No había salida.
El agujero por el que había caído era, como mínimo, tres veces más pequeño que el espacio en el que ahora me encontraba. Desde abajo parecía apenas una boca irregular abierta en la tierra, un círculo de luz lejana que no prometía salvación.
Las paredes se elevaban demasiado alto. En algunas zonas eran lisas, casi pulidas; en otras, estaban perforadas por decenas de ductos oscuros que parecían haber sido excavados a propósito. El borde superior quedaba fuera de mi alcance incluso si hubiera estado en perfectas condiciones.
No lo estaba.
No había manera de salir.
Había algo dentro de esos pequeños conductos que se abrían en las paredes. Agujeros irregulares, húmedos, respirando una oscuridad espesa. Esta vez no iba a tener la misma suerte que antes.
El peligro real que había estado tentando durante horas por fin había llegado.
Y con él, un arrepentimiento inmediato, pesado, que se asentó en mi pecho como una losa.
Un siseo, mezclado con un gruñido húmedo, emergió de uno de los agujeros.
Los puntos rojos aparecieron primero, brillando débilmente en la penumbra. El sonido se intensificó, acercándose a toda velocidad, como si algo se arrastrara por dentro del túnel con desesperación, empujado por hambre o instinto.
Apenas tuve tiempo de procesarlo cuando su cara salió disparada hacia mí.
El espacio ahí abajo era lo suficientemente amplio como para moverme… si no fuera porque las estacas irregulares que emergían del suelo me rodeaban por completo. Formaban un círculo natural, afilado, como un bosque petrificado, que me impedía retroceder más de un metro en cualquier dirección.
La criatura saltó directo hacia mí.
Intenté esquivarla por puro reflejo, convencido de que pasaría de largo.
No lo hizo.
Sus dientes se incrustaron en mi pantorrilla antes de que pudiera reaccionar.
Grité.
El dolor fue inmediato y punzante, como si me hubieran atravesado con hierro al rojo vivo. Bajé la mirada y vi lo que me atacaba: era pequeña, mucho más de lo que había imaginado. Un gusano de color morado, viscoso, brillante, que se retorcía mientras permanecía adherido a mi pierna, aferrándose con una fuerza repugnante.
—¡FUERA, MALDITA PORQUERÍA!
Con el hombro derecho ardiendo por la herida anterior y ahora esa cosa succionándome la sangre, traté de arrancarla con la mano derecha. Mis dedos resbalaban por su cuerpo húmedo, cubierto de una baba espesa y caliente.
No cedía.
Desesperado, llevé la mano hacia su cabeza y presioné con fuerza, intentando aplastar esos ojos diminutos que, de alguna manera, sentía clavados en mí.
El gusano emitió un chirrido agudo, insoportable.
Con un tirón violento logré arrancarlo.
Me dejó la pierna marcada por varios orificios pequeños, cada uno sangrando sin control.
Tenía demasiados dientes.
La criatura cayó al suelo convulsionando, su cuerpo retorciéndose como una cuerda viva. Entonces vi que no se arrastraba como un gusano normal. Usaba seis… u ocho patas finísimas, más delgadas que hojas secas, con las que se impulsó a una velocidad absurda hacia el agujero más cercano.
No tuve dudas.
Estaba en un nido.
Un nido lleno de esas cosas.
Cada sonido que provenía de las paredes se sentía como si cientos de cuerpos se movieran al mismo tiempo, rozándose unos con otros dentro de la tierra húmeda. No debí soltarla. Debí haberla atravesado ahí mismo con una de esas estacas extrañas que sobresalían del suelo.
Pero ya era tarde.
Miré a mi alrededor con desesperación. La única salida era la liana que colgaba desde arriba, pero estaba demasiado lejos, y mi hombro apenas respondía. Tomé el palo que tenía a mano y lo sujeté en posición defensiva. Era grueso, sólido. Se sentía real en mis manos. Con eso bastaba.
Si quería vivir, tenía que hacer todo lo que estuviera a mi alcance.
Aunque me quedara sin brazo.
Vacía la mente.
Me forcé a hacerlo.
Dejé de pensar y concentré toda mi atención en los sonidos. Giraba la cabeza en todas direcciones, buscando esos ojos brillantes. Horribles ojos rojos.
Silencio.
Los ruidos se detuvieron de golpe.
Entonces escuché el chillido.
Ya estaban por lanzarse.
Se movían lento, con cuidado, como si entendieran que no debía notarlas. Por puro instinto reaccioné y golpeé a una en el aire, desviándola apenas.
No le hice daño.
En cambio, el movimiento brusco hizo que la herida de mi hombro se abriera un poco más. Sentí el calor de la sangre escurriendo bajo la tela.
Tragué el dolor.
No podía perder la concentración. Si lo hacía, aprovecharían para morderme de nuevo.
No estaba en condiciones de matarlas una por una. Extendí el brazo y coloqué la rama de forma horizontal frente a mí, presentándola como objetivo.
Que mordieran eso.
No a mí.
Funcionó mejor de lo que esperaba.
El palo resistía las embestidas. No eran especialmente fuertes, ni parecían pensar demasiado. Simplemente se lanzaban en línea recta desde los agujeros, una tras otra, guiadas por el olor de la sangre.
Bloqueé una.
Luego otra.
Dos más.
Cuatro.
Seis.
Con todos los sonidos que había escuchado antes, esperaba que una docena atacara al mismo tiempo. Pero las que caían al suelo huían, arrastrándose de vuelta a los túneles.
El alivio duró muy poco.
No vi el siguiente ataque.
Un gusano fue directo a mi cabeza. Impactó contra mí como una piedra lanzada a corta distancia. No logró sujetarse, pero me hizo perder el equilibrio. Caí hacia atrás, y el palo se movió de mi defensa.
La criatura tocó el suelo y, sin dudar, corrió directo hacia la herida abierta de mi pierna.
El dolor fue peor que el anterior.
Sus dientes se clavaron profundo y comenzó a succionar mi sangre con desesperación, como si no hubiera probado nada en días. Intenté apuñalarla con la punta más afilada de la rama. Una y otra vez.
Pero su cuerpo no se rompía.
Se estiraba.
Como goma.
Resistiendo.
No logré evitar que se diera un festín conmigo.
Finalmente, con un golpe torcido, desesperado, logré atravesarla. No me detuve. Seguí apuñalando, una, dos, tres veces más, hasta que su cuerpo se partió en dos.
Un líquido verde, espeso y viscoso brotó de su interior, con un olor putrefacto que me revolvió el estómago.
Estaba exhausto.
Un cansancio distinto a todo lo que había sentido desde que llegué a este mundo. No era solo físico. Era como si algo estuviera drenando mi energía desde dentro.
El aire parecía escasear.
Entonces lo noté.
El lugar se estaba cerrando.
Las estacas que emergían del suelo crecían lentamente, alzándose como dientes, alcanzando ya la mitad de mi cuerpo. No lo había notado antes, pero el espacio se hacía cada vez más estrecho.
Los agujeros de las paredes parecían más iluminados ahora. Podía distinguir sus bordes con claridad.
El agujero de salida estaba más cerca.
—¿El suelo… se estará levantando?
Quise creer que era una coincidencia afortunada.
Pero respirar se volvía cada vez más difícil. Cada bocanada de aire parecía más delgada que la anterior. Aunque estuviera más cerca de la salida, seguía sin poder trepar.
No tenía fuerzas para bloquear más ataques.
Entonces volví a escuchar los latidos.
Eran fuertes.
Demasiado.
El suelo vibraba al ritmo de esos pulsos.
Como si todo aquel lugar…
estuviera vivo.
Me di cuenta cuando me apoyé en el pedazo de madera, lo único que aún me mantenía de pie.
El suelo empezó a abrirse.
—No… no… ahora no…
El cuerpo del gusano que había matado resbaló y cayó hacia abajo. Esperaba ver un vacío, un pozo sin fondo.
No lo había.
Cayó sobre una masa de carne resbalosa que lo recibió con un sonido húmedo… y lo engulló lentamente, como si lo absorbiera.
Entonces lo entendí.
Aquellos “vidrios” del suelo.
Aquellas estacas.
No eran rocas.
Eran dientes.
No me permití quedarme paralizado.
Di un salto de fe hacia la liana.
No importaba cuánto dolor sintiera. No importaba lo cansado que estuviera. Si no lo hacía, moriría igualmente. Y en ese momento, prefería morir desangrado que ser tragado vivo.
Di dos pasos torpes y un pequeño brinco hacia la pared. Usé mi pierna sana para impulsarme contra la superficie, buscando la distancia suficiente.
Mis dedos se cerraron sobre la liana.
Pude sujetarme.
Enrollé el brazo izquierdo alrededor de ella para asegurarme sin depender tanto de la fuerza. Me aferré como un animal herido que se niega a soltar su última rama.
Y aun así, no pude evitar mirar hacia abajo.
Ya no había tierra.
Una enorme franja de dientes se extendía hacia lo profundo, perdiéndose en la oscuridad. Colmillos gigantes, curvados, cubiertos de una saliva espesa que caía en hilos viscosos hacia el interior de aquellas fauces interminables.
Había estado de pie sobre la boca de esa cosa.
Era enorme.
Aterradora.
La boca parecía cerrarse hacia abajo, como si el suelo se estuviera uniendo otra vez. Por un segundo quise creer que se retiraba.
Mi instinto me dijo lo contrario.
Traté de usar el brazo derecho para trepar.
En el instante en que lo levanté, sentí algo desgarrarse por dentro. Antes siquiera de tocar la liana, el brazo se desplomó sin fuerza.
Un dolor blanco me atravesó.
El torniquete improvisado se empapó de sangre al instante. La tela oscura ya no absorbía nada. El hueso de mi hombro asomaba entre carne desgarrada.
Cada milisegundo que pasaba, mi mente solo repetía una cosa:
Muévete.
—¡MUÉVETE!
Grité, no para nadie más, sino para obligar a mi cuerpo a obedecer. Con la pierna sana busqué apoyo contra la pared, empujando a ciegas, guiándome solo por el tacto mientras la tierra retumbaba.
El suelo vibraba como si algo gigantesco se estuviera acomodando debajo.
Me impulsé.
Salí disparado hacia afuera.
Solté la liana.
Ya no podía sostenerla.
Caí de espaldas sobre la tierra firme. El aire, el sol, el cielo abierto me golpearon al mismo tiempo. Fue como despertar de una pesadilla para caer en otra.
No me moví.
No hice ruido.
Me quedé ahí, inmóvil, saboreando ese instante mínimo de alivio, mientras el dolor comenzaba a reclamar cada rincón de mi cuerpo.
Entonces el agujero explotó.
La tierra estalló hacia arriba con una fuerza brutal. Rocas, polvo y fragmentos salieron despedidos en todas direcciones. Una onda me lanzó varios metros lejos del borde, rodando por el suelo sin poder controlar el movimiento.
La madre salió del nido.
Emergió como un proyectil, disparada hacia el cielo. Su cuerpo colosal sobresalió de la tierra más de cinco metros, retorciéndose en el aire antes de caer de nuevo. Era una masa alargada, segmentada, cubierta de placas y baba, con una boca circular rodeada de dientes como cuchillas.
Caí otra vez de espaldas, cerca de una pendiente pronunciada.
Me estrellé contra el suelo con un golpe seco. Un quejido apenas audible escapó de mis labios.
Debía verme como un c*****r.
Estaba prácticamente muerto.
Apenas pude girar el rostro para ver cómo la reina gusano descendía con violencia hacia la tierra, estrellándose con un impacto que hizo temblar todo el terreno.
El temblor me empujó.
Y caí.
Rodé colina abajo sin control.
Cada vuelta era un estallido de dolor. Mi hombro, mi pierna, mis costillas, mi cabeza. Sentía huesos crujir, músculos desgarrarse, heridas abrirse más.
Me estaba desangrando.
Quizá envenenado.
Siendo golpeado una y otra vez contra la tierra.
La velocidad empezó a disminuir hasta que finalmente me detuve con un último golpe en la cara sobre el pasto.
No podía moverme.
Había una flor frente a mi rostro.
En ese momento, fue lo más hermoso que había visto desde que llegué a este mundo.
Con un esfuerzo sobrehumano intenté enfocar la vista hacia adelante.
Quería, al menos, decir una palabra. Algo. Lo feliz que estaba de haber llegado.
Ahí estaba.
El destino que había visto desde la colina.
Un campo abierto, lleno de flores y plantas dispersas. El sol brillaba con fuerza sobre aquel ecosistema vivo, amplio, libre.
Distinguí figuras moviéndose.
Lobos.
Aves.
Cerdos salvajes.
Pocos, dispersos… pero reales.
Al menos lo había logrado.
Había llegado.
Sabía que no me quedaba mucho tiempo, pero aun así sentí que este mundo ya me había dado más de lo que merecía.
Entonces lo vi.
Un jabalí rojo, enorme. Colmillos gigantes curvándose hacia afuera, espinas sobresaliendo de su espalda. Venía a lo lejos, levantando tierra con cada zancada, el suelo temblando bajo su peso.
Venía directo hacia mí.
El final se acercaba.
Si no era por mis heridas… sería por eso.
Cerré los ojos.
Esperé.
Cada segundo sus pezuñas sonaban más cerca.
Cinco metros.
Cuatro.
Dos.
Uno.
Un sonido seco de derrape sobre la tierra cortó el aire.
Después…
silencio.
—La estás pasando mal, humano.
La voz atravesó la espera de mi final.
Grave.
Suave.
Aterradora.
Intenté abrir los ojos.
Frente a mí había una figura extraña. Su silueta era parecida a la de un humano, robusta, pero su contorno no era firme… parecía cubierto de pelo.
Se acercaba lentamente.
Antes de que mis ojos volvieran a cerrarse, noté un detalle.
Orejas.
Unas orejas puntiagudas.