El sol de la mañana entraba tímido por las ventanas de la mansión Piamonte, pero mi corazón estaba en llamas. No podía seguir postergando lo que sabía desde hace días: mi vida estaba con Cris, quiera mi padre entenderlo o no. —Papá… —empecé, con la voz temblando, pero firme—, tenemos que hablar. Ernesto levantó la mirada de su taza de café, la ceja arqueada, adivinando la tormenta que venía. Tamara, a su lado, apenas respiraba, como si supiera que esta conversación iba a desatar algo que no podría controlar. —¿De qué se trata, Ámbar? —preguntó mi padre con su tono de calma, esa calma que me irritaba—. —De mi vida, papá —dije, sin rodeos—. Ya no voy a postergar más nada. Me voy a ir con Cris. Quiera usted aceptarlo o no. —Mi voz se endureció, mis manos temblaban de emoción y miedo al mi

