Otra mañana más con mi dignidad intacta, sin ceder ante la tentación de asaltar dormido al apuesto, atento y exquisito Michel Fernández. ¿Por qué Dios daba pan a quien no tenía dientes? Era una tortura tenerle ahí en las vigilias cuando debía dar de amamantar a Amelia. Solía sentarme en la cama y con la ayuda de una almohada acomodar a la bebé, Michel me hablaba medio dormido de cualquier tema al azar. Cuando quedábamos que él sería el encargado de darle el biberón con mi leche, para que yo pudiese dormir, me despertaba de vez en cuando brevemente para verle sentado en la mecedora dándole de comer a nuestra Amelia. Qué problemático era todo eso. También era problemático que mis amigas fueran fans de Michel. Les había comentado a Valeria, Cristina, Melania y Emilia, que teníamos ci

