TREINTA Y CINCO Kyocer necesitaba un cuerpo. Estos humanos eran tan patéticos que era imposible usar uno y tener acceso a su poder completo. Ese era el caso para todos ellos. Su delicada e inútil alma flotó por el cielo australiano. La ciudad debajo de él se estaba convirtiendo en un infierno azul con rapidez. Supuso que debía apreciar los pequeños logros. Se estaba moviendo con velocidad por el viento cuando vio a alguien atrapado debajo de los escombros, pidiendo ayuda. “No te preocupes, humano, yo te salvo,” dijo Kyocer en voz baja, pero estaba seguro de que en esa forma nadie podía escucharlo. Su alma voló por el aire y en tres segundos se clavó en el pecho del hombre, atravesándolo. Los ojos del hombre inmediatamente se volvieron azules y sus gritos se detuvieron. Quitó el enorme y

