Las hojas de los árboles danzaban al compás del viento. Las nubes corrían una maratón, y por momentos opacaban la luna.
«Pesa demasiado este hombre» se dijo así misma, mientras intentaba levantar el torso de aquel vejestorio.
«¿Será que me pasé con la burundanga?» pensaba, alzándole los brazos.
La escopolamina, más conocida como burundanga, es una droga usada para cometer actos ilícitos, suministrada por vía oral. Aquella sustancia, es capaz de controlar a una persona, generalmente para obtener información sobre cuentas bancarias, claves, propiedades que puedan llegar a tener, etc.
Había vertido una cantidad un poco exagerada en el ron que servía mientras disfrutaban del paseo.
Tanteó el cuerpo con sus manos, encontrando la cartera en el bolsillo derecho.
Al abrirla, se encontró apenas con un billete de cincuenta mil pesos. No había más efectivo. En las ranuras de la billetera, observó tarjetas de comidas rápidas, números escritos en pequeños trozos de papel y hasta una foto del hombre con al menos cuarenta años menos sosteniendo una bebé en brazos.
«Así que familia si tiene, viejo asqueroso, no me conviene matarlo» aseguró.
Al fondo encontró la identificación. No le importaba. En una pequeña funda amarilla, reposaba una tarjeta débito.
— ¡Bingo! — exclamó con emoción. ¿Cuál es la contraseña de esta tarjeta?
Aún en trance, el viejo no podía coordinar su boca. Intentaba abrirla, pero ni siquiera un murmullo soltaba.
— Venga, diga algo que estoy de afán. Mañana tengo que madrugar a trabajar.
Aún no se escuchaba nada. Las pupilas de la víctima lucían desorientadas.
De repente, giró la cabeza en dirección a la mujer.
— dos, cinco, cero y uno creo — sonrió.
Anotó la combinación en su celular y soltó la billetera.
— Con esto tendré suficiente para esconderme aquí un poco más.
El agua estancada no producía ningún sonido. Apenas algunas chicharras alzaban su canto.
Sin embargo, pasos apurados se escucharon alejándose de la escena.
«¡No puede ser! ¿Me vieron?» fue lo primero que pensó.
Ni tiempo le sobró para guardarse la tarjeta en algún bolsillo. Arrancó a correr en la dirección que había escuchado. Al sobrepasar al menos diez árboles, llegó al sendero.
Reconoció una sombra que se alejaba en dirección al pozo tres. La siguió. Estando allí, observó un lago más bonito que los anteriores. Los pasos se alejaban cada vez más. Una lástima, no pudo contemplar por un pequeño instante la belleza natural. Al lado, el pozo cuatro, el patito feo del grupo se evidenciaba pequeño e impotente. Era el menos interesante, el que menos espectáculo ofrecía.
Un letrero apuntaba hacia la derecha, indicando que el pozo cinco estaba cerca.
Apresuró el paso, esquivando maleza y troncos de árboles atravesados en el suelo. Al llegar, el lago más apoteósico se alzaba majestuosamente ante sus ojos. Era el más extenso con diferencia, tan bonito que antojaba sumergirse para darse un chapuzón.
Al lado de un letrero que indicaba que estaba prohibido arrojar basura, se encontraba de frente la joven vestida de n***o. Jadeaba, estaba cansada, posando sobre sus rodillas.
— Cuénteme que vio — amenazó la del cabello corto.
— Nada, nada de nada.
— ¡No me crea tan marica! ¿No le enseñó su mamita que no se debe meter en lo que no le importa?
Había una lágrima en cada mejilla.
— Yo creí que necesitabas ayuda — titubeó la mujer asustada.
— No es nada personal. Pero miró de más. Y yo no me puedo dar el lujo de dejarla viva después de esto.
Un chillido con fuerza descomunal salió de la mujer.
— ¡Ayuda! ¡Ayuda!
La ladrona perdió la cordura. Posó su mano en el pequeño bolso que llevaba y sacó una pequeña navaja.
Su víctima observó y calló.
Una serie de gritos mezclados, se escuchaban a lo lejos. Muy débiles, pero ganando intensidad con el tiempo.
— ¡Lizeth! ¡Lizeth! ¿Dónde estás?
Eran las demás. Venían de vuelta por el camino de la salida. Pasaron un pequeño puente de madera. El grito desgarrador de su amiga las dejó heladas.
Al llegar al escenario, encontraron a su compañera tapándose la cara, sollozando. Se encontraba viva para el alivio de todas. La abrazaron e intentaron calmarla.
— ¿Cómo? ¿Había alguien más? — preguntó la de marrón.
— Sí, tenemos que llamar rápido a la policía. Hay un hombre tirado cerca al segundo lago.
Una reunión de al menos sesenta personas se encontraba alrededor de la entrada al camino de pozos azules, pendientes de las autoridades, que, junto al grupo de chicas, habían emprendido camino hacía veinte minutos.
Cuando encontraron al tipo, seguía acostado, a la intemperie. Sus signos vitales eran estables, aunque había perdido la conciencia. Volvieron al punto de encuentro con el hombre.
— Es la tercera vez en lo que va del mes — aseguró un oficial de policía.
— ¿Enserio? Quizás en la agencia turística tengan el nombre de la mujer. Si no, estoy dispuesta a dar todas las declaraciones para que den con ella.
— No se preocupe señorita, estaremos en contacto, lo más probable es que mañana tenga que pasar por la estación de policía, cuando este tipo ya esté mejor. Declaran juntos y así obtenemos la mayor cantidad de pruebas.
Lizeth asintió.
Mientras tanto, una moto marca Bajaj, modelo Dominar 250, recorría rápidamente la carretera de vuelta hacia las calles principales de Villa de Leyva. Se detuvo dos cuadras antes de llegar a la plazoleta principal. Aparcó en un cajero electrónico. Sorprendentemente no había fila. Entró con la tarjeta en su mano. La introdujo y procedió a consultar el saldo de la cuenta de ahorros. «Dos, cinco, cero y uno. Dos, cinco, cero y uno» repetía. Introdujo la clave con éxito. El resultado que arrojó la transacción era que el hombre tenía doscientos cincuenta millones de pesos. Sacó la tarjeta y se apresuró a subirse en su moto. Giró a la izquierda en la siguiente cuadra y recorrió cinco calles. Tras aparcar, agarró un manojo de llaves del bolso. Entró a una casa de un piso, escondida entre los árboles que la adornaban.
Una veladora se encontraba encendida en el piso. Corrió hasta su habitación y prendió su ordenador portátil. Estaba suspendido, así que solo tuvo que introducir su contraseña.
Abrió un software que cambiaba la dirección IP y la VPN del ordenador para no ser rastreada. Apuntó el click hacia el navegador y accedió a la página del banco con la cuenta del viejo Armando. Fue a la sección de transferir dinero. Debido al tope diario, solo ingresó la cantidad de treinta millones de pesos. La cuenta a la cual se destinaba la plata, no era suya, pero la tenía en su propiedad. La suerte estaba de su parte, apenas quedaban quince minutos para iniciar un nuevo día, por lo tanto, podría volver a transferir.
Esperó pacientemente. Cerró todas las pestañas y reinició el computador. Volvió a iniciar los programas para cambiar la identidad del portátil. Realizó el mismo procedimiento.
«Antes de que cancelen la cuenta. No estuvo tan mal, esperaba menos» se dijo.
Se despojó de su chaqueta acostándola en su cama. Su figura era perfecta. Se miró al espejo. Tenía corrido el rímel. Agarró agua micelar para desmaquillarse por completo. Sostuvo un pedazo pequeño de algodón que se encontraba cerca de su televisor. Masajeó su cara de manera circular hasta que el maquillaje se removió por completo.
Dirigió sus manos hacia su cabeza. Se apartó la peluca. La malla que amarraba completamente su cabello daba a entrever que el verdadero color era castaño. Se retiró la malla. La melena era larga, un poco ondulada y en efecto, color castaño.
Había sido un día productivo, ahora tenía que dormir.
Al siguiente día, la alarma timbraba de manera espantosa por varios minutos. Por fin la detuvo.
Se levantó y se dirigió a la ducha. Las gotas de agua recorrían su cuerpo, desde su cara hasta sus partes íntimas. Se enjabonó lentamente usando sus manos.
Se tocaba lentamente sus pechos, su cadera y su espalda.
Apagó la llave del agua y agarró la toalla que se encontraba encima de la puerta.
En su armario, había poca ropa. Tomó un gancho que contenía un pantalón y una camisa color roja. La extendió. El logo de una pizza centrada, con las siglas “PizzaPop” estaba inscrito.
Se vistió y salió de su casa sin desayunar. A una distancia de doscientos metros, cerca de la capilla, se encontraba el local de pizzas donde trabajaba. Aunque generalmente abrían a las 12 de la tarde, tenían que estar desde las 9 arreglando los ingredientes y configurando los hornos. La primera política de la empresa era no servir comida del día anterior, todo tenía que estar fresco.
Caminando llegó a su destino.
— Buenos días doña Teresa — saludó amablemente la chica.
— ¡Mija! Que gusto verla por aquí tan temprano.
— Sumercé sabe, que para mí es todo un placer ayudarla siempre en la mañana.
— No se hubiera molestado, yo puedo sola, usted pudo haber dormido otro poquito.
— ¡No pasa nada! Me aburre estar acostada.
— Si usted lo dice.
El lugar manejaba aproximadamente diez sabores distintos de pizza. Entre ellas, pollo con champiñones, mexicana (una mezcla de carne molida, pimentón y ají), criolla (complementando el sabor del chorizo con el maíz y el pollo), cerdo en salsa BBQ, de vegetales, de camarones (siendo la más exótica del lugar), pepperoni, quesos, boloñesa y finalmente la causante de múltiples debates a través de la historia del internet, la hawaiana, que integra piña, odiada por muchos, amada por muchos.
Primero preparaban la masa, para posteriormente depositar la mezcla de ingredientes y salsas que acompañaba a cada preparación. Una hora después, llegaron dos trabajadoras más. La menor de ellas ejercía como cocinera, la otra como mesera.
— Oiga doña Tere — dijo una de ellas. Esta muchacha no espabila, ayer un cliente, no le despegó el ojo ni un minuto, y esta toda asustada.
Se refería a la que usaba pelucas.
— Eso está bien — respondió ella. Bonita si es la muchacha esta, ahí si no tiene la culpa de que todos la miren.
Ella se sonrojó al escuchar esa clase de comentarios.
Se acercaba la hora de abrir, y ya estaban preparadas casi todas las pizzas.
De abajo a arriba, la mujer más vieja alzó la puerta del local. Tomó un letrero que se encontraba sobre una mesa, agarró una tiza y escribió:
“Deliciosa pizza por solo $5000, ¡ven y disfruta de la comida más sabrosa de toda Villa!”
Los clientes empezaron a llegar. Primero entró una familia. Encargaron dos hawaianas, dos mexicanas y una de cerdo BBQ.
Las calles del municipio, hechas en piedra, son difíciles de transitar. Afuera, como es costumbre, un montón de gente se encontraba observando los locales, haciendo fila para poder entrar al museo del chocolate y capturando fotos.
En la cocina, la mujer de cabello castaño usaba una espátula para agarrar las pizzas en sus moldes e introducirlas al horno. Las sacaba y servía en el cartón triangular típico.
— Oiga Mirella, hágame un favorcito — le indicó la jefe a la mesera. Vaya y me descambia este billetico de cincuenta porque es que ya no tengo nada de sencillo y ahorita empiezo a sufrir por el cambio.
— Listo entonces déjeme me paso por el supermercado.
— ¡Niña! Venga para acá — gritó de nuevo Teresa. ¿Será que sumercé me puede atender a la gente mientras llega la otra niña?
— Claro mi señora, con gusto.
— Usted es un ángel caído del cielo.
La mujer que contaba con sesenta millones de pesos robados en la cuenta, se apresuró a fungir como mesera. Llegó a la primera mesa y tomó el pedido. Avanzó unos pocos metros donde se encontraba una pareja para atenderlos.
Finalmente, arribó a una mesa donde se encontraban dos chicas.
— ¡Buenas tardes! ¡Bienvenidas! ¿Qué desean pedir?
— No lo sé, ¿Qué lleva la criolla? — preguntó una de ellas.
— Es una mezcla de carne, chorizo, maíz y queso. Muy recomendada.
— Está bien, creo que pediré esa. ¿Cuál quieres tu Lizeth?
Los recuerdos de la noche anterior la invadieron.
«¿Lizeth? Definitivamente el mundo es un pañuelo» pensó.