Damián. No sé cuánto tiempo habrá pasado, cuando por fin logro abrir los ojos me veo en un cuarto pequeño, con ese olor fuerte ha pescado, es una cabaña de pescadores quizá. Trato de mirar más y mi vista cansada me traiciona, giro la cabeza y solo veo a un anciano mirándome sonriente frente a mí. —Ya despertó —grita mirando hacia la puertita. —Al fin despertaste chico —pronuncia, con voz ronca, un hombre barbudo entrando a la habitación—. ¿Cómo te llamas? —Acercándose y alumbrando mis ojos con una pequeña linterna. —Damián —digo tratando de cerrar los ojos por la luz. —Bien, Damián, ¿Sabes dónde estás? —No tengo idea —refiero tragando un poco de saliva, tengo mucha sed. —¿Quieres agua? —pregunta el anciano. —Un poco por favor —digo mirándolo. El anciano se levanta y tomando un vas

