Pasaron las semanas y el dolor de espalda de John continuaba. El médico aumentó la dosis. Le dijo a John que no se preocupara. John confiaba en el profesional, quien tenía una sólida reputación y excelentes referencias de sus pacientes. Sin embargo, alguien que parecía ser un médico decente resultó ser un criminal codicioso que causó daños irreparables a cientos de personas, si no más. John no creía que tuviera un problema, a pesar de que tomaba cinco píldoras al día. Creía que necesitaba las píldoras para hacer su trabajo. Le permitían vivir su vida y lo tranquilizaban. John comenzó a salir con una enfermera cubana de veintiocho años llamada Myra. Tenía el pelo n***o y espeso y una hermosa sonrisa. Ella trabajaba en la unidad de pediatría y se conocieron a través de un amigo en común.

