Alex White

1128 Palabras
Alex POV Mi nombre es Alex White Thompson, soy hijo de Jackson White, Alfa de la manada Silver Forest, si bien no somos una de las mandas más fuertes, tampoco somos de las más débiles, no hemos crecido como debiera pues tenemos una debilidad, no la puedo negar, se nota, mi padre nunca encontró a su compañera destinada, él en cambio, no esperó más, decidió elegir a una compañera, que sería la Luna de la manada y mi madre: Valery Thompson. No quiero decir que no me sentí amado, porque si lo fui, ni que mi niñez fue mala o dura, pero me marcó, y formó al hombre que soy ahora. Mis padres no eran muy afectivos, nunca demostraban caricias en público, ni palabras cariñosas entre ellos, no me mal interpreten, jamás se trataron mal, ni discutieron delante de nosotros. No tengo fotos o recuerdos de mi padre durante los embarazos de mi madre o cargándonos de bebés, ni con mi madre tampoco, nunca estaba solo, y menos cuando llegó Alisa mi hermana. Pero nuestra vida comenzó a cambiar cuando mi madre encontró a su compañero destinado Adam Black, una serie de acontecimientos nos llevó a donde estamos actualmente. Primero la separación de mis padres, la destitución de mi madre como Luna, por la decisión de seguir a su corazón, eso hizo alejarnos de nuestra madre, y la doble carga de las actividades para mi padre, prácticamente me crie con mi tío Evan y su esposa Sandra, pero ellos a su vez tenían a sus hijos, unos gemelos, unos años más grandes que yo, son con los que más he convivido. Amo a mi padre, pero sé que la vida y las decisiones que ha tomado, lo han alejado un poco de nosotros. La segunda situación fue que al irse mi madre, la veíamos de vez en cuando, por lo menos una vez al mes, no fue durante mucho tiempo, estaba un poco dolido, y preocupado por mi hermana, la cosa no paró ahí, mi madre se embarazó de su pareja, mi primer pensamiento fue de rechazo, de sentirme desplazado, traté de cambiar mi forma de sentir al expresárselo a mi tío Evan, mi madre, su hermana, era feliz de encontrar el amor, pero también su corazón estaba dividido por dejarnos, pero no podía hacer otra cosa, los cachorros no pueden dejar la manda, y más cuando son herederos Alfa, bien podría haberse llevado a Alisa, pero mi madre no quería hacer ninguna distinción, no fueron meses fáciles. Mi madre, en uno de sus tantos viajes, y el último viaje antes de dar a luz, tuvo un accidente, puede ser error humano, fallas técnicas, como quieras llamarlo, el destino mismo, me quitó a mi madre, fue doloroso, sí, pero la ausencia de su presencia física ya estaba desde antes, esto solo lo recalcó más. Mi padre, aunque no lo dijo nunca, se sintió culpable, lo sé porque se lo dijo a mi tío Evan, después del funeral y con unas copas encima, cosa que no hacía nunca. Se culpaba de no haberla hecho feliz, lo suficiente para que se quedara con él, no la marcó por temor a encontrar a su pareja destinada, se sintió culpable de no relacionarse con nosotros, sus hijos, y de no formar una familia como la que él tuvo. Esa reflexión lo hizo cambiar, ya que, al día siguiente, le delegó muchas actividades a mi tío y comenzó a conectar con nosotros, entonces ahora sí, mi padre se convirtió en mi héroe. Y así comenzamos a viajar por el mundo, conociendo nuevas culturas, viendo al mundo desde otra perspectiva: conocí la felicidad. En una ocasión tocó playa, nos encanta disfrutar de la arena, el mar y la facilidad de mi hermana para hacer amigos por todos lados, nos llevó a otra serie de sucesos, que puedo decir, fueron los más interesantes de mi vida, ya que, a temprana edad a diferencia de mi padre, llegué a conocer al amor de mida: Ángela Amery. El día que mi hermana invitó a Laurel y a Ángela, nunca me imaginé que cambiaría nuestras vidas, nunca lo dije, y nadie se puede enterar, que duré más de media hora contemplando a la hermosa niña de cabellera castaña, y sonrisa resplandeciente, al punto de derramar encima de mí agua, estaban todos ocupados en ellas, que no se percataron de mi estupidez, ni se dieron cuenta que me fui a cambiar. Ahora veía a un Jackson diferente, el brillo de sus ojos, las demostraciones de cariño, las palabras cariñosas, veía a un hombre lleno de amor, para dar y recibir, porque Laurel era igual, y no solo para con mi padre, también para nosotros, pensé que me sentiría otra vez desplazado, pero no, siempre estaba ella al pendiente de nosotros, no hacía distinciones entre Alisa, Ángela y yo. Pasamos mucho tiempo alejados de mi padre y Laurel, no porque quisieran, una profecía, amantes destinados, consejo de lobos desquiciados, batallas, poderes, infinidad de sucesos. Pero ellos siempre estuvieron con nosotros, en video llamadas, en mensajes, excepto cuando conocieron el santuario, ahí si nos preocupamos, tanto que el tío Evan nos tomó y nos llevó a su encuentro, las verdades y los cambios comenzaron, Ángela y Laurel resultaron ser lobas, y también me enteré de que Laurel no es la verdadera madre de Ángela, me sorprendió debido al gran amor que se profesan, Laurel con un buen corazón no dejó sola a la bebé, y se hizo cargo de su crianza, se convirtió en su madre y la educó como suya. Y Ángela resultó tener un poder, el poder de ser la vocera de la Diosa Luna, profeta, de tener premoniciones de sucesos, espero que eso no nos lleve a tener consecuencias negativas. Llegó el día en que mi padre y Laurel tenían su ceremonia para recibir mi padre el reinado de los lobos, y el de ser Luna y reina para Laurel, es una ceremonia parecido a una boda, solo que las lealtades son de los súbditos a los reyes, y algo que no estábamos esperando fue el llamado a todas las manadas bajo la luna rosa. La Luna Rosa marcó un frenesí a todos los lobos, incluyéndonos a nosotros como cachorros, pues a pesar que no habían aparecido nuestros lobos, ese día, lo hicieron y ese día me percaté que Ángela era mi compañera destinada, y fue el día que le di mi primer beso. Nadie se percató, solo ella y yo, aunque ella se quedó en shock, no me rechazó, fue un secreto guardado por meses entre los dos, ahí comenzaron las miradas, los roces y las pláticas a solas, y mi decisión de esperarla, de esperar a que ella supiera que yo era suyo y ella mía.
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