MARTHA. Daba vueltas en la sala, inquieta, mientras mi esposo me observaba con esa mirada llena de furia. Estaba fuera de sí, tiraba cosas por todas partes y gritaba como un loco, desahogándose con mi hijo. —¡Eres un imbécil! ¿Cómo es posible que no pudiste manipular a esa mujer? Te envié lejos para prepararte, ¡y mírate ahora! ¿Cómo vamos a quedarnos con la herencia de mi hermano si ese hombre se da cuenta de lo que hicimos? Va matarnos o hundirnos a todos. Mi hijo, temblando, intentaba defenderse. —No me metas en eso, yo no soy un asesino... ¡Ustedes lo son! Gracias a ustedes estamos en esta situación. ¿Por qué no dejan en paz a Valeria? Ella es inocente, ya acabaron con su padre, con su padrino... ¿Qué más quieren?—Replico furioso. No pude más. Me acerqué a mi esposo, harta de su

