Su pregunta, formulada con un tono infantil, no dejaba de sentirse como un mecanismo de defensa.
Nos mirábamos en silencio. Yo decidí suavizar la expresión; respiré hondo para calmarme. No sabía exactamente qué había vivido esa niña, pero algo en su mirada me decía que no había sido fácil, a pesar de su corta edad.
¿Cómo lo sabía?
Porque yo también había tenido esa misma mirada… antes de llegar a los brazos de mi abuela.
Me acerqué con calma, como si estuviera tratando con un animalito herido.
—¿Gritarte? —pregunté en voz baja, agachándome cerca de ella. El crujido del cristal roto bajo mi zapato resonó, pero lo ignoré. Nadia era mi prioridad.
—No podría gritarte por eso. Si fue un accidente, los accidentes pasan. Y si no lo fue… ¿lo hiciste porque querías decirme algo?
Mantuve la voz suave, buscando sus ojos. Los suyos, de un azul muy claro, me observaban con recelo. En su mano sostenía su conejito de felpa, presionándolo contra el pecho como si fuese un escudo.
—¿Cómo se llama? —susurré, mirando al conejo.
Silencio.
—Solo espero que el señor Conejo esté bien… —añadí con delicadeza—. No me gustaría que se cortara con los cristales.
Empecé a recoger los pedazos rotos con calma, sin dejar de vigilarla de reojo.
—¿De verdad no me vas a gritar? —preguntó finalmente. Su vocecita temblaba, revelando la confusión que no sabía cómo esconder.
—No, Nadia. No voy a gritarte. ¿Crees que, si lo hago, el florero se arreglará?
Levanté dos fragmentos de vidrio y los uní frente a ella.
—Mira —dije con una media sonrisa—, observa qué pasa si le grito.
Fingí alzar la voz con fuerza, de forma exagerada. Noté cómo ella, por reflejo, subía al conejo para cubrirse más. Me detuve enseguida. Separé los vidrios.
—¿Ves? Aunque grite, no cambia nada. Entonces, ¿para qué hacerlo?
Traté de sonreír con suavidad.
—Lo único que quiero saber es si estás bien… tú y el señor Conejo.
Me observó unos segundos y luego, sin decir nada más, corrió escaleras arriba. Sus pasitos resonaron con fuerza, como un eco de su angustia. Supuse que se encerró en su habitación.
Seguí recogiendo los cristales en silencio, sin saber si había hecho lo correcto.
Con Declan nunca necesité ser estricta. Era un niño alegre, abierto, siempre listo para hablar.
Pero con Nadia… no era cuestión de ser estricta. Había algo más. Algo que no sabía cómo alcanzar.
Durante el resto del día me evitó. No quiso comer; apenas bebió agua de la botella que Alexis le dejó esa mañana. Intenté iniciar conversación, pero se cerraba más con cada intento.
Solo reaccionó cuando mencioné que debíamos ir a buscar a Declan. Eso sí logró iluminarle el rostro. Se acercó para que la llevara, pero aun así… se mantenía distante.
En el autobús, me escuchaba cuando le pedía que se sentara o que no se moviera, pero cuando llegamos a una intersección donde necesitábamos tomarnos de la mano, se negó. No quería tocarme.
Me agaché frente a ella, buscando su mirada. Le sonreí con todo el cariño que pude reunir.
—Nadia, necesito que me tomes la mano para ir a buscar a Declan.
Me miró como si yo tuviera tres cabezas.
No quería parecer desesperada… pero mi hijo nos esperaba, y no podía quedarme ahí parada, atrapada en su miedo.
—Creo que el señor Conejo quiere ver a Declan —intenté, sabiendo que ella adoraba a mi hijo—. Mira, ¿qué tal si tú tomas una patita del conejo y yo la otra? Así va seguro entre las dos.
Silencio.
Me sentía hablando con una pared… hasta que sus ojos brillaron levemente.
—Fluffy quiere ver a Declan… —susurró.
«¿Fluffy?»
La seguí con la mirada hasta su conejo. Sonreí.
—Entonces, llevemos a Fluffy de las manos juntas. ¿Te parece?
Ella asintió con suavidad. Tomó una de las patitas del conejo y yo tomé la otra. Caminamos así hasta la escuela. Declan nos esperaba con su maestra, que me entregó unos dibujos.
—¡Mami! ¡Te extrañé mucho!
—Yo también te extrañé, mi amor —le acaricié la mejilla con la nariz.
—¿Podemos comer helado cuando lleguemos? Me porté bien.
—Lo pensaremos. ¿Listos, niños?
Declan tomó la mano de Nadia con entusiasmo. Por primera vez, vi a la niña moverse con una chispa de alegría. Tomé a Declan de la otra mano, y los tres caminamos juntos a casa.
Los niños se encerraron a jugar en la habitación de Nadia. Le ofrecí comida, pero la rechazó. Al menos Declan comió algo de fruta. Preocupada, llamé a Alexis… pero no fue necesario. Llegó poco después con una bolsa en la mano.
—Perdón la tardanza —dijo, sacando un plato que olía a gloria.
—Pensé que llegarías a las cinco. Apenas son las tres —comenté mientras lavaba los trastes de Declan.
—No podía dejarla más tiempo. Imagino que no comió nada, ¿cierto?
Lo miré, ligeramente avergonzada. Alexis se encogió de hombros.
—No suele comer de nadie que no sea mi madre o yo.
—¿Y eso?
—No te lo dije porque sabía que no te aceptaría nada… tuvo dos reacciones alérgicas graves con niñeras anteriores. Una la dejó hospitalizada.
—Eso es… horrible…
—La segunda vez… casi muere. Si no llegaba temprano ese día… —hizo una pausa, con la mirada perdida—. Tiene medicina para alergias en la habitación, en la sala y la cocina. ¿Las viste?
—Pensé que eran solo curitas…
—No, es para su alergia a las fresas. Es severa. Prefiero ser precavido.
Las piezas empezaban a encajar. Su desconfianza, su silencio, su defensa constante…
Alexis debió notar mi expresión, porque me miró de reojo mientras servía la comida de Nadia.
—¿Se portó bien?
—Estuvo perfecta —respondí, aunque no con plena certeza—. Pero no confía en mí todavía.
—Y no lo hará fácilmente. Nunca ha tenido una verdadera relación con nadie. A veces no sé si…
Se quedó callado, atrapado en sus pensamientos.
—Alexis… puedes confiar en mí. Estamos juntos en esto.
—No sé si esto es mi karma.
—¿Karma?
—Sí. Pedí una orden de alejamiento contra Cristina Russell. No quiero que nadie de esa familia se le acerque. Quiero mantenerla lejos de todo eso.
—¿Russell? Me suena ese apellido…
—Caleb Russell. Aún se están descubriendo sus crímenes. Él y su hija dejaron muchas vidas en ruinas. Yo solo quiero mantener a mi hija a salvo.
—¿Qui… quieres decir que…?
—Sí. Cassidy es la madre biológica de Nadia.
Una asesina.
Una manipuladora.
Tan temida, que aún hay protestas exigiendo su ejecución.
Me mordí el labio; una punzada atravesó mi pecho.
¿Y si…?
¿Y si alguien le hubiera hecho daño a Nadia… solo porque no podían alcanzar a su madre?
Estaba sintiéndome ligeramente fría por mis pensamientos cuando escuché pasos apresurados. Alexis y yo volteamos. Era Nadia, y al ver a su padre, sonrió de una manera sumamente alegre. Tenía a Fluffy en brazos y entró a la cocina, acercándose a Alexis. Él la cargó, haciéndola girar. Su sonrisa brillaba como el mismo sol.
—Papi, te extrañé.
—Yo también te extrañé, enana. Tu papá se apuró en todos los casos de hoy solo para verte.
Nadia movió a Fluffy hacia el rostro de Alexis, quien le sonrió.
—Papi, ¿eso lo trajiste tú?
Alexis asintió.
—Sí, enana. Te traje tus macarrones con queso, como te prometí esta mañana.
La bajó con cuidado.
—Gracias, papi. Fluffy y yo tenemos hambre.
Se dirigió a la mesa del comedor, donde tomó asiento. Era tan pequeña que sus pies quedaban en el aire y apenas se le veía por encima del plato. Colocó al conejito en su regazo y, cuando Alexis le sirvió y le pasó la cuchara, ella sonrió.
—Gracias, papá.
Aunque para muchos comer es solo una necesidad básica, para Nadia también significaba confianza.
Mi corazón se apretó con una ligera tristeza. Nadia comía emocionada, dándole grandes bocados a su plato, como si corroborara el hambre que había sentido todo el día.
Mientras la observaba, supe una cosa:
Yo sería el cambio en su vida.
Por todos los que se fueron, por los que la abandonaron… yo me quedaría.
Me encargaría de reconstruir la confianza que le arrebataron.
Porque ella, al igual que yo…
… también ha estado rota.
Y esta vez, no estaría sola para recoger los pedazos.