Había más de cuarenta papeles esparcidos en el suelo como confeti de celebración, pero, a diferencia de una fiesta, ahí había crímenes. Crímenes de verdad. Crímenes con nombres. Con heridas. Con cuerpos. Cuerpos de mujeres golpeadas en los que se notaba el abuso. Algunas asesinadas. Otras en estado de precariedad. Varias con marcas tan evidentes en la piel que bastaba un vistazo para notar que les habían inyectado drogas. Desde el rabillo del ojo, los recortes de periódico me hacían sentir como si estuviera leyendo el infierno impreso en tinta. Unos apuntaban directamente a Cassidy Russell como una de las principales acusadas del tráfico de prostitución en Inglaterra. En otro, el encabezado gritaba: “La reina de la prostitución”, donde detallaban que ella era uno de los puentes más temido

