A pesar de estar un poco en shock por lo que había oído, por lo que había dicho y por lo que veía, no pude negarme a aceptar.
Todo a mi alrededor parecía no existir por la fija mirada que me dedicaba mi prometido impostado.
Aquello era un sin sentido al que había que darle sentido, valga la redundancia pero; lo haríamos en otro momento porque en ese momento yo necesitaba espacio.
Retiré mi mano de entre la suya, un poco brusca debo decir, y salí de allí dando un portazo.
Sentí que me seguía alguien, no quería ni saber quién.
No tiré la puerta al salir, que era mi intención pero no miré atrás tampoco, simplemente me fuí de allí y no me detuve hasta mi bungalow. Atravesé los jardines casi corriendo y sintiendo como mis pies se esforzaban en aguantar mi ritmo hasta que llegué a mi casa.
Pero justo cuando estaba entrando, ya tenía la mano en el picaporte, sentí que tiraron de mi brazo y me detuvieron en la entrada.
— ¿Te has vuelto loca? — mi primo Coleen era quién me había seguido y estaba más que molesto. Se le veía desde lejos. Y más, teniéndolo tan cerca. Sus ojos inyectados en sangre, casi asustaban y le podía ver resoplando molesto.
Me solté de su agarre y me giré para abrir la puerta, me detuve del otro lado, dándole acceso a mi bungalow.
— Entra y siéntate — le dije y entró.
Cerré la puerta y le hice una seña para que se callara, pues él iba a empezar a hablar ya y yo necesitaba un trago. Me obedeció y nos fuimos directo a mi bar.
Me preparaba un martini mientras él exigía un ron cola.
Estaba sentado en el otro lado de la barra, esperando su bebida que yo preparaba con destreza.
Le ofrecí el trago. Me bebí el primer sorbo del mío y dando la vuelta, metiéndome entre sus piernas, que colgaban abiertas sobre la banqueta, dejé mi trago en la barra que diseñaba mi bar y le dije con gesto inquisitivo...
— ¿Que se supone que puedo hacer? — puse mis manos en sus muslos, él levantó las cejas y se apoyó con sus manos en mi cintura y nos retamos con la mirada — no me mires así, sabes que nunca dejaría de obedecer un orden del abuelo y por raro que parezca, ese hombre no va a adueñarse de la fortuna de toda mi familia y la tuya, si en mis manos está el evitarlo.
Le había dicho aquello, tratando de que entendiera mi punto y a su vez, tratando de entenderlo yo misma. Es que era muy surrealista todo.
— Lo sé Sammy, ¿Pero sabes lo que significa un matrimonio, casarte, por cuánto tiempo, bajo que reglas, con qué finalidad? Es que puedo seguir mencionando interrogantes con pocas respuestas cariño, esto no lo veo y a ese tío, terminaré matándolo si te lastima. No sabes ni quién es, cómo es, que demonios puede arrastrar por su vida y en menos de veinticuatro horas, serás su mujer cariño... Es una locura y lo sabes.
Si es verdad que lo sabía. Todas esas preguntas me las había estado haciendo en mi camino hacia acá; pero había pocas respuestas.
Apoyé mi frente en su pecho. Tenía tanta razón que asustaba. Me besó la coronilla y una voz, rompió el momento íntimo que compartíamos.
— Si no te importa, quiero hablar con mi mujer.
Los dos enderezamos nuestras posturas y observamos al intruso.
Aquel hombre, con las manos en los bolsillos y con porte elegante, pero amenazante, nos miraba como enojado.
— No es tu mujer y te aseguro que si de mí depende, nunca lo será — mi primo se levantó y lo encaró.
Tuve que ponerme en medio de aquellos dos hombres que parecían querer comerse con las miradas.
— Ni depende de tí — dijo mi futuro esposo — ni tu opinión cuenta. Ella es mí mujer, mañana firmará un papel que lo confirme, pero desde ya — la arrogancia de aquel hombre me estaba sacando de quicio — es mía y de nadie más. Completamente mía y si no sabes gestionar eso, deberías ir ensayando porque así será de ahora en mucho más.
Casi tuve que correr por delante de mi primo para que no se enfrentaran a los golpes, los dos.
Se había parado de la banqueta dejándome a un lado y ya iba directo hacia el rubio. Lo tomé del brazo y me puse con apuro delante de su cuerpo, que me obligó a presionar con violencia su pecho y empujarlo un poco hacia atrás. Derrapé un poco en el suelo de mármol n***o de mi casa.
La fuerza que hacía, para detener a Coleen, era muy grande. Y el otro troglodita, hacía gestos de superioridad, que me estaban pidiendo a gritos, que le diera un patada en el culo y lo sacara de allí. Pero el maldito destino de mi familia y mi abuelo con su locura, me lo impedían.
— Tranquilo nene, todo va a estar bien, hablaré con él y nos vemos en un rato, vamos a la playa ¿Vale? — sabía que decirle nene, sería un calmante. Le sostuve el rostro y conseguí que me mirara a mí.
Desde siempre tuvimos un cariño especial juntos y él adoraba que lo llamara nene. Yo me rehusaba y él peleaba conmigo, por eso sabía que esa palabra ahora mismo, lo calmaría.
— No voy a dejarte sola con él Sammy — mi primo tomó mi rostro entre sus manos y besó mi nariz.
Le hice un ademán de asentimiento queriendo decirle que todo estaría bien, que sabría manejarlo y que no quedaba más remedio que hacerlo. Sin embargo nuevamente el intruso se involucró en mis planes.
— Estará sola conmigo y en mi cama durante muchas horas en las que te aseguro que tú no estarás.
Aquel hombre no me lo ponía fácil y ya me estaba mosqueando.
— ¿Quieres callarte de una vez? — le exigí, luchando con Coleen, poniendo gesto molesto y empujano a mi primo hacia la puerta, sacándolo de mi casa, bajo la mirada molesta de mi prometido.
Maldito destino.
— No quiero pero puedo hacerlo, aquí te espero — contestó sentándose en mi sofá, dejando caer su cuerpo con confianza y colocando las manos extendidas atrevidamente sobre el respaldo del mismo. Cruzó los pies a la altura de sus tobillos y se sonrió sardónico.
Cuando por fin logré sacar a mi primo, Bianca vino en mi ayuda.
Ella nos había visto desde la callesita que comunicaba las casas. Evidentemente iba a la suya y se nos acercó.
— Samantha, es una mala idea. No quiero que estés sola con él. No me fío — dijo repetitivamente mi primo.
Bia que ya estaba a su lado, empezó a tirar de su brazo pero Coolen no cedía. Su pelo castaño estaba húmedo de sudor y sus ojos grises se veían furiosos.
— No tengo más opción Coleen, piensa que es desición del abuelo. El no me pondría en peligro. Tengo que saber qué lo motivó a hacer algo así y hasta dónde, estaré empeñando mi vida. No tengo opción. Estaré con este hombre más de una vez a solas y eso, no puedo evitarlo. Confía en mí. Hablamos luego.
Le hice una seña a Bia y ella se llevó a nuestro primo, dejando ver por detrás de ambos, como una gran parte de la familia, se sentaba en el jardín del bungalow del abuelo, supongo que a analizar la novedosa situación.
Desde mi casa se veían todos muy calmados y conciliadores. Claro, era muy cómodo para ellos. La situación compleja la tenía yo y eso, que todavía no sabía bien de que iría todo aquello.
Respiré hondo, me calmé un poco y alisando la falda de mi vestido, entré a mi casa, siendo recibida por la arrogancia hecha hombre.
— No quiero que vuelvas a hablar así de mí, no soy tuya, ni tu mío ni nada por el estilo, así que marquemos las distancias desde el principio o esto no va a salir bien — fue lo primero que escupí nada más volver a verlo y al tiempo que cerraba la puerta.
— ¿En serio te parece que algo tan banal como eso, frente a todo lo que tenemos por delante, es lo más importante para empezar? — era irritante a la par que sensual su voz.
Cinco malditos minutos en mi vida y ya me la estaba haciendo de cuadritos.
Decidí ignorar su pregunta.
— ¿Por qué aceptas algo como esto? — sinceramente, no entendía como podía casarse, así, de la nada, con alguien a quien no ama. Ni conoce ni nada de nada.
Sin embargo su respuesta fue tan sincera que me dejó estupefacta.
— Soy el heredero universal de una fortuna billonaria, me caso con una mujer bellísima,joven e inteligente, viviré en un chalet de la hostia, tendré muchísimo poder, ostentaré un apellido de élite, siendo yo, el principal portador del mismo y encima, todos me harán la pelota por tener mi apoyo y un poco de mi dinero ... La pregunta correcta es,¿Por qué no lo haría?
Mencionó todo aquello con obviedad. Incluso su lenguaje corporal gritaba a todo pulmón lo evidente de su razón y lo absurda si se quiere, de mi pregunta.
La verdad tenía su punto , pero no me dejaría convencer así como así.
Me senté frente a él, cruzando mis piernas sin que pudiese despegar su mirada de ellas haciéndome sentir sexy y con cierto poder femenino en ese sentido y le dije, inclinándome hacia el...
— Eso no me convence. Falta mucho más en tus intereses que no me has dicho — no podía rendirme tan fácilmente. Quería mucho más de su notoria sinceridad.
— Ni tengo porque hacerlo — y ahí volvía a estar su conducta práctica y verdadera.
— ¿Estaremos todo el tiempo así, desconfiando el uno del otro? — pregunté irritada.
También era una pregunta lógica, pues sería bastante tiempo el que pasaríamos juntos como para encima tener que lidiar con una permanente desconfianza.
Sintiéndome agotada en el poco tiempo que llevábamos discutiendo las primeras pautas de nuestro futuro en común, decidí concedernos unos minutos de silencio.
Fuí a por mí trago y el vino detrás de mí, con una confianza admirable la verdad. Era un tío muy suelto.
— Probablemente — repitió, sirviéndose un vodka seco, pasando por encima de mí, obligandome a darle cierto espacio de movimientos para alcanzar la botella y posteriormente lo observé por unos segundos beber un trago — tenemos que hablar de otras cosas, como por ejemplo — bebió otro poco y dijo — de sexo. ¿Cuántas veces al día te gustaría que te follara?
Casi derramo mi trago. Estaba justo sirviéndomelo cuando soltó aquella frescura. Lo miré con la boca abierta, porque no podía creer lo que había dicho. Ya que fuera demasiado intenso, podía entenderlo. Tampoco es que tuviéramos toda la vida por delante, dada la situación apremiante en la que estábamos.
Pero que su pregunta, de tantas que podíamos reunir, fuera aquella, me parecía flipante la verdad.
— ¿No estarás hablando en serio? — le dije cuando salí de mi estado de estupefacción y conseguí proyectar mi voz.
— Suelo ser una persona seria — dió la vuelta por el bar y se detuvo frente a mí desde el otro lado, recostó su cadera contra la barra, cruzó sus brazos, miró mis ojos bajando un poco su cuerpo a mi altura y me dijo, como si yo fuera una idiota que no sabía procesar información clasificada, por decirlo de alguna manera — dime Samantha,¿Cuántas veces al día querrás que te folle?
Yo es que lo miraba, y no me lo podía creer. Seguía pensando que su pregunta era algún tipo de broma negra que no pasaría a mayor interés que el de molestarme.
¿En serio había preguntado lo que creo que había preguntado?
— Tú ninguna — le dije escueta como tirando a mierda lo que se veía, quería demostrar. No podía dejar que notara lo mucho que me había afectado su pregunta.
En el fondo era una buena pregunta, pues éramos jóvenes y era un hecho que necesitaríamos una vida s****l, pero su manera de gestionar la pregunta era el verdadero problema y la razón de mi conducta asombrada.
— Ohh muñeca — me hizo gracia el mote, pero me molestó su sonrisita presuntuosa — me encantará restregartelo cuando cambies de opinión — me puse sería y cuadré los hombros para poner peso a la futura conversación, pero mi postura hizo que mis pechos se levantaran y salieran hacia adelante, atrayendo su mirada y dijo con sorna — o restregartelo, básicamente.
— Mira basta ya — puse un tono más imperativo y duro, el arqueó una ceja y yo traté bde controlar una rosa nerviosa, cosa que conseguí — quiero que me digas que pretendes casándote conmigo, además del dinero claramente y ni se te ocurra hablar de sexo porque no pasará.
Él, con elegancia y refinamiento, cambió su postura y se encaminó conmigo detrás hacia la sala nuevamente. Tomamos los anteriores puestos y bebió nuevamente antes de dejar el vaso sobre la mesita de centro, se apoyó en sus rodillas con sus codos y entrelazando los dedos me dijo, mirándome fijamente...
— Seré breve — apuntó con sagacidad — no te quiero con ningún otro que no sea yo — ambos nos mirábamos intensamente, demasiado diría yo,como con ganas de matarnos — no me interesa nada de tu familia, nada de tu dinero, no me interesas ni tú, pero no soy ningún imbécil que de cara al mundo es un cornudo. Así que en tu vida, el único hombre soy yo y ningún otro.¿Me he expresado con claridad?...
Sentía y sabía desde ese instante, que nuestro matrimonio sería duro, porque este tipo tenía más misterios que yo bragas en mi gaveta.
Su chulería para hablar conmigo batallaba bastante con su postura de macho dominante y eso a mí, me ponía de los nervios... Pero en el sentido de cabreo.
Ni antes, ni ahora ni más adelante, permito que nadie me diga lo que puedo o no hacer más allá del abuelo que ya no está y él, solo me dió las mejores opciones ante la vida y es por eso y casi que solo por eso, que me voy a casar mañana con este hombre tan visiblemente cretino, que tengo justo delante.
Me acomodé sobre el mueble, sin perder su atención en cada gesto que hacía y le rebatí...
— Ya que tienes todo tan bien pensado, asumo — le hice un gesto de obviedad — que habrás analizado el simple pero importante hecho, de que somos dos adultos, sexualmente activos y que en algunos momentos necesitaremos intimar, no precisamente entre nosotros debo aclarar — me miró activando las comisuras de sus labios en una media sonrisa. Le gustaba este tema al idiota.
Un orgasmo. Eso era el placer que me estaba produciendo verlo perdido en mi argumento.
— ¿Te refieres a qué haremos cuando querramos echar un polvo? — preguntó él muy cansino siendo grosero y negué para él que levantó lo hombros como diciendo... ¿Qué?
— No hace falta que seas soez — le regañé y pestañó rápido — pero sí, eso básicamente pregunto.
— Iremos juntos a un sitio a pasar la noche con gente de muchos gustos y seguro encontraremos con quién divertirnos algunas veces y sin peligro de exposición, pues allí firmamos contratos de confidencialidad antes de entrar — ahora sí la íbamos a liar. Sabía por dónde venía y estaba a nada de darle un trompón.
Me incliné hacia adelante y dejé que viera mi escote porque mi pregunta importaba muchísimo más.
— ¡¿Me estás proponiendo ir a un club de sexo?! — me terminé parando frente a él, completamente insultada y el tío seguía sentado en su misma postura haciendo gestialidad de queja por el alto tono de mi voz.
— Yo no te estoy proponiendo nada. Ni matrimonio ni ninguna otra cosa. Yo solo te digo como haremos las cosas y ofrezco soluciones — se levantó también y poniéndose delante de mí dijo — que tú te escandalices por todo y seas incapaz de razonar con frialdad y objetividad, no es mi culpa. Tenemos un asunto en común y una vida conyugal por delante en la que tú te has negado a qué te dé placer y solo quieres consumir, los problemas cotidianos, pues yo te doy la solución a cada cosa que propones. Si tú escoges otros caminos, por favor no me hagas responsable después.
Estábamos muy cerca. Casi gritandonos a la cara y era el primer día de los dos para todo. El primer día de conocernos, el primero de hablar, de nuestra vida en común y el primero de discutir. Así como el de muchas otras cosas.
— No seas demagogo, que detesto eso — le espeté furiosa y tratando de controlar mis ganas de abofetearlo. Pero no evité señalarlo como un dedo.
— No es demagogia, es simplemente que estoy matizando para tí — jugó con un mechón de mi pelo y se lo quité de las manos viendo como hablaba mirando mis labios con deseo — que eres... — se quedó callado por un momento y nos miramos a los ojos, como esperando a que el otro cerrara el tema — eres demasiado bella. Si soy sincero. Es demasiado.
Y diciendo esto, que evidentemente no era algo que le daba gusto compartir conmigo ni era tampoco algo que había planeado decir, salió de la casa como mismo entró, sin hacer sonido alguno, ni dejar claro a qué había venido en realidad.
Ni dos segundos después de haberse ido, entró Bianca y me dijo, abriendo los ojos mientras miraba mi postura lela...
— ¿Que pasó? ¿Que dijo?...
— Ay Bia — me senté en la esquina de mi sofá, respirando algo agotada pero respondí — ese hombre, será una batalla constante.
Y ni siquiera pude decir nada más, cuando ya estaba volviendo a entrar con dos maletas enormes y, saludando con confianza a mi prima, subió por las escaleras de mi casa, como si yo no tuviera voz ni voto y me quedé, mirando con los labios mordidos por mis dientes a mi prima, que permanecía impávida.
Menudo marido me había escogido el abuelo.
Tal y como le había prometido a mi primo, me había largado a la playa pues el intruso en mi casa me superaba y ahora mismo no quería pasar más tiempo del que ya habíamos compartido juntos.
Necesitaba mi espacio para volver a ser persona y valorar las acciones a futuro.
Iba en el coche, junto a Coolen que conducía rumbo a la playa.
La música a tope y aún así, no podía dejar de pensar en mi prometido. Aarón Stanley.
¿Cómo llega de la nada alguien a tu vida y se reparte por cada pedasito de ella sin previo aviso?
— Hemos llegado — gritaba mi primo, sacándome de mi limbo. Ni siquiera supe cómo pasó tan rápido el camino. Sí que estaba ensimismada en mis pensamientos, diría yo.
Vivir en California tenía la ventaja de poder llegar a la playa en poco tiempo y disfrutar de un clima espectacular. Incluso ahora, que no era del todo verano.
— Venga nena — me decía Coolen — deja de darle vueltas a todo y hagamos como que nada ha pasado y estamos como hace un año cuando estuvimos aquí y nadamos juntos.
Coolen era el típico castaño, ojos verdes, pelo espeso y cuerpo de dios que no entendía porqué seguía soltero. Era de un carácter divertido, aunque bastante posesivo conmigo debo decir, y muy alto... Tanto que a veces no llegaba a su altura ni en tacones.
— No quiero que te acuestes con ese hombre Sammy — decía mi primo yendo el agua juntos.
Habíamos dejado las toallas sobre la arena y tenía por costumbre darme un chapuzón antes de echarme protector solar.
Era mediodía pero el sol estaba bien alto.
— Déjalo estar nene — tomó mi cuerpo y me subió a su hombro haciéndome gritar.
Salió corriendo conmigo encima y nos lanzó al mar. Menos mal que bajamos del coche en ropa de playa y tiramos las toallas a la arena.
Nadamos un rato y jugamos en el agua. Nos reímos de recordar tantas tonterías que hacía tiempo no hacíamos y en alguna que otra ocasión, recordamos con pena al abuelo.
— ¿Sabes que ha dicho la policía?— pregunté mientras me dejaba huntar el protector por él. Ya estaba acomodada en mi toalla.
— Aún buscan el arma con la que lo ahorcaron — soltó las tiras de mi parte superior y lo dejé hacer — mientras eso no aparezca no pueden avanzar suficiente.
Daba mucha pena pensar en todo lo que había pasado y aún no sabía, como podía estar tan aparentemente tranquila con todo aquel suceso que tuve que vivir.
Pero debía decir, que todo el tema de la boda me había dejado un poco lejos de mi propio dolor, pues era evidente que me venía muchísimo encima y tendría que lidiar con tanto, que me había abstraído un poco de mi pena.
Estaba relajada, casi sintiendo como mi primo me daba un masaje en la espalda con la crema. Parecía más bien eso.
Bajó por mis costados y yo tenía el rostro apoyado en mis brazos cruzados bajo mi cabeza. Siguió hasta mis caderas y de pronto lo sentí pretender safar la parte de abajo y reaccioné...
— ¿Que haces? — me giré un poco para verlo pero no podía moverme mucho, estaba con la parte de arriba aún suelta.
— Darte crema nena, no hay nadie en esta zona — aseguró aunque se detuvo, esperando que le diera un permiso que nunca concedí.
— Aun así Coleen, no es correcto que hagas eso, soy tu prima. No puedo sentirme a gusto si me manoseas el cuerpo en determinadas zonas cariño. No es correcto y lo sabes, te lo he dicho más de una vez.
Podía dejar que tuviera ciertas libertades conmigo pero había límites que siempre tenía que estar poniendo con él, pues aunque fuéramos muy cercanos no dejaba de tratar de saltar algunas pautas infranqueables para mí.
Se molestó evidentemente, pues se quitó de mi lado y se sentó en el suyo. Enfurruñado.
Me amarré bien la parte de arriba y me giré hacia él.
— ¿Si fuera él te dejarías verdad?, No te parecería tan extraño que te hiciera algo así.
— Primero que nada, el será mi marido pero no le daré acceso a mi cuerpo y aunque lo hiciera — puntualicé no sabía bien porqué — sería algo que los dos habríamos concensuado y nunca sería lo mismo Coolen, tu y yo somos primos, el será mi marido.
No veo porqué sería tan difícil de entender, pero igual lo exponía. A veces mi primo era tan posesivo conmigo que tendía a parecer más pareja mía que familia.
— Prométeme que no lo hará nena — me miró suplicante — que no dejarás que disfrute de tu cuerpo — se volvió a acercar a mí y me tomó el rostro entre sus manos, muy cerca de mí nariz — que no lo amarás Sammy, prométemelo.
Su pregunta era tan abstracta que me descolocaba un poco y solo por eso, preferí darle una respuesta ambigua...
— Habrá límites Coolen, tranquilízate.
Aquello no solo no consiguió calmarlo, sino que provocó que me diera más elementos a tener en cuenta... Elementos que eran más bien una declaración de intenciones por su parte... Solo que yo, no supe darme cuenta en ese momento.
— ¿Cuánto tiempo estarás casada con ese hombre?, ¿ Cómo quedará la herencia si te divorcias?,¿ Podrás ser libre para amar a otro de estar para siempre con él? — nos miramos a los ojos por las tiempo del que podría asegurar hasta que dijo — ¿Y si te vas conmigo a París y buscamos una manera de impugnar el testamento del abuelo?...