Emma despertó con una sonrisa en los labios, aún recordando la noche anterior con Max. La sensación de estar con él, escuchando su voz mientras hablaban bajo las estrellas, la hacía sentir especial. Pero al mismo tiempo, un nudo de nerviosismo se formaba en su pecho. Apenas lo conocía, y aunque le gustaba mucho, no podía evitar preguntarse si estaba siendo imprudente.
Mientras le servía el desayuno a su madre, decidió contarle sobre su cita.
—Así que… anoche salí con alguien —dijo, tratando de sonar casual.
Su madre levantó la vista con curiosidad.
—¿Ah, sí? ¿Y quién es el afortunado?
Emma se mordió el labio antes de responder.
—Se llama Maximiliano. Es nuevo en el pueblo. Nos conocimos en la cafetería ya te había hablado sobre él.
Su madre arqueó una ceja, dejando la cuchara en el plato.
—¿Nuevo en el pueblo? Hija, ya sabes lo que pienso sobre confiar demasiado rápido en los desconocidos.
Emma suspiró, esperándose esa respuesta.
—Lo sé, mamá. Pero no parece una mala persona. Es amable, educado… y muy interesante.
Su madre le tomó la mano con ternura.
—Solo te pido que vayas con calma, mi amor. No quiero que te hagan daño. Pero si te hace feliz… sigue conociéndolo.
Emma le sonrió y le dio un beso en la mejilla antes de salir.
[...]
El aire fresco de la mañana le acarició el rostro cuando Emma cerró la puerta de su casa. Su madre aún dormía, agotada por la enfermedad, y ella no quiso despertarla. Caminó por la vereda con paso ligero, disfrutando de la tranquilidad del pueblo antes de iniciar su jornada en la cafetería.
Apenas cruzó la calle, distinguió a Franco apoyado contra un poste de luz, con las manos en los bolsillos de su chaqueta. Su cabello rubio desordenado por la brisa y su expresión tensa llamaron su atención.
—Emma, justo iba a buscarte.
Ella le sonrió, pero al notar su mirada seria, frunció el ceño.
—¿Todo bien? Te ves… diferente.
Franco tomó aire, como si necesitara reunir valor.
—Tengo que decirte algo. Algo que he guardado desde hace mucho tiempo.
Emma ladeó la cabeza, intrigada.
—¿Qué ocurre?
Franco dio un paso más cerca, bajando la voz.
—Estoy enamorado de ti, Emma. Siempre lo he estado.
El corazón de Emma dio un vuelco.
—¿Qué…? —susurró, sintiendo cómo la sorpresa la envolvía por completo.
Franco no le dio tiempo a reaccionar. Se inclinó hacia ella, como si intentara besarla. Emma sintió el impulso de retroceder, pero en ese instante, un fuerte sonido de bocina los interrumpió.
Ambos se giraron al unísono y vieron un auto n***o estacionado frente a ellos. Desde la ventanilla abierta, Maximiliano de la Cruz los observaba con una expresión indescifrable.
Emma sintió el estómago dar un vuelco.
—Es Max… —murmuró.
Franco frunció el ceño, claramente molesto.
Max bajó la ventanilla con calma, su sonrisa tranquila contrastando con la tensión en el ambiente.
—Buenos días, Emma. ¿Te llevo al café? —preguntó con voz relajada, aunque su mirada se posó en Franco con frialdad.
Emma asintió, pero antes de moverse, Franco la tomó suavemente de la muñeca.
—Emma, espera… —murmuró.
Ella suspiró y lo miró con cautela.
—Franco, ya te hablé de Max. Te dije que lo conocí hace unos días.
Él apretó los labios con frustración.
—Sí, mencionaste su nombre, pero no dijiste que estabas saliendo con él.
Emma se sintió incómoda.
—No estoy "saliendo" con él. Apenas lo estoy conociendo.
Franco bufó.
—No me gusta que andes con desconocidos. No sabes quién es en realidad.
Antes de que Emma pudiera responder, Max bajó del auto con una tranquilidad que contrastaba con la tensión en el aire. Se acercó despacio, sin perder la compostura.
—¿Algún problema? —preguntó con voz serena, pero firme.
Franco lo miró con desconfianza.
—Sí, el problema es que no sé quién eres y no quiero que Emma se meta en líos.
Max sonrió levemente, cruzándose de brazos.
—Maximiliano de la Cruz. No soy un peligro, si es lo que insinúas.
Franco lo analizó con la mirada.
—Eso ya lo veremos.
Emma, sintiendo que la discusión podría escalar, intervino.
—Por favor, basta. —Se soltó suavemente de Franco y miró a Max—. Vamos al café.
Franco la miró con frustración, pero no dijo nada más. Emma subió al auto y cerró la puerta.
Desde el espejo retrovisor, lo vio quedarse allí, con los hombros tensos y la mirada clavada en el suelo.
Max arrancó el auto en silencio, pero su mandíbula estaba tensa. Durante unos segundos no dijo nada, solo miraba la carretera con el ceño fruncido.
Emma se removió en su asiento, sintiendo el peso del silencio.
—Mi amigo es muy protector—Emma intentó bromear, pero su voz sonó más nerviosa de lo que esperaba.
Max soltó una risa seca, sin humor.
—No lo llamaría protector. Más bien parecía que estaba reclamando algo que cree suyo.
Emma parpadeó, sorprendida por su tono.
—Franco solo es mi amigo. Nos conocemos desde siempre.
Max giró la cabeza hacia ella por un segundo, su mirada intensa.
—¿Amigo? Porque desde aquí parecía que estabas a punto de besarlo.
Emma sintió su rostro arder.
—No es así. Yo… él me sorprendió con lo que dijo.
Max apretó el volante con más fuerza.
—¿Y qué hubieras hecho si yo no llegaba? ¿Le habrías correspondido?
Emma lo miró, indignada.
—¿Por qué me preguntas eso? No tengo que explicarte nada.
—No es solo amistad, Emma. Lo vi en su cara, en su actitud. Ese tipo está enamorado de ti y tú… tú parecías confundida.
Tragué saliva, sintiéndome descubierta.
—Me tomó por sorpresa —admití en voz baja—. No sabía que se sentía así.
Max exhaló con pesadez.
—Por supuesto que lo sabías —murmuró—. Solo que no querías verlo.
Su tono me hizo sentir culpable, aunque no entendía por qué. Antes de que pudiera responder, detuvo el auto frente al café.
—No quiero que vuelvas a estar a solas con él —dijo de repente, con voz firme.
Lo miré, incrédula.
—¿Perdón?
Max se giró hacia mí, su expresión más suave pero sus ojos llenos de determinación.
—Emma, lo digo por ti. No quiero que te lastimen ni que jueguen con tus sentimientos. Franco solo está esperando el momento para confundirte más.
Abrí la boca, pero ninguna respuesta salió. Algo en su tono, en su forma de decirlo, me hizo dudar. ¿Y si tenía razón?
—Solo prométemelo —insistió, tomando mi mano entre las suyas—. Prométeme que tendrás cuidado con él.
Asentí lentamente, más por la presión del momento que por verdadera convicción.
—Está bien —murmuré.
Max sonrió, complacido, y llevó mi mano a sus labios en un gesto suave.
—Eso es todo lo que quería escuchar.
Sabía que Maximiliano de la Cruz no era un hombre que se diera por vencido fácilmente.