A las diez en punto, Cristóbal entró a la oficina de Mateo Santos. Los dos guardaespaldas del empresario se quedaron fuera del establecimiento, claro que insistieron en que llevara un micrófono, no confiaban en ese hombre. La tarde anterior le habían dado un buen escarmiento pese a que no lo tocaron, no por falta de ganas, si no por prudencia. Solo le advirtieron que no se volviera a meter con la profesora, ni con ninguna mujer del colegio. ―Tú me dirás, Cristóbal, ¿qué problema tienes? ―Tu hijo tuvo un problema con mi hija. ―Ah, ya, esto es un asunto de padre a padre. ―Aun si no fueras el papá habría venido igual. Tú hijo ofendió a la mía, se burló de ella e hizo que otros niños también lo hicieran. ―Son niños, Cristóbal, no hay que ser tan delicados. ―Es que la ofensa de tu h

