Emma salió de la cafetería con el corazón latiéndole con fuerza. El aire fresco de la tarde no bastaba para calmar el temblor en sus manos. Quería alejarse de ese lugar, de Leo y de todo lo que su presencia implicaba.
Pero apenas dio unos pasos, una silueta familiar apareció frente a ella.
—Emma.
Su voz grave la detuvo en seco. Levantó la mirada y se encontró con Maximiliano, observándola con el ceño fruncido. Llevaba una chaqueta oscura y las llaves del auto giraban entre sus dedos con impaciencia.
—Te ves pálida —murmuró, analizando su expresión—. ¿Pasó algo?
Emma tragó saliva. No podía contarle lo de Leo. No quería involucrarlo, y tampoco soportaría ver esa mirada de rabia que seguro aparecería en sus ojos si llegaba a enterarse.
—Estoy bien —respondió, esquivándolo para seguir caminando.
Pero Max se movió rápido y bloqueó su paso.
—Voy a llevarte.
Emma negó con la cabeza de inmediato.
—No hace falta, Max. Tomaré un taxi.
Él dejó escapar un suspiro, frotándose la nuca con frustración.
—Emma, estás temblando —dijo con suavidad—. Déjame llevarte, ¿sí?
Ella dudó. No quería aceptarlo, pero la verdad era que sus piernas apenas la sostenían y la idea de tomar un taxi sola le resultaba agotadora.
—Está bien —cedió en un murmullo.
Max no dijo nada más. Solo la guió hasta su auto y le abrió la puerta del copiloto. Emma se acomodó en el asiento y se abrazó a sí misma mientras él arrancaba el motor.
—¿A dónde vamos? —preguntó Max, lanzándole una mirada de reojo.
—A la clínica —susurró ella.
La tensión en el auto se hizo palpable.
—¿La clínica? —repitió él, apretando el volante.
Emma cerró los ojos un segundo y exhaló lentamente. Sabía que en algún momento tendría que decirlo.
—Es por mi mamá —confesó—. Está enferma. Cáncer.
Maximiliano frenó en un semáforo y giró el rostro hacia ella con incredulidad.
—¿Por qué no me dijiste nada?
Emma se encogió de hombros.
—No quería preocupar a nadie.
Él resopló, claramente molesto.
—¿Preocupar a nadie? Emma, esto no es algo que tengas que llevar sola.
Ella se mordió el labio, sintiendo un nudo en la garganta.
—No tengo opción, Max —susurró—. Las quimioterapias son costosas y el dinero no alcanza.
El semáforo cambió a verde, pero Max tardó un par de segundos en reaccionar. Finalmente, aceleró, con la mandíbula tensa.
—No estás sola en esto —dijo con firmeza—. Lo resolveremos.
Emma lo miró de reojo, sintiendo una punzada en el pecho. No quería aferrarse a promesas imposibles. Pero, por primera vez en mucho tiempo, sintió que alguien estaba dispuesto a pelear por ella.
El auto de Maximiliano se detuvo frente a la clínica. Emma miró el edificio con el corazón encogido. Sentía el peso de la conversación con Max aún sobre sus hombros, pero ahora tenía que enfocarse en su madre.
—Gracias por traerme —murmuró, desabrochándose el cinturón.
—Voy contigo —dijo Max sin dudar.
Emma lo miró con sorpresa.
—Max, no hace falta. Solo estaré unos minutos.
—Aun así, voy contigo —repitió, apagando el motor.
No hubo espacio para discutir. Max ya estaba fuera del auto, rodeándolo para abrirle la puerta. Emma suspiró y decidió no insistir más.
Caminaron juntos por los pasillos de la clínica hasta llegar al consultorio. El doctor los recibió con una mirada de reconocimiento y revisó algunos papeles antes de hablar.
—Señorita Emma, necesito recordarle que el próximo tratamiento de su madre debe pagarse antes de la siguiente sesión —dijo con tono serio—. Lamentablemente, sin el pago, no podremos continuar.
Emma sintió un nudo en el estómago. Apretó los puños sobre su regazo y asintió con rigidez.
—Lo sé, doctor. Estoy trabajando en ello.
Antes de que pudiera decir algo más, Maximiliano intervino.
—Yo lo pagaré.
Emma giró bruscamente hacia él, con los ojos muy abiertos.
—¡No, Max! —exclamó de inmediato—. No puedes hacer eso.
Él la miró con calma, pero con firmeza.
—Claro que puedo.
Emma negó con la cabeza, sintiendo una mezcla de vergüenza y frustración.
—No necesito caridad.
Max suspiró y se inclinó un poco hacia ella.
—No es caridad, Emma. Es ayuda. Y a veces, hay que aprender a aceptarla.
El doctor los observó en silencio, esperando su decisión. Emma cerró los ojos un momento, intentando contener las emociones que se arremolinaban dentro de ella.
—Voy a encontrar la forma de pagarlo —murmuró.
Max sonrió de lado.
—No estoy preocupado por eso.
Emma soltó un suspiro tembloroso. No tenía fuerzas para discutir más.
—¿Podemos ir a ver a mi mamá ahora?
El médico asintió y los guió hasta la habitación.
Cuando entraron, una mujer de rostro dulce y mirada cansada alzó la vista desde la cama. A pesar de la palidez de su piel, sonrió al ver a su hija.
—Emma, cariño… —su voz era suave, pero cálida.
Emma se acercó rápidamente y tomó su mano.
—Mamá, ¿cómo te sientes?
—Mucho mejor ahora que estás aquí.
Fue entonces cuando notó la presencia de Max. Lo observó con curiosidad y luego miró a Emma con una sonrisa cómplice.
—¿Y este apuesto joven quién es?
Emma sintió que sus mejillas ardían.
—Mamá…
Max, divertido, dio un paso adelante y le extendió la mano.
—Maximiliano, señora. Un amigo de Emma.
—¿Un amigo, dices? —preguntó la mujer con un brillo travieso en los ojos—. Qué educado.
Max soltó una risa ligera, y Emma se llevó una mano al rostro, avergonzada.
—Mamá, no empieces…
Pero, en el fondo, ver a su madre sonreír después de tanto tiempo hizo que su corazón se aligerara un poco. Y cuando miró a Max, notó que él también parecía cómodo. Como si, de algún modo, ya fuera parte de ese pequeño mundo que ella intentaba proteger.