ya que en una de esas crisis de tos; se colmó tanto mi boca como mis fosas nasales, de una mucosidad que obstaculizaba aún más mi respiración. Mi rostro enrojeció a tal extremo, que parecía que iba a estallar. Mi mami estuvo a punto del colapso, pero nuevamente algo despertó dentro de su raciocinio. Me cubrió con una manta y, cogiendo el bolso que tenía preparado por si alguna emergencia se presentaba, salió en veloz carrera a la calle a ver como hacía para llevarme a algún sitio para que me atendieran manos especializadas. Caminó sin rumbo fijo, como enloquecida, llorando como nunca hubo llorado.
Un instante de alivio se presentó, el ataque de tos que me estaba agotando ya, había cedido momentáneamente. Mi mami en ese momento mantuvo una idea espeluznante martirizándole la razón; pensó que podía morir en cualquier momento. Aquella severa crisis respiratoria era algo totalmente desconocido para ella. Tras aquella leve mejoría, pude dormir un poco. Siguiendo su instinto, Mercedes estando un poco calmada, en un sitio iluminado; limpió el caudal de moco que obstruía mis vías respiratorias y, desesperada, “chupó” el que había en el interior de mi nariz y garganta, lo que me permitió respirar con menor dificultad. La tos que me había robado la calma, se hubo marchado por lo menos por un instante. Prosiguió el camino, al poco rato visualizó a un señor entrado en años, quien pernoctaba en un vehículo con aviso de taxi y le solicitó el servicio; afortunadamente en aquel pequeño bolso de “emergencia” había algo más que trapos. En minutos, estuvimos frente a la emergencia del Hospital.
Mercedes miró su reloj, eran las tres de la madrugada, hacía mucho frío. Solicitó a la persona que resguardaba la puerta de entrada, que le permitiera el acceso pronto; ya que sentía que yo estaba demasiado enfermo y necesitaba que me atendieran prioritariamente. El joven en cuestión se enalteció de tal manera, que gritó endemoniadamente a mi mami, alegando que todos tenían que esperar. Ya a esa hora de la madrugada, y tras varias horas con aquel severo cuadro respiratorio que solo mejoraba por momentos; ella sintió que no podía más, se sintió vencida.
Por ello se sentó en el duro suelo, y comenzó a llorar amargamente su desespero. Las personas que allí se encontraban, sin duda alguna, por estar viviendo alguna problemática semejante o hasta peor; no se inmutaron ante aquel triste suceso. Casualmente, en el momento cuando el grosero elemento le gritaba los improperios inauditos a mi mami, un señor de mediana edad, ataviado de blancos ropajes en su totalidad; salió del recinto a despedir a una madre ya atendida y a su pequeño hijo. Al percatarse dicho caballero de la situación, miró al vigilante de soslayo. El hombre observado, sabiendo lo que significaba esa mirada, bajó la suya de inmediato.