La Silueta que vagaba sobre la ladera rocosa apenas era reconocible como un hombre. Babeando, con los ojos vidriosos, murmuraba para si mismo. Caminaba con las piernas tiesas como si fuera un sonámbulo, y sus articulaciones se movían como si fuera una marioneta. Su mente estaba en blanco. No veía nada del paisaje que le rodeaba, no escuchaba el viento, no sentía el frio o la lluvia. No conocía nada de la gente de debajo de la montaña que lo veía desde la distancia. Trancaban sus puertas y asustaban a sus hijos con historias de fantasmas en las montañas sombrías. De vez en cuando recordaba algo. No completamente, solo fragmentos sueltos del pasado. A veces veía los hermosos huesos lisos de aquellos que le habían seguido, las cuencas oculares vueltas hacia el con obediencia

