La mañana se desplegaba ante ellos como un lienzo de suaves tonos pastel, con el sol emergiendo con lentitud sobre el horizonte. El cielo estaba teñido de azules suaves y rosados tenues, creando una atmósfera de calma y serenidad. Hadriel se encontraba en el asiento trasero del lujoso automóvil, mirando, distraído por la ventana mientras conducía con mano firme en volante, pero sin prisa. El ruido del motor y el suave roce de las ruedas contra el pavimento generaban una banda sonora monótona que parecía sincronizarse con los pensamientos de Hadriel. Sus ojos se posaron en las personas que iban y venían por las aceras, sumidos en sus propias vidas y preocupaciones. Una pregunta rondaba en su mente: ¿qué era el amor? Luego de haber pasado esa magnífica velada con su Cenicienta, había quedad

