La recuperación de Cris fue un baile lento entre el reposo forzado y la impaciencia de un hombre que había vivido al límite demasiado tiempo. El departamento se convirtió en nuestro santuario, un espacio donde el tiempo se estiraba como miel tibia, permitiéndonos saborear la paz que tanto nos había costado. Las mañanas empezaban con el aroma del café filtrándose desde la cocina —yo, descalza en la encimera, preparando tazas humeantes mientras Cris se desperezaba en la cama, su hombro aún rígido pero el dolor menguando día a día. "Ven aquí, mi enfermera personal", bromeaba él, extendiendo la mano buena para atraerme de vuelta bajo las sábanas, donde los besos perezosos se convertían en caricias exploratorias, sus dedos trazando la curva de mi cadera con una ternura que me hacía derretir. T

