No hubo ceremonia anunciada. El clan no sabe convocar lo que siente cuando aún está aprendiendo a nombrarlo. Simplemente empezaron a llegar. Primero los ancianos. Luego los jefes de familia. Después, la gente común, la que nunca ocupa los salones, pero llena los patios. Yo estaba en el patio bajo, junto al pozo antiguo. El mismo donde había cargado agua siendo niño, donde había aprendido a mirar al suelo para no provocar miradas incómodas. Ahora nadie me pedía que bajara la cabeza. Se colocaron frente a mí en silencio. No como súbditos. Como testigos. —Este es el lugar —dijo uno de los ancianos—. Aquí empezó todo. Asentí despacio. Lo sabía mejor que nadie. —El clan ha sobrevivido —continuó—. No por la sangre que reclamó poder… sino por quien se quedó cuando ardía. Miré alrededo

