En el mismo momento que Adrián se marchaba llegó Piedad. La monja contempló al elegante hombre con lágrimas en los ojos. - Buenos días – Saludo y paso. - Buenos días Adrián, ¡que Dios te bendiga! - Gracias. Piedad miró a la mujer parada en la puerta. Supuso que ella tenía que ver con las lágrimas de Adrián. Camino hasta la puerta y saludó, seguido preguntó. -¿Qué le dijiste? para que se marchara así - La verdad. Que se aprovechó de mi hija cuando era una adolescente y ahora le busca para seguir destruyendo su vida, aún sabiendo que ella ama a otro. - ¿Como puedes estar segura que Erika no siente nada por Adrián? - Lo sé, y eso me basta, en esta vez ayudaré a mi hija a que este con quién tiene que estar. Piedad movió la cabeza en negación. - Ese es tu problema, siempre crees sa

