La noche cayó sobre el castillo con un silencio extraño, como si incluso las piedras contuvieran el aliento. El banquete, el veneno, la caída del heredero, los murmullos del consejo… todo había dejado un eco que pesaba en cada paso. Y aun así, era la primera vez en días que no me seguían tan de cerca. Los guardias habían sido reubicados para vigilar a los ancianos. El heredero había encerrado a sus hombres en su propia paranoia. Y Mael, agotado por las tensiones del día, me había dado un consejo simple: —Desaparece. Solo por unas horas. Antes de que te rompan por algo que no hiciste. No debía hacerlo. Pero lo hice. Salí por el pasillo de servicio, subí las escaleras sin encender antorchas, y crucé la galería norte, donde los ventanales dejaban entrar una luz de luna tan pálida qu

