CAMERON Una de las mucamas sirvió el té para Gregori y para mí, y ella y Thomas salieron del despacho. Sabía que Tom se quedaría en la puerta por si lo necesitaba, pero todos confiábamos en este hombre que ahora se sentaba en el sofá frente a mí, por lo que no importaba que estuviésemos en soledad. —Cameron, de verdad lamento lo que le pasó a tu hombre… sé que has desarrollado un cariño especial por las personas que trabajan a tu alrededor —dijo él con voz calma. —Gracias, yo… lo siento mucho por su familia, para ser francos, y… —dudé, arrugando un tanto el cejo. —Está bien, no necesitas decirlo. Él se sonrió y negó con la cabeza. —Nuestro pueblo está inquieto, pues temen que se repita contigo lo que le sucedió a tu padre. Fruncí el cejo con ligereza. Recordar la muerte de mi padre…

